Tres plot-twist del comportamiento que te harán ver tu conducta con otros ojos

por | May 30, 2019 | Blog | 0 Comentarios

Pretender controlar “lo externo” –> Centrar nuestros esfuerzos en controlar “lo interno”

Piensa durante un instante en tu día de mañana. ¿Sabes lo que harás? ¿Y la semana que viene? ¿Tienes planes para el verano o el año próximo? Todas estas cuestiones nos sitúan en un plano temporal común: el futuro. Y todas ellas guardan relación en otro aspecto: no sabemos si ocurrirán.

Por muy frecuentemente que acudamos a él, el futuro sólo tiene lugar en nuestra mente. Con ella tratamos de controlarlo: imaginamos qué nos preguntarán en la entrevista o en el examen, cómo vamos a solucionar eso que nos preocupa o lo bien que lo pasaremos en las vacaciones.

Anticipar los acontecimientos es un comportamiento sin duda útil: nos permite analizar la situación en que nos encontraremos para tratar de afrontarla del mejor modo posible y evitar un potencial daño. Sin embargo, en ocasiones esta estrategia se vuelve contra nosotros cuando pretendemos cubrir todas las opciones que se nos ocurren, analizando hasta la última posibilidad y entrando en un bucle de anticipaciones interminable con un único fin: aumentar esta sensación de control.

No obstante, este proceso con el tiempo termina por convertirse en una gran fuente de malestar. ¿Por qué? No llegaremos a un punto de satisfacción, porque realmente, hasta que se produzca, no sabemos qué o cómo va a ocurrir. Hagamos lo que hagamos, en la vida nos sucederán cosas, algunas de ellas negativas, sin que podamos evitarlo en modo alguno.

¿Qué podemos hacer entonces? ¿Cuál es la mejor forma de trabajar la sensación de seguridad y dejar de preocuparnos por las posibilidades eventuales? Centrarnos en algo que sí podemos controlar: nuestra propia conducta.

Adquirir herramientas para manejar nuestros pensamientos y emociones, lo que constituye la base del autocontrol, no evitará que nos ocurran cosas negativas, pero nos ayudará a no anticiparlas, viviendo el día a día con más tranquilidad. Y, si ocurren, amortiguará su impacto, permitiéndonos identificar y entender lo que sentimos, manejar el rumbo de nuestros pensamientos y afrontar las situaciones de forma más eficaz.

Esperar que lleguen las ganas –> Construir activamente nuestra motivación

En la entrada de blog de la semana pasada adelantamos esta idea,en el contexto de la adquisición de nuevos hábitos. En ocasiones tendemos a considerar “las ganas” como la fuerza motriz que debe impulsarnos para emprender nuevas acciones. De este modo, si no las sentimos, permanecemos estáticos, aguardando a un cambio en nuestras sensaciones, a una motivación inequívoca que sin embargo puede que no llegue nunca.

Del mismo modo, como os contábamos en el mencionado post, también solemos atribuir a estas “ganas” un poder explicativo, concluyendo erróneamente que, si no hemos sido capaces de mantener un hábito o alcanzar un objetivo, quizá es que no teníamos la motivación inicial suficiente.

Sin embargo, lo que la ciencia de la conducta nos permite establecer es que “las ganas” o “la motivación” en realidad hacen referencia a un conjunto amplio de circunstancias relacionadas con diferentes variables -por ejemplo, la familiaridad o dificultad de la actividad en sí misma o el estado en el que me encuentre previamente.

Auguste Toulmouche

Es decir, no se trata de un semáforo emocional que se encuentre abierto o cerrado para informarnos de cuándo realizar una actividad, sino más bien el resultado de mi relación con dicha tarea. Por lo tanto, es perfectamente normal que en ciertas situaciones, aunque me haya propuesto un objetivo o sepa que algo es bueno para mí, cuando llegue el momento de hacerlo pesen más otras variables situaciones y sienta que no me apetece.

¿Qué debemos hacer? Construir esas ganas. Para ello os damos estas sencillas claves:

  • Desatender la sensación: la pereza, la falta de ganas, la desmotivación… Son expresiones para describir situaciones similares: esa falta de No importa, no va a estar ahí. Ignoremos los pensamientos que nos hacen tomar conciencia de ella, porque no nos serán útiles (recordemos que no es un semáforo).
  • Anticipar algo gratificante: o bien intrínseco a la actividad – sé que cuando esté allí voy a pasarlo bien-, resultante de ella – lo bien que me voy a sentir al acabar el trabajo– o “contingente” a ella, es decir, algo que me gusta que, estratégicamente, voy a colocar justo después de la tarea, exactamente para poder anticiparlo – cuando termine con esto me veo el último capítulo de Juego de Tronos.
  • Introducir una autoinstrucción: las autoinstrucciones son frases cortas formuladas como pequeñas órdenes que nos damos a nosotros mismos y nos enganchan directamente con la Por ejemplo, “venga, ponte con ello”.

Atender lo negativo –> Reforzar lo positivo

“Míralos, qué tranquilos están ahora, ya puedo dejarlos solos”; “sólo me dice algo bonito cuando estoy triste”; “no voy a felicitarle por algo que es su obligación”.

Es muy fácil encontrar las descripciones cotidianas de nuestro comportamiento evidencias de un proceso que, si bien es común y hasta cierto punto intuitivo, no es deseable como hábito a largo plazo: focalizar la atención en lo negativo y desatender lo positivo.

Lo “negativo” en este contexto hace referencia a un conjunto de comportamientos propios o ajenos -quejas, rabietas infantiles, reproches- en cualquier grupo de edad. Con respecto a una conducta normalizada y neutra, lo negativo llama nuestra atención, actuando como una suerte de imán que nos atrapa y eventualmente desencadena otras conductas de intervención en la situación. Aunque en ocasiones esto pueda ser útil, debemos contemplarlo en relación a la atención que dispensamos, de forma simultánea, al comportamiento positivo.

¿Por qué? Sabemos que, por nuestra naturaleza social, a las personas nos resulta reforzante la atención. Esto quiere decir que, en un continuo temporal, aquellas conductas que son atendidas tienden a aumentar en uno o varios parámetros, como la frecuencia, la intensidad o la duración.

Ello explica que en ocasiones se instauren y consoliden ciertos comportamientos a pesar de resultar negativos tanto para la persona que los emite como para su entorno, especialmente si no existen tantos comportamientos positivos que sean atendidos, bien porque resultan menos llamativos o porque damos por hecho que deberían ocurrir.

El cambio que os planteamos en este caso es un análisis de aquello que capta nuestra atención de forma cotidiana, llevándola progresivamente hacia esos comportamientos que, aunque no resulten tan salientes, consideremos positivos o deseables.

Escrito por Aitana Segovia