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La autoexigencia femenina en tiempos de cambio

Desde niñas, a muchas mujeres se nos enseña a obedecer, cuidar y sonreír, aprendiendo a ganarnos el amor y el reconocimiento cumpliendo expectativas ajenas. Aplauden cuando somos responsables, educadas, ordenadas, cuando sacamos buenas notas y no damos problemas. Así, sin darnos cuenta, vamos construyendo una identidad atravesada por la necesidad de hacer todo “perfecto” (sin saber muy bien que es eso de “perfecto”). Llegamos entonces a la idea de que la autoexigencia no surge en el vacío: se cultiva en el terreno fértil de una socialización de género que premia la complacencia en las mujeres y castiga las conductas que se alejen de este molde preestablecido. 

En una cultura patriarcal, la “buena mujer” es aquella que se entrega sin quejarse, se espera que se sacrifique por los demás y que cumpla con los roles asignados. Esta idea se sostiene en una lógica que atraviesa la familia, la escuela, los medios de comunicación y el entorno laboral, entre otros muchos. Así, internalizamos mandatos que operan como verdades indiscutibles: hay que poder con todo, hacerlo perfecto, no molestar y mucho menos fallar.

La autoexigencia termina funcionando como una manera de ajustarse a un entorno que, en sí mismo, resulta perjudicial o inadecuado para las mujeres en estos términos explicados. De esta manera, entramos en la dinámica de intentar amoldarnos acogiendo determinados patrones exigentes para ser aceptadas en una sociedad que nos ha inculcado que, en muchas ocasiones, nuestro valor como personas radica en lo que hacemos y no en lo que somos. Sin embargo, ese esfuerzo constante, que a menudo se confunde con fortaleza, a largo plazo genera un desgaste profundo y posibles consecuencias negativas que mas adelante se nombraran. 

En las últimas décadas, los avances del movimiento feminista y los cambios culturales han permitido que las mujeres ingresemos masivamente al mundo laboral, académico y profesional. Hoy ocupamos espacios que antes nos estaban vetados, demostrando nuestra capacidad, liderazgo y compromiso (que siempre hemos tenido). Sin embargo, este ingreso no vino acompañado de una transformación real en la distribución de las tareas domésticas y de cuidado.

De esta manera, trabajar fuera de casa y asumir la mayoría de las responsabilidades del hogar se ha convertido en una realidad para muchas mujeres: trabajo remunerado, es decir el empleo que ocupen y, además, el trabajo no remunerado en el hogar. En este contexto, muchas mujeres sienten que deben rendir al 100% en todos los frentes y así, la autoexigencia, lejos de disminuir, se intensifica. Se alimenta de la necesidad de demostrar con hechos que “podemos con todo”: ser exitosas en lo profesional, presentes en lo familiar, impecables en lo personal y un largo etcétera. Y ese ideal inalcanzable de mujer todo terreno, más que empoderarnos, nos desgasta.

Cuando hablamos desde psicología de “reglas verbales” nos referimos a aquellos mandatos aprendidos que guían nuestra conducta más allá de las consecuencias reales. Son verbalizaciones que se vuelven brújulas para nosotras, aunque muchas veces nos conduzcan al malestar: 

  • “No puedo fallar.” 
  • “Tengo que dar lo mejor de mí, siempre.” 
  • “Si no lo hago perfecto, no vale.” 
  • “No puedo decir que no.” 
  • “Si descanso, estoy siendo débil.”

Estas reglas pueden sonar motivadoras, pero en realidad esconden un nivel de exigencia imposible de sostener a largo plazo. 

Teniendo en cuenta todo lo expuesto hasta el momento, la autoexigencia femenina no es un fenómeno individual ni accidental: ha sido profundamente explorada por autoras feministas que la vinculan con los mandatos estructurales del patriarcado. Llegan a conclusiones sobre cómo muchas mujeres sostienen vidas altamente productivas a ojos de la sociedad, mientras conviven con un malestar interno persistente: culpa, agotamiento y la sensación constante de no ser suficientes.

Entender la autoexigencia no como un rasgo personal, sino como una consecuencia de una cultura que ha enseñado a las mujeres a no fallar, a evitar mostrarse vulnerables, a resolver todo solas y a no pedir ayuda nos acerca a poder tratarlo desde un enfoque más realista. 

Esta lógica se traduce en manifestaciones muy concretas que igual te son familiares: ansiedad, insomnio, sensación de culpabilidad, dificultad para soltar el control y una búsqueda incesante de aprobación externa. Reconocer estos síntomas no es solo identificar el malestar, sino dar el primer paso para comprender que no son fallas personales, sino respuestas a una cultura que ha exigido demasiado.

El trabajo terapéutico busca precisamente esto: desarmar esa exigencia aprendida, legitimar el malestar y fomentar una forma más amable de relacionarte contigo misma en los distintos ámbitos de tu vida. No se trata de “hacer menos”, sino de dejar de perseguir estándares inalcanzables que solo refuerzan el agotamiento y la desconexión. Al comprender el origen colectivo de esta autoexigencia, se abre la posibilidad de construir una narrativa más realista, humana y cuidadosa sobre lo que implica ser suficiente.

Así, el mandato del “deber ser” va opacando el “querer ser”, y se instala una paradoja dolorosa: cuanto más te esfuerzas por cumplir con todo, más te alejas de sentirse completa. Lo que a veces se percibe como compromiso o responsabilidad es, en realidad, una trampa emocional sostenida por un perfeccionismo agotador.

Romper con la autoexigencia no es fácil, sobre todo cuando se ha vuelto parte de nuestra identidad. Pero es posible empezar a preguntarnos: 

  • ¿Quién puso estas reglas?
  • ¿Desde cuándo creo que, si no lo hago todo, no valgo? 
  • ¿Qué pasaría si empiezo a decir que no, a poner límites, a priorizarme?

Cuestionar el mandato del sacrificio es un acto profundamente feminista. Es dejar de pensar que solo somos valiosas si sufrimos, si podemos con todo y si lo hacemos sin ayuda. Es reconocer que el descanso, la imperfección, el placer y la pausa también son formas legítimas de existir.

Repensar el éxito es otra clave: ¿tiene sentido medirnos solo por la productividad, el reconocimiento o el rendimiento? Tal vez el verdadero éxito esté en poder elegir, en sostener vínculos sanos, en dormir bien, en delegar tareas… 

Llegadas a este punto, no se trata de dejar de tener metas, sino de construir una relación más amable con nosotras mismas. Para ello, necesitamos más conversaciones sinceras entre mujeres y más redes de apoyo. Necesitamos seguir desarmando los discursos que glorifican el sacrificio femenino como virtud.

No somos máquinas de rendimiento si no que somos cuerpos que sienten, que ocupan espacios, con historias individuales e igual de importantes todas. Que el cuidado no sea solo hacia los otros, sino también hacia nosotras. Porque vivir con menos autoexigencias no es una falta de compromiso; es un acto de libertad.

“Nos enseñan a ser mujeres que deben gustar. A ser amables, agradables, a no levantar demasiado la voz, a no molestar. Y esas exigencias silenciosas nos agotan.”
Chimamanda Ngozi Adichie

  •  Mujeres que se exigen demasiado, Júlia Martí
  • El síndrome de la impostora ¿por qué las mujeres siguen sin creer en ellas mismas?, Élisabeth Cadoche y Anne de Montarlot

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