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Adaptarse o morir

Y si no quiero adaptarme, ¿qué?

La adaptación como aprendizaje de supervivencia. Adaptación para vivir. Adaptación para no morir.

Adaptarme a no frenar en un semáforo en rojo para que no me asalten. Adaptarme a bajar la mirada si hay peligro. ¿Si hay peligro? No. Si identifico el peligro.

Adaptarme a no entrar en ciertas calles, a no salir a según qué hora, a no llevar el celular en la calle, a caminar más rápido, a tapar, a callar, a vestir, a mirar. Adaptarme a no morir.

¿Y si no sé adaptarme? Y si no tengo el tiempo suficiente para cambiar, para identificar, para poder aprender todo lo que el contexto me está indicando para sobrevivir.

O… más bien… ¿Y si no quiero hacerlo?, ¿Acaso tengo otra opción?

No quiero andar más rápido, no quiero agarrar mi bolso más fuerte, no quiero esconder el celular, no quiero dar mis pertenencias a nadie, no quiero sentir miedo por ir sola. No quiero este aprendizaje. Y ya es parte de mí. Sin opción. Sin deliberación.

A veces el aprendizaje es así, te dicen. Aprendes de forma involuntaria para economizar, para flexibilizar, para generalizar. Pero. Y si no quiero, qué.

Mientras voy rápido, buscando con mi mirada atenta cualquier peligro que – con mi corta experiencia– logre identificar. Voy encontrándome, divagando en un discurso que me distrae. Por qué tengo que hacer esto. Por qué él puede ir caminando seguro, con las manos en los bolsillos y la espalda erguida. Por qué no puedo ser él, integrado, con la capacidad de identificar sin buscar. Menos esfuerzo, más efectividad. ¿Es la experiencia la que te permite eso? ¿Es la mala experiencia? ¿Es la experiencia de haber vivido algo totalmente opuesto? No lo sé. Pero me lo pregunto mientras intento ir lo más rápido posible, encogida, lo más pequeña que puedo, lo más invisible que puedo para poder llegar a mi destino. 500 metros de buscar y no querer encontrar. 500, ¿solo? Todo un privilegio.

Qué privilegiada soy por haber llegado. Por estar viva. Cuántas no lo tienen. Privilegiada por no tener que subirme en uno o varios buses para llegar a mi destino. Privilegiada por tener un bolso que agarrar. Privilegiada por tener miedo. Privilegiada por haber tenido el suficiente tiempo para aprender.

Muchas veces, en el camino diario me encuentro en la encrucijada de seguir a lo aprendido o luchar contra ello. Luchar contra normas que no creo, contra injusticias, contra hacerme más pequeña cuando lo que quiero es crecer, contra correr cuando lo que quiero es pelear. Pero ¿tengo opción? Y si, fruto de mi inconformismo, freno de noche en ese semáforo en rojo, ¿qué? ¿acaso esa leve acción hará algo? Nada. A lo sumo, las razones por las que no frenar: asalto, secuestro, atraco, violación… Todo lo que mantiene mi aprendizaje de supervivencia. Todos los miedos racionales por los que, al llegar a ese semáforo, continúo acelerando.

Y entonces, solo aparece el pensamiento de: quiero salir de aquí. No quiero seguir acelerando. No quiero seguir corriendo. No quiero seguir adaptándome. No quiero seguir. Y, tras breves segundos en ese semáforo, acelero, subo las ventanillas, elijo el camino más seguro y elijo –sintiéndome sin opción– la adaptación. Volviendo una vez más a la casilla de salida, y encontrándome día a día más yo en esa elección que tan poco me definía en las primeras jugadas.

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