Por más que nos pese, a lo largo de nuestra vida nos enfrentamos a numerosas situaciones en las que debemos tomar una decisión y esta toma de decisiones se convierte, en muchos casos, en una peregrinación de opciones, entre las cuales, ninguna nos resulta lo suficientemente atractiva como para tener la respuesta clara, surgiendo la indecisión como una opción más.
¿La indecisión aparece solo ante situaciones trascendentales?
Lo cierto es que no. Nos pasamos el día tomando decisiones a pesar de no ser conscientes de la mayoría de ellas. La indecisión puede estar presente en situaciones de lo más cotidianas y que, aparentemente, tienen poca importancia (como elegir entre dos modelos de gafas de sol o pedir un plato en un restaurante). En estos casos, tendemos a fijarnos en detalles ínfimos que, de pronto, adquieren un valor enorme y que si no hubiera otras gafas de sol que me gustasen, pasaría por alto.
En otras ocasiones, la indecisión se presente en momentos que percibimos como relevantes, llegando a vivir la toma de decisiones como un punto de inflexión, un hito en el que aquello que estamos a punto de seleccionar marcará el futuro de una manera irreversible.
¿Por qué es tan difícil tomar decisiones?
Cuando para continuar solo tenemos una alternativa, nos resulta mucho más sencillo aceptar LA opción, porque de ella derivamos una regla verbal en la que asumimos que “son lentejas”, “esto es así”, “es como se tiene que hacer” o simplemente “es lo que hay”, lo que no significa necesariamente que esté exenta de inconvenientes, pero al no tener más posibilidades, no la cuestionamos.
Elegir implica necesariamente que se nos planteen dos o más escenarios para una misma situación y aquí entran en juego dos elementos. Por un lado, cuantas más opciones tenemos, más difícil nos resulta seleccionar una. Y, por el otro, cuanto más importante es esa situación para cada una de nosotras, más complicado resulta alcanzar una conclusión. Al decidir entre más de una alternativa sentimos que el peso de nuestra elección es mayor, ya que atribuimos el resultado de lo que pueda ocurrir a nosotras mismas, es decir, que vaya bien (entendiendo por “bien” que salga tal y como espero) o que vaya mal (entendiendo “mal” como que ocurra algo diferente a lo que me gustaría) es exclusivamente responsabilidad nuestra y depende absolutamente de nosotras, cuando realmente no es así, hay muchas variables mediando esta decisión, pero preferimos ignorar su existencia.
Entre ellas, esta dificultad está alimentada por la incertidumbre, ya que cuando tomamos decisiones, lo hacemos con la información que tenemos accesible en ese momento, sin saber si esta cambiará o se ampliará más adelante y, por lo tanto, si la conclusión a la que llegaría con esos nuevos datos seguiría siendo la misma. Por si esto fuera poco, tenemos la tendencia a enfocar las decisiones desde una visión perfeccionista, no nos basta con elegir una opción, queremos elegir la mejor opción de entre todas las que barajamos porque, ¿qué persona en su sano juicio se quedaría con la peor opción voluntariamente?
En este punto, nuestro agobio aumenta considerablemente y la presión por no equivocarnos en nuestra decisión aumenta con él, entrando en un bucle de pensamiento en el que no podemos dejar de darle vueltas a los pros y contras de cada una de las opciones y cuanto más lo pensamos, más indecisión tenemos, porque cada vez tenemos mayor conciencia de que todas las alternativas tienen ventajas, pero también desventajas. Incluso llega un momento en el que dejamos de repetir de manera insistente esa lista de beneficios y consecuencias para que nuestro hilo de pensamiento se dirija a valorar los “y si…”.

Todas sabemos que detrás de un “y si…” la frase solo puede terminar con un toque de catástrofe, llegando a tener el poder de transformar una ventaja en una desventaja. ¡No es magia, es rumia! Darle tantas vueltas a algo tiene la función de hacernos sentir, de manera inmediata, que la incertidumbre se reduce y que el control es mayor en esa situación en la que percibimos que nos falta información como para que la decisión sea sencilla. Nuestro pensamiento tiene esa misión a toda costa, por lo que va a ir añadiendo la información que creemos que necesitamos, e irá proporcionando datos basados en la nada, pero que nos ayudan a rellenar las lagunas que queremos saber para seleccionar la opción más apropiada y minimizar los errores, hasta el punto de llegar a bloquearnos.
Cuando terminamos bachillerato, nos encontramos en uno de esos momentos en los que las opciones sobre nuestro futuro son muchas y la valoración que hacemos de esta elección es decisiva, ¿quién no ha pensado que la carrera que elija determinará su futuro? Elegir lo que quiero estudiar tiene muchas más implicaciones que la propia formación puramente académica, está hablando también de cuál será mi futuro trabajo y con él, cuál será mi posible salario, mi calidad de vida, etc. Encontrarnos con tantas posibles opciones, lejos de ayudar, incrementa la incertidumbre y la sensación de descontrol, y nos vemos valorando muchas carreras en círculo vicioso “derecho me parece aburrido, pero el trabajo creo que sí me gustaría, aunque luego tengo que hacer un máster obligatoriamente y el acceso es muy difícil, pero tiene muchas salidas, aunque también puedo tener trabajos en los que cobras muy poco, igual es mejor hacer ADE, también tiene muchas salidas y creo que me resultaría más fácil de estudiar, se me dan mejor los números, pero también tengo que estudiar mucho texto…”.
Nos creemos que esta será la última decisión difícil de nuestra vida, hasta que pasan los años y nos vemos valorando, con un pensamiento en circuito cerrado, otro montón de circunstancias que no creíamos que resultarían problemáticas, como ¿me voy a otra empresa o me quedo en la que estoy desde hace 7 años?, ¿continúo con mi relación de pareja o rompo la relación?, ¿quiero ser madre?
¿Por qué la indecisión se convierte en una opción tan apreciada?
Valorar opciones para posteriormente seleccionar solo una de ellas, es un proceso que genera mucha ansiedad y más cuando pretendemos cumplir la expectativa de “no equivocarnos” en nuestra decisión, razón por la que el pensamiento se distancia cada vez más de una evaluación racional, con la que posteriormente tomar mi decisión y comenzar a actuar, y se convierte en una jaula en la que nos convence de que, si seguimos pensando quizá demos con la clave que nos ayude a no fallar, así que lo mejor, de momento, es no tomar ninguna decisión.
Y ya hemos caído en la trampa, porque la indecisión es en sí misma una decisión. Cuando evitamos elegir por miedo a equivocarnos o por la esperanza de que si esperamos un poco más elegiremos mejor, ya estamos actuando, solo que lo que hemos seleccionado es quedarnos donde estábamos. A veces, nos resulta más cómodo “lo malo conocido” porque nos hace sentir menos incertidumbre que la novedad que implica un cambio. No podemos escapar de la toma de decisiones, lo hagamos voluntaria o involuntariamente, pero sí necesitamos reconocer que va a ser muy difícil, por no decir imposible, que haya una opción que solo tenga ventajas, porque entonces, no nos resultaría tan fascinante elegir no elegir. Al quedarnos con una de las alternativas, nos llevamos lo bueno y lo malo, y al mismo tiempo perdemos lo bueno de aquellas que hemos desechado, pero no vamos a tener más seguridad por más que esperemos y, sobre todo, ¡lo más probable es que mi elección se pueda modificar!

¿Qué pasa si no tengo más remedio que elegir?
Para algunas decisiones estiramos el chicle hasta que no nos queda más margen de tiempo y nos vemos en la obligación de señalar una opción, la indecisión en estos casos tiene fecha de caducidad, pero nuestra habilidad para transformarla en una elección no ha cambiado.
Es aquí cuando tiramos de contactos y siguiendo en la línea de evitar tener que asumir la responsabilidad en esto, buscamos información fuera de nuestro pensamiento, en la opinión de la gente que nos rodea, comprobando con ellos lo que les parece mejor. Y no nos vale con preguntarle a uno qué opina o qué haría en nuestro lugar, necesitamos escrutar la opinión de todo el que pueda dármela, de manera que sean otros los que elijan aquello que creen mejor para mí.
Y, una vez más, creyendo que no estoy decidiendo, estoy eligiendo, pero no lo que yo quiero, aunque me equivoque, sino lo que los demás creen que quiero, reforzando mi indecisión y perpetuando esta forma de afrontamiento ante la variedad y la novedad.


