Es probable que, en alguna ocasión, te hayas encontrado ante una situación que produce cierta incomodidad. Una de esas veces en las que no te apetece participar del plan que te proponen y no sabes cómo decirlo. Una de esas en las que no quieres responder a esa pregunta y no encuentras la manera de hacerlo sin ofender. Incluso una de esas en las que quieres conseguir algo, pero las razones y argumentos con los que cuentas son insuficientes. En estos escenarios, es habitual que hayas recurrido a las mentiras, nuestras aparentemente grandes aliadas que nos proporcionan una sensación de alivio por poder salir airosas de la situación.
¿Qué son las mentiras?
Las mentiras se han considerado algo problemático, incluso una característica que está asociada y define a una mala persona y, aunque en términos generales las usamos con más frecuencia de la que nos gustaría reconocer, porque seamos sinceras, también hemos llegado a diferenciar entre mentiras con mayúsculas y mentirijillas, rara vez nos paramos a pensar qué son.
Mentir es una conducta observable y verbal, un acto voluntario que realizamos de manera consciente y que sigue las mismas leyes de aprendizaje que cualquier otro comportamiento que tengamos. Cuando mentimos, empleamos un proceso de toma de decisiones sobre aquello que vamos a decir y, al tiempo que inhibimos la respuesta verdadera, emitimos una frase que no concuerda con la información que tenemos, con lo que sabemos o con los hechos objetivos, produciendo información falsa o que es cierta solo en parte, con la única meta de lograr el objetivo que perseguimos, influir en las creencias y comportamientos de los demás, de manera que obtenga el mayor beneficio al mínimo coste.

¿Por qué mentimos?
Aunque el valor moral de una mentira siempre es un debate atractivo, lo verdaderamente interesante sobre ella es la función que cumple esta conducta en cada persona concreta que la emite y es que, en mayor o menor medida, todos mentimos en algún momento, aunque no todas esas mentiras cumplen la misma función.
Como toda conducta humana, mentir no es un comportamiento espontáneo y aleatorio, no te has levantado un día y de forma súbita la conducta de mentir ha emergido de tu interior, sino que, aunque te parezca increíble, es algo que has aprendido.
Esta conducta verbal está discriminada por un estímulo o situación que genera una emoción, como la vergüenza, la culpa, la ansiedad o el miedo, lo que nos lleva a calibrar las posibles consecuencias de la misma, haciendo que la mentira sea una opción válida para responder a ese escenario. De esta manera, actuamos guiados por aquella que nos permita conseguir un beneficio o recompensa, como obtener aprobación, aceptación social o alguna ventaja personal, en cuyo caso la mentira estaría reforzada positivamente (ya que consigo algo agradable), o evitar una consecuencia aversiva, como un castigo, reproches, rechazo social, desaprobación o conflictos interpersonales, estando en este caso reforzada negativamente (ya que me retira algo desagradable). A corto plazo, la mentira permite acceder a algo deseable de manera inmediata o aliviar el malestar de un resultado desagradable. Sin embargo, a medio y largo plazo, como esta conducta está muy reforzada, se mantendrá en el tiempo, volviendo a recurrir a ella ante otras situaciones, ya que cuanto más se refuerza un comportamiento, mayor es la probabilidad de que este aumente.
Como es de esperar, si al decir una mentira el resultado no es el esperado y nos pillan, o si esta es castigada, la mentira no nos permite conseguir lo que pretendíamos. Al ir seguida de una consecuencia aversiva, su frecuencia se irá reduciendo progresivamente, puesto que el malestar estará presente y, a veces, la preocupación por lo ocurrido o por las consecuencias de mis actos también aparecerán.
Además, mentir se hará más probable si se dan una serie de condiciones personales y del propio contexto que cada uno de nosotros tenemos, las cuales llamamos variables disposicionales, que facilitan la aparición de esta conducta (como podrían ser las reglas verbales de no hacer daño a otros, la necesidad de aprobación social, la historia de aprendizaje previo en el que he mentido y el resultado ha sido el que esperaba, las habilidades de afrontamiento y solución de problemas que tenga, o mi edad si pretendo acceder a un recito limitado para adultos y tengo 17 años).

Veamos esto con algunos ejemplos:
Gonzalo tiene 52 años, actualmente presenta dificultades económicas ya que lleva 1 año desempleado y hay muy pocas ofertas de empleo en su sector. Además, tiene dos hijos que estudian en la universidad y conviven con él en casa. Hoy va a una entrevista de trabajo y, en la descripción del puesto, requieren que domine varios programas informáticos que Gonzalo no ha usado nunca. Al entrar en el despacho, la persona que le entrevista le pregunta si ha trabajado previamente con los programas informáticos y cuál es su nivel, a lo que Gonzalo responde mintiendo que ha usado previamente tres de los cuatro programas y, aunque los usa con soltura, no a un nivel avanzado, ya que hace mucho tiempo que no los utiliza a diario.
En este caso, la mentira de Gonzalo permitirá el acceso a reforzadores que actualmente no están presentes en su contexto, ya que será más probable que le contraten si sabe usar los programas informáticos, y además evita la consecuencia aversiva de que le digan que no continúa con el proceso de selección. Que empleara la conducta de mentir se ha visto facilitada por la presencia de variables disposicionales como la escasa oferta laboral, las dificultades económicas, el tener dos hijos a su cargo, e incluso su edad.
Veamos otro ejemplo. Lucía había quedado hoy para desayunar con una amiga pero no se ha despertado, lleva varios días durmiendo mal y muy nerviosa, por lo que se acuesta muy tarde y luego no es capaz de madrugar. No es la primera vez que le pasa esto, así que cuando su amiga la ha llamado para preguntarle dónde estaba, le daba tanta vergüenza decirle que se había quedado dormida que decide mentirle, contándole que se encuentra muy mal y tiene fiebre.
La mentira de Lucía le permite evitar un conflicto con su amiga, que esta se enfade con ella y evitando la posible reprimenda. Esta mentira ha sido más probable debido a la historia de aprendizaje previa en la que no acudió a planes, mintió para justificarlo y el resultado permitió que lograra que sus amistades no se molestaran, las dificultades de sueño y la alteración del estado de ánimo.

Si miento en algo, ¿lo haré para todo?
Cuando adquirimos la conducta de mentir, esta se incorpora a nuestro saco de comportamientos, es decir, a nuestro repertorio conductual. Pero ¡calma! Esto no significa que vayas a mentir de manera automática a todo lo que se te presente.
A pesar de ello, sí es posible que, si has aprendido a mentir en una situación o contexto específico, o ante una persona en concreto, este comportamiento se extienda a otros contextos o personas que sean similares porque compartan algunas características, a pesar de no ser idénticos. Este proceso se llama generalización, permitiendo responder con la misma conducta ante estímulos que son similares al que originariamente reforzó mi comportamiento de mentir. Por ejemplo, si mientes en casa para evitar un castigo o consecuencia desagradable, podría trasladarse este comportamiento a otro contexto seguro y conocido como el trabajo, para obtener un resultado similar. O si mientes a tu madre, que también lo hagas ante otras figuras de autoridad que puedan regañarte como tu padre o tu profesor.
Por el contrario, también puede ocurrir que aprendamos a diferenciar ante qué situaciones, contextos o personas mentimos, distinguiendo entre aquellos que harán más probable que mi mentira se refuerce (por ejemplo, un padre permisivo) y ante cuáles, si miento, recibiré un castigo, rechazo o desaprobación (por ejemplo, un jefe exigente). Este proceso se llama discriminación y permite que ajustemos nuestra conducta de mentir a cada circunstancia, restringiendo nuestras mentiras a aquellos momentos o personas en los que el resultado será beneficioso para nosotros o en los que sabemos que no habrá una sanción.
Si al leer esto te has dado cuenta de que la mentira se ha convertido en un patrón de comportamiento habitual en tu vida y quieres aprender maneras alternativas de gestionar esas situaciones, no dudes en ponerte en contacto con profesionales.


