Seguro que ya te has topado con varias listas de nuevos propósitos para este “nuevo comienzo de curso” o, al revés, con discursos que reivindican el cese de tanto propósito obligatorio. Así que te preguntarás:
¿Qué tiene septiembre que nos mueve tanto?
A lo largo de nuestra vida vamos asociando personas, eventos, lugares, meses… con las diferentes respuestas emocionales que estas nos provocan. Septiembre, para muchos/as es un mes asociado a la novedad, a la posibilidad de dejar ir lo que uno/a arrastra (un malestar) y empezar con esa ilusión de mejora individual y colectiva, provocada por discursos verbales internos y externos, tan reforzada por todos.
De pequeños empezábamos el colegio con nuestras mochilas y libros nuevos. En la universidad tenías la curiosidad de conocer a gente nueva. En el trabajo la posibilidad de empezar un nuevo proyecto o de alcanzar ese ascenso.
El haber estado durante los meses de verano en contacto con actividades agradables y novedosas que te recuerdan lo bien que te hacen sentir o la tristeza post-vacacional que sentimos a la vuelta, son factores que influyen en la aparición de esta motivación por “renovarnos” y buscar por hacer cosas.
Pero hay un peligro, empezar nuevas aficiones o perseguir metas que no son las que realmente queremos. Querer conseguir todo lo que rodea a esa afición, sin valorarla por sí misma, puede aumentar la probabilidad de dejarla cuando la motivación no esté tan presente. Esto en psicología se llama coste de respuesta (el esfuerzo que te supone hacer dicha conducta). Y el abandono puede pasar, entre otras cosas, porque ese nuevo propósito no esté enmarcado en cosas significativas para ti. Empiezas con muchísima fuerza, dedicándole bastante tiempo e incluso con un esfuerzo económico, pero acabas dejándolo a la semana, al mes o incluso ni consigues empezar. Entonces surge la culpa y la rumia hacia ti mismo/a, por no tener fuerza de voluntad, no ser una persona con aficiones, no hacer nada diferente en tu rutina…

¿Entonces, qué podemos hacer con los propósitos?
Se podrían presentar aquí una lista de pautas archiconocidas que busquen continuidad en tus proyectos y eviten ese final fatal. Pero seguro que ya habrás leído o leerás bastante durante estos días.
Aquí te presentaremos unos posibles pasos previos a tener en cuenta antes de decidir a qué clase de pintura, disciplina deportiva o club de lectura te apuntas o, con qué cambio de actitud vas a sorprender esta vez.
Lo primero que habría que preguntarse es:
- ¿de verdad quiero empezar algo nuevo o me mueve la presión social de septiembre?
- ¿tengo que empezar una actividad o puedo proponerme un cambio referido a un comportamiento (ej.: escribirle una vez al día a un ser querido) o una manera de pensar o de sentir respecto a algo?
- ¿voy a poder dedicarle el tiempo necesario o va a provocarme ir sin tiempo y corriendo a todos lados y, por tanto, perderé el objetivo primero de disfrute?
Una vez te plantees estas cuestiones, que contextualizan tu toma de decisiones, y decidas que sí, que quieres empezar algo, haz una lista escrita con todas esas cosas. No te exijas un número en concreto, si son tres cosas está bien, si son diez también. Cuando las tengas escritas plantéate:
¿Cuál es mi motivación de empezarlas? ¿Qué me mueve a querer hacerlas?
Esta pregunta, que puede parecer básica, es importante hacérsela. Te permite ver si las razones por las que quieres empezar dicha cosa, tiene objetivos que te conecten con algo reforzante a largo plazo o si dependen de un resultado específico, numérico o una proyección irreal de lo que quiero ser y no soy. Y que, por tanto, corra el riesgo de que no encuentre reforzadores por el camino y la motivación del principio no consiga sostener dicho proyecto, provocándote culpabilidad o frustración.

¿Qué debería tener un propósito?
Dicho propósito te tiene que permitir conectar con cosas que quieras cultivar en tu persona, como valores o cualidades (curiosidad, sensibilidad, paciencia, autonomía, compromiso…). De esta forma la motivación esta sostenida por algo más grande que la consecución un resultado.
Te pongo otro ejemplo para comparar dos formas distintas de proponer objetivos. Una primera persona quiere empezar a hacer deporte para “conseguir un cuerpo X”, “quitarme X kg”, “verme bien para sentirme más seguro y poder conseguir/hacer X” o “porque me gusta el estilo de vida del creador de contenido que sigo y hace deporte”. Estos objetivos, puede que alcanzables, pero a que coste, dependen de muchos factores y, no conseguirlos, lejos de motivarle a seguir conectado a dicha actividad, serán una fuente de castigo y origen de muchas conductas perjudiciales (que no esperaba encontrar cuando decidió empezar ese deporte). Ejemplos de consecuencias negativas pueden ser: empezar a estar pendiente de lo que come, aumentar las horas de entrenamiento y dejar de hacer cosas que también valoraba hacer, castigarse por no ver ese número ni esa talla…
Un proyecto no debería volverse un castigo diario por no alcanzarlo:
- “soy un desastre, no he conseguido hacer ninguna taza de cerámica bien”
- “que blando soy, sigo sin poder levantar este peso en el gimnasio”
- “si no me he terminado el libro del club, ya no voy a la reunión mensual, para qué”
Pongamos ahora que nos encontramos con una segunda persona que quiere empezar a hacer deporte para: “sentir que cuido mi cuerpo sin exigirme más que un rato de movimiento al día, sentirme ágil subiendo escaleras o cargando la compra, para dedicarme un rato y conectar con mi cuerpo, para conocer a gente que comparta este deporte o trabajar mi disciplina empezando un día a la semana”.
Que la segunda persona se plantee de esta forma el propósito, no le hará empezarlo sin pereza ni levantarse del sofá sin unos cuantos resoplidos previos. Pero sí facilitará que no haya una autoexigencia excesiva por aspectos que no le dan sentido a su vida o que se ponga las metas inalcanzables.

Paso final
Una vez tengas esa lista de nuevos propósitos y hayas seleccionado aquellas aficiones o cambios que tengan motivos que de verdad conecten con cosas importantes para ti, entonces puede que veas que la lista se ha reducido bastante o que cobra un sentido diferente. Puede que descubras que empezar X cosa, solo escondía querer aspirar a la vida de esa persona de RRSS, que ibas a ir apurada todos los meses porque se te va de presupuesto y que lo que de verdad conecta con el propósito de dedicarte un tiempo de calidad en el día, es esa otra afición menos fancy pero que te ilusiona y trabaja tu creatividad y curiosidad de verdad, y que eso, si te define.
¿Qué podemos concluir?
Que septiembre no te venda que consiste en “quererlo mucho y manifestarlo”. Que si ves pautas o consejos de cómo hacer para llevar a cabo tus propósitos primero busques razones más allá de un estilo de vida, una moda o un físico y te preguntes si esa afición o propósito te hará sentir que de verdad hay un autocuidado y un trabajo hacia tu persona sin exigencias. Que ya bastante tienes con el esfuerzo de retomar de nuevo el ritmo de septiembre.


