En las relaciones de pareja hay etapas en las que resulta más fácil encontrar tiempo y ganas para compartir planes: salir a cenar, ir al cine, hacer una escapada o, simplemente, disfrutar de un rato juntas. Hablamos de etapas porque la vida cambia y, con ella, también cambia la relación. Aparecen nuevas responsabilidades, jornadas de trabajo interminables, estudios, compromisos familiares, tareas domésticas… y, poco a poco, aquello que antes surgía de manera espontánea puede empezar a requerir más esfuerzo y planificación. Lo que antes simplemente ocurría, ahora puede sentirse más difícil de encajar en el día a día.
Algunos pensamientos que pueden surgir tras estos cambios, pueden ser:
“Parece que estamos más pendientes de organizarnos que de estar juntas”
“Entre el trabajo, los niños, y la casa, no nos queda energía para nosotros”
“Nos queremos, pero ya no hacemos planes como antes”
“No estamos mal, pero siento que hemos perdido la chispa”
¿Esto significa que la “chispa” se está apagando?
Aunque popularmente esta expresión sea muy escuchada, no podemos decir que el problema de que se acabe la relación es esta falta de “chispa”. A veces, simplemente variables externas de la vida cotidiana van ocupando cada vez más espacio en la relación, y el tiempo de calidad en pareja, por el contrario, va disminuyendo.
En principio, esto no tiene por qué ser un problema, ya que en la mayoría de relaciones es necesario un periodo de adaptación a todos estos cambios. Además, la rutina también puede aportar seguridad, estabilidad, tranquilidad, así como la oportunidad de construir una cotidianidad puede configurar una parte importante de la relación.
Cuando debemos replantearnos si hay algo que no va bien es cuando pasado un tiempo de adaptación, dejamos poco o ningún espacio para aquellas experiencias que nos hacen conectar, compartir y seguir creciendo como pareja.
Cuando la relación se convierte en una gestión del día a día

Imaginemos una pareja de dos chicos en la que ambos miembros trabajan toda la semana y llegan a casa cansados/as. Uno de ellos prepara la cena mientras el otro está terminando de colocar la lavadora. Después cenan, recogen, y ven escasamente la tele antes de irse a la cama.
Esta escena puede resultar familiar a muchas parejas. Aunque han pasado tiempo juntos/as y probablemente también hayan conversado, gran parte de ese tiempo se ha dedicado a gestionar responsabilidades
Esto puede ser especialmente frecuente cuando existen trabajos exigentes, cuidados, maternidad o paternidad, horarios complicados u otras circunstancias que dejan poco margen para el descanso y el ocio. Y aquí es importante detenernos. Porque cuando hablamos de cuidar una relación, es fácil convertirlo en otra exigencia más: “Además de trabajar, cuidar, limpiar, descansar y ocuparme de todo, ahora también tengo que esforzarme por mantener viva mi relación.” Cabe resaltar que no todas estas responsabilidades se distribuyen siempre de manera equitativa dentro de la pareja. Principalmente en las relaciones heterosexuales, las desigualdades de género continúan existiendo en el reparto de las tareas domésticas, los cuidados y la planificación cotidiana, pudiendo recaer de forma desproporcionada sobre uno de los miembros de la pareja. En estos casos, cuidar la relación no debería convertirse en una nueva tarea que añadir a quien ya sostiene una mayor carga.
Las relaciones no existen al margen de nuestras condiciones de vida. No todas las personas tienen la misma cantidad de tiempo, energía o recursos disponibles. Por ello, antes de preguntarnos qué estamos haciendo mal, puede ser más útil observar qué está ocurriendo en nuestras vidas y qué espacio está teniendo actualmente nuestra relación. A partir de ahí podemos preguntarnos qué nos gustaría recuperar, cambiar o construir.
¿Qué se puede hacer para no caer en la trampa de la rutina?

Cuando pensamos en cómo mantener la ilusión o la chispa en las relaciones de pareja, es fácil imaginar grandes propósitos, como un viaje fuera del país, una escapada romántica o un material costoso. Y, por supuesto, si hay cabida para realizarlos, pueden ser muy gratificantes. Pero también conviene recordar que cuidar la relación puede nacer desde los detalles más pequeños: hacer una carta hablando de sentimientos, cocinar juntas una tarta que queréis probar, ir a ver una exposición, ir a vuestra cafetería favorita o dar un paseo por un parque que os guste, son algunos ejemplos que pueden encajar más en el frenetismo de la rutina para poder conectar.
La investigación sobre las actividades compartidas en pareja señala que no parece importar únicamente cuánto tiempo se pasa en conjunto, sino también qué hacemos durante ese tiempo y cómo vivimos esas experiencias. Compartir actividades satisfactorias se ha relacionado con una mayor calidad de la relación, y algunas investigaciones han encontrado además beneficios asociados a introducir experiencias novedosas o estimulantes.
Esto no significa que tengamos que convertir cada fin de semana en una aventura. A veces basta con introducir algo diferente. Puede tratarse simplemente de salir de vez en cuando de ese piloto automático en el que hacemos siempre lo mismo porque es lo más fácil, lo más conocido o lo que menos energía requiere.

¿Es necesario tener ganas para hacer cosas?
Como venimos mencionando, el ajetreo de la rutina puede ser un obstáculo que esté extinguiendo las ganas e iniciativa de hacer algún plan con tu pareja, con pensamientos del estilo “otro día que nos apetezca más, salimos”. Pero hay algo en todo esto que puede resultar interesante y quizás inesperado: las ganas no siempre aparecen antes de hacer una actividad.
A veces hacemos un plan sin demasiada motivación y, una vez estamos allí, empezamos a disfrutar. Pasa mucho cuando vas a hacer deporte sin ganas aparentes y, al acabar, sientes una satisfacción inmensa por haber ido. O cuando sales a dar un paseo con alguien sin tener ilusión y al final te despejas, te sientes bien por haber caminado e incluso tienes una conversación interesante.

Esta idea guarda relación con algunos de los principios de la activación conductual. En lugar de esperar a encontrarnos con las ganas para realizar actividades agradables o significativas, podemos introducirlas progresivamente en nuestra rutina y aumentar así las oportunidades de entrar en contacto con experiencias que nos resulten reforzantes y gratificantes.
No se trata de obligarnos a hacer cosas constantemente ni de llenar nuestra agenda. Se trata de recordar que la motivación no siempre es el punto de partida. En ocasiones, aparece después de empezar: no hay que esperar a estar bien para hacer cosas, hay que hacer cosas para estar bien.
Y este lema puede aplicarse tanto a nuestras actividades individuales como a aquellas que compartimos en pareja, que siempre podrán ser adaptadas según la situación económica, laboral y familiar que tenga cada una.
Hacer sitio para lo que importa
Retomando lo que mencionábamos al principio, para mantener esa “chispa” o ilusión, podemos empezar por preguntarnos cuestiones tan sencillas como:
- ¿Qué hacíamos antes en conjunto y hemos dejado de hacer?
- ¿Hay alguna actividad que hayamos perdido y queramos retomar?
- ¿Qué gestos, detalles o actividades nos hacen sentir conectadas?
- ¿Qué nos gustaría probar por primera vez?
La idea de responder a estas cuestiones es hacer espacio de manera intencionada para aquellas experiencias que queremos que sigan formando parte de la relación y de la vida en conjunto.
Una forma tangible de llevar esta idea a la práctica es creando un “bote de los deseos en pareja”.
Cada miembro de la pareja prepara su bote con unos diez deseos escritos en papelitos que sean sencillos, concretos, fáciles de cumplir y expresados en positivo. Por ejemplo: “un beso y abrazo cuando llegues a casa”, “dar un paseo juntas después de merendar”, “prepararme un bizcocho sorpresa”, “ir a un teatro este fin de semana”. Aunque la idea es intentar cumplir un deseo mínimo a la semana, se puede ir adaptando según lo que requiera y la rutina de cada pareja.
Cada persona tendrá su bote, que será el que la pareja haya dejado preparado para ella. Cuando le apetezca, podrá sacar uno de los deseos. Mantener cierto factor sorpresa puede contribuir a generar ilusión en la pareja. La importancia de la actividad debe residir más en la alegría que produce ver cumplido un deseo que en el recuento de qué deseos quedan sin cumplir.

En definitiva, cuidar una relación no significa escapar de la rutina, sino encontrar dentro de ella espacios para seguir conectando, disfrutando y compartiendo. Además, de cara a una posible comparación con otras parejas, es importante recordar que cada relación tiene una organización diferente: no todas conviven, tienen criaturas, comparten economía o distribuyen de la misma forma sus tiempos y cuidados, No necesitamos grandes planes ni estar constantemente sintiendo la emoción del principio. A veces, pequeños momentos de atención, novedad y disfrute pueden ayudarnos a recordar que, además de compartir una vida, también queremos seguir viviéndola juntas.
En definitiva, cuidar una relación no requiere escapar de la rutina, sino crear espacios dentro de ella para conectar, disfrutar y compartir. Al compararnos con otras parejas, debemos recordar que cada relación se organiza de manera distinta: no todas conviven, tienen hijos, comparten sus finanzas o distribuyen su tiempo y cuidados de la misma forma. No necesitamos hacer grandes planes ni mantener intacta la emoción del principio; a menudo, los pequeños detalles de atención y novedad bastan para recordarnos que, más allá de compartir una vida, queremos seguir disfrutándola juntas.
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