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¿Por qué el burnout tiene género?

El síndrome de burnout, ha ganado notoriedad en los últimos años, especialmente tras la pandemia. Se trata de una respuesta prolongada al estrés laboral crónico, caracterizada por agotamiento emocional, despersonalización y una baja realización personal. Aunque puede afectar a cualquier persona, las estadísticas muestran que las mujeres son más vulnerables a sufrir burnout.

Desde la perspectiva de la psicología conductual y con una mirada de género, podemos desentrañar cómo se desarrolla este síndrome y por qué impacta de manera desigual. Exploraremos cómo las contingencias del entorno, los roles de género y los patrones de refuerzo contribuyen al burnout femenino, y qué podemos hacer para prevenirlo.

El burnout fue descrito inicialmente en los años 70 por el psicólogo Herbert Freudenberger y más tarde desarrollado por Christina Maslach. Se compone de tres dimensiones principales:

  1. Agotamiento emocional: sensación de estar emocionalmente drenada, sin recursos internos para afrontar el día a día.
  2. Despersonalización o cinismo: actitud distante o negativa hacia el trabajo, los compañeros o los clientes.
  3. Baja realización personal: percepción de ineficacia o falta de logros en el trabajo.

Desde una perspectiva conductual, estas dimensiones pueden entenderse como respuestas aprendidas y mantenidas por el ambiente, especialmente en contextos donde las demandas superan a los recursos y el refuerzo positivo es escaso o inexistente.

Aunque inicialmente el término burnout fue concebido para referirnos únicamente al estrés prolongado en el ámbito laboral, puede aplicarse también en otros contextos, como el llamado burnout del cuidador. En este caso, los síntomas son similares, aunque la causa se relaciona con el cuidado continuo hacia una persona, que se prolonga en el tiempo. Esta persona puede ser un familiar que requiera de cuidados, como padres, hijos, pareja, etc., pero también puede darse en profesionales que se dedican a los cuidados. 

Diversos estudios muestran que las mujeres tienen mayor riesgo de padecer burnout, especialmente en profesiones altamente feminizadas como la sanidad, la docencia o el trabajo social. Aunque los hombres también lo sufren, en las mujeres es más frecuente que el síndrome se manifieste con mayor agotamiento emocional y sentimientos de culpa.

Para comprender esta desigualdad, es necesario incorporar una mirada de género que analice cómo los roles y normas sociales afectan al comportamiento y la salud mental.

Las mujeres han sido históricamente socializadas para cuidar, complacer y asumir responsabilidades emocionales tanto en el hogar como en el trabajo. Estos roles no son naturales ni inevitables, sino aprendidos y reforzados desde edades tempranas. A través de un proceso de condicionamiento operante, las conductas de cuidado, sacrificio y autoexigencia son premiadas con aprobación social, mientras que la protesta, el descanso o la delegación suelen ser castigadas (de forma directa o indirecta).

Por ejemplo: 

Una mujer decide quedarse de manera sistemática más tiempo en el trabajo y es premiada por ello. O aquellas que, además de trabajar fuera de casa, se ocupan solas de sus hijos, también reciben apoyo social y suelen ser elogiadas. 

Sin embargo, esta misma mujer, si decide poner límites en los horarios o exige repartir las tareas del hogar de manera equitativa, seguramente sea juzgada y se castigue socialmente este comportamiento. 

Este tipo de contingencias promueven patrones conductuales que, sostenidos en el tiempo, aumentan el riesgo de burnout.

Otro factor que debemos tener en cuenta del burnout femenino es la llamada doble jornada: muchas mujeres, tras su jornada laboral, asumen la mayor parte de las tareas domésticas y de cuidado en sus hogares. Este trabajo, aunque no remunerado, exige altos niveles de atención, responsabilidad y desgaste físico y emocional.

Desde la psicología conductual, podemos ver este fenómeno como una sobrecarga de demandas con escasas oportunidades de reforzamiento positivo. Es decir, las mujeres realizan múltiples tareas, pero reciben poco reconocimiento, descanso o reforzadores tangibles por ellas.

Este desequilibrio entre demanda y refuerzo genera un entorno propicio para el desarrollo del burnout. Cuando el organismo se enfrenta de forma prolongada a estímulos aversivos sin posibilidad de escape o refuerzo, es probable que aparezcan respuestas como el agotamiento, la desmotivación o incluso la indefensión aprendida.

Más allá de las grandes estructuras sociales, hay pequeñas contingencias diarias que afectan diferencialmente a hombres y mujeres en el entorno laboral. Algunos ejemplos de esto pueden ser:

  • Las mujeres son interrumpidas con más frecuencia en reuniones, no se les escucha o no se da el mismo valor a sus aportaciones. 
  • Se espera que gestionen las emociones del equipo o medien en conflictos, aunque no sea parte de su rol.
  • Se les juzga más duramente por errores o comportamientos asertivos.

Estas contingencias, aunque pequeñas individualmente, tienen un efecto acumulativo sobre la conducta y el bienestar. La constante necesidad de «autorregularse» o adaptarse a expectativas contradictorias (ser amables pero firmes, eficientes pero disponibles, exitosas pero no amenazantes) genera una carga cognitiva y emocional que también contribuye al burnout.

Cuando el burnout avanza, es común observar conductas de evitación (ausentismo, desconexión emocional, procrastinación) y de escape (consumo de sustancias, aislamiento, conductas impulsivas). Estas respuestas pueden interpretarse como intentos de reducir la exposición a estímulos aversivos, aunque a largo plazo perpetúan el problema.

En mujeres, este patrón se ve agravado por la culpa asociada al autocuidado. Muchas sienten que no tienen «derecho» a descansar o priorizarse, lo cual interfiere con la adopción de conductas protectoras. Esta culpa también es aprendida y reforzada socialmente. 

Superar el burnout no es una cuestión individual, sino también estructural. Sin embargo, desde la psicología conductual podemos proponer estrategias concretas para prevenir y reducir el riesgo, tanto a nivel personal como organizacional. Veamos algunos ejemplos: 

1.Modificar el entorno laboral 

  • Establecer límites claros de horario.
  • Fomentar y el autocuidado y cooperación, en lugar de las de competitividad.
  • Redistribuir tareas emocionales en los equipos de trabajo.

2. Entrenar habilidades de gestión emocional y asertividad

  • Aprender estrategias de asertividad para establecer límites.
  • Utilizar técnicas de manejo del tiempo, organización y priorización.
  • Incorporar pausas y descansos en la rutina diaria, así como el autocuidado y actividades placenteras.
  • Fomentar el desahogo y expresión emocional, tanto dentro como fuera del trabajo. 

3. Cuestionar los mandatos de género

  • Valorar el autocuidado, especialmente en las mujeres.
  • Visibilizar la carga de trabajo extra fuera del trabajo y redistribuirlo de forma equitativa.
  • Fomentar el análisis crítico de los mensajes sociales que perpetúan la autoexigencia en las mujeres.

El burnout no es una debilidad personal ni una simple consecuencia del estrés. Es un síndrome complejo, influido por contingencias ambientales, estructuras sociales y normas de género. Comprenderlo desde una perspectiva conductual y con conciencia de género nos permite no solo atender sus síntomas, sino prevenir sus causas.

Las mujeres no están «predispuestas» al burnout por ser más emocionales o sensibles. Lo están porque viven en un sistema que refuerza conductas autoexigentes, castiga las conductas de autocuidado y exige demasiado sin ofrecer suficiente a cambio.

La buena noticia es que lo aprendido puede modificarse. Cambiar las contingencias, cuestionar los roles, entrenar nuevas respuestas y exigir entornos más justos son pasos necesarios para cuidar no solo la salud mental, sino también la dignidad y el bienestar de quienes históricamente han sostenido el mundo en silencio.

  • Maslach, C., & Leiter, M. P. (2016). Burnout: The Cost of Caring.
  • Valverde Molina, A. (2020). La carga mental femenina: una perspectiva de género.
  • Organización Mundial de la Salud (OMS). Clasificación del Burnout como fenómeno ocupacional (CIE-11).

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