Reescribimos un mensaje varias veces para asegurarnos de “decir bien las cosas” o evitamos enviarlos para no parecer “demasiado intensas”. Nos apetece proponer un plan, pero esperamos a que lo haga él por si somos “demasiado pesadas”. Queremos preguntar “en qué punto estamos en la relación” o saber hacia dónde van las cosas, y acabamos diciéndonos que es mejor no presionarle ni decir nada que pueda agobiarle. Cuando por fin nos escribe, respiramos tranquilas… hasta que vuelve a tardar en responder o alejarse, y volvemos a sobrepensar para intentar entender qué estamos haciendo mal para que no nos elija.
Podemos conocer bien sus horarios, sus gustos, sus miedos y lo que necesita. Pero, si alguien nos pregunta cómo estamos nosotras y qué necesitamos en esa relación, la respuesta ya no nos sale tan rápido ni con tanta facilidad.
Querer gustar y querer tener aprobación por parte de otras personas es esperable. La dificultad aparece cuando reorganizamos gran parte de nuestra vida para gustar y evitamos expresar o hacer lo que queremos por miedo a incomodar y perder dicha aprobación.
Cómo aprendemos a querer ser “la elegida”
Muchas mujeres crecemos recibiendo aprobación por ser agradables, comprensivas, obedientes, no incomodar y cuidar de los demás. Nos llaman “buenas” y “muy maduras para nuestra edad” cuando hacemos lo que se espera de nosotras, incluso a costa de nuestras necesidades; pero si nos enfadamos, “desobedecemos” o ponemos límites, fácilmente pasamos a ser “egoístas”, “insoportables”, “exigentes” o “difíciles”.
También aprendemos observando a madres que atienden a todos pese al agotamiento, amigas que aparcan sus planes en cuanto él está disponible e historias de cine donde “el amor lo puede todo” y la paciencia y los cuidados de ella consiguen que él cambie, la elija y se comprometa.

Además, en las relaciones heterosexuales, las expectativas sobre nosotras pueden concretarse en instrucciones contradictorias que nos generan mucha confusión y malestar con respecto a cómo se espera que seamos para recibir afecto y aceptación:
- Gustar y despertar deseo, pero no ser “demasiado provocativas”.
- Mostrar interés, pero no parecer intensas.
- Ser independientes, pero estar siempre disponibles cuando él quiere.
- Tener carácter y seguridad, pero no resultar “difíciles” cuando ponemos límites o discrepamos.
- Tener proyectos propios, pero saber renunciar a ellos cuando entran en conflicto con los de él.
- Disfrutar del sexo, pero no tener “demasiada” experiencia ni haber estado con “demasiadas” personas.
- Ser naturales, pero cumplir con las exigencias estéticas, procurando además que no se note el esfuerzo.
- Aceptar al otro tal como es y entenderle, pero trabajar constantemente en nosotras para convertirnos en mejores parejas y “no dar problemas”.
- Mostrarnos vulnerables pero no ser “demasiado sensibles” cuando algo nos duele.
También recibimos preguntas sobre por qué todavía no tenemos novio o advertencias como “se te va a pasar el arroz” o “gatos y vino serán tu destino”, por lo que estar en pareja puede acabar convirtiéndose en la prueba de nuestro valor.
Salirnos de ese papel que hemos aprendido y de lo que se espera de nosotras puede tener consecuencias. Y pedir que también se tenga en cuenta lo que queremos puede ser ignorado, ridiculizado o rechazado.
Si agradar facilita el afecto y expresar desacuerdo y nuestras preferencias conlleva rechazo, es comprensible que aprendamos a vigilar mucho lo que hacemos para poder “ser elegidas” y que, de no ser así, sintamos gran malestar.
Cuando sobreadaptarnos se convierte en la norma y nos limita
Empezamos por pequeños ajustes: aceptar un plan que no nos apetece, quitar importancia a un comentario que nos dolió o decir que no buscamos nada serio cuando sí queremos construir una relación o un vínculo con exclusividad. Poco a poco, terminamos pensando más en cómo reaccionará él y en qué hacer para gustarle, que en lo que nosotras deseamos y lo que necesitamos para que esa persona nos guste a nosotras.
Eso puede aliviar el miedo en el momento: si no preguntamos o no pedimos lo que queremos, evitamos una respuesta que tememos; si cedemos, se termina la discusión y la posibilidad de que nos dejen. Pero cada vez evitamos más pedir lo que necesitamos y tenemos menos oportunidades de comprobar si la otra persona está dispuesta a darnos ese espacio.

La preocupación puede ocupar horas: revisar el móvil, analizar conversaciones, comparar cómo nos trató ayer y cómo nos trata hoy… Nuestros planes y nuestro estado de ánimo empiezan a depender mucho de lo que él quiera o cómo responde y cuándo.
Adaptarnos forma parte de cualquier relación, pero necesitamos prestar atención cuando somos nosotras quienes cedemos habitualmente y hacerlo nos está suponiendo ansiedad y agotamiento, nuestras amistades, nuestras rutinas y otros proyectos… o nuestro bienestar.
Si tenemos paciencia y nos adaptamos… ¿cambiará y nos elegirá?
Cuando recibimos elogios por “no ser como las demás”, aprendemos que necesitamos diferenciarnos de otras mujeres ante los ojos de un hombre: nos esforzamos por ser la mujer más comprensiva, la que menos pide y la que está dispuesta a esperar más tiempo: demostrar que merecemos ese lugar a través de todo lo que hacemos por él.
Por el contrario, “no ser elegidas” por encima de otras mujeres, puede angustiarnos o hacernos sentir culpables, y pensar en bucle qué nos falta a nosotras o qué tiene otra que nosotras no tenemos.

Pero nuestra paciencia no garantiza ni determina que vayamos a “ser elegidas” y terminamos más pendientes de demostrar por qué debería elegirnos y de “lo que podría llegar a ser”, en vez de preguntarnos si queremos y es suficiente para nosotras “lo que realmente es y nos ofrece hoy”.
Las personas pueden cambiar, sí. Pero necesitamos observar si reconoce su responsabilidad y mantiene cambios con el tiempo que se alineen también con nuestras necesidades y preferencias.
“¿Está ocurriendo algo distinto o somos nosotras
quienes seguimos esperando y sobreadaptándonos?”
Recuperar espacio para lo que necesitamos y queremos
Podemos empezar por introducir cambios pequeños y concretos, teniendo en cuenta nuestras circunstancias:
- Concretar lo que necesitamos. Podemos traducirlo a situaciones cotidianas: compartir la iniciativa para vernos, disponer de tiempo propio o poder expresar un desacuerdo sin recibir descalificaciones. Identificar qué valoramos y qué nos está haciendo daño nos ayuda a tener criterios para decidir.
- Reconocer cuándo estamos cediendo por miedo. Podemos elegir una situación reciente y preguntarnos: ¿qué queríamos hacer o decir?, ¿qué hicimos finalmente?, ¿qué temíamos que ocurriera? Observar qué conseguimos o evitamos al adaptarnos puede ayudarnos a entender por qué nos cuesta actuar de otra manera.
- Ensayar pequeñas decisiones que tengan en cuenta lo que queremos. Mantener un plan que ya teníamos, decir que algo no nos apetece o expresar una necesidad concreta. Podemos empezar por situaciones que nos resulten manejables y contar con apoyo si aparecen miedo o culpa.
- Observar qué espacio existe para nuestras necesidades. ¿La otra persona escucha y busca acuerdos? ¿Podemos discrepar sin ser reprochadas? ¿Lo que acordamos se cumple? Sus respuestas también cuentan: la posibilidad de construir una relación satisfactoria depende de ambas partes. Con esa información podemos valorar qué queremos negociar, qué no queremos seguir aceptando y si deseamos continuar en ese vínculo.
- Recuperar compañía y alternativas. Reservar tiempo para nuestras amistades, retomar actividades que disfrutamos o compartir lo que está ocurriendo con alguien de confianza, pues contar con relaciones donde podamos expresarnos y recibir apoyo también facilita tomar decisiones.
- Atender a nuestras condiciones materiales y de seguridad. Si hay dependencia económica o responsabilidades compartidas, ampliar nuestras opciones puede requerir ayuda práctica. Si tememos amenazas o represalias, conviene buscar apoyo especializado antes de intentar confrontar la situación.
Si seguimos sobreadaptándonos constantemente y la preocupación y el malestar ocupan gran parte de nuestro día, pedir ayuda es un primer paso. Podemos aprender a construir una vida en la que nuestras necesidades también cuenten y tengamos más espacio para decidir cómo queremos vivir, y desde ÍTACO podemos acompañarte en el proceso.
Referencias bibliográficas
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