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15 mayo, 2019 Concha SerradorBlog0

Todo el mundo miente. Esto es algo que hemos oído innumerables veces decir al famoso Dr. House en la serie de televisión. Veíamos cómo capítulo tras capítulo, los pacientes le ocultaban una u otra información y esto, en ocasiones, era la causa de que no se aplicase el tratamiento adecuado y el propio paciente empeorase. También hay estudios como el de Serota y Levine (2015) que afirman que todos mentimos al menos una vez al día, ¿es esto verdad? ¿A quién y cómo mentimos? ¿Sobre qué mentimos?

Algunos trabajos (Ahern, Lyon, & Quas, 2011; Evans & Lee, 2013) mantienen que la investigación ha mostrado que los niños empiezan a entender y a contar mentiras en la edad de prescolar. Algunas mentiras acerca de su comportamiento empiezan a la temprana edad de tres años, y a partir de los 5-7 años empiezan a realizar mentiras blancas o mentiras piadosas, estas son las que se realizan para no hacer sentir mal a los demás.

Sin embargo, aunque las mentiras sean algo considerado negativo para los adultos porque viola la máxima de calidad en la comunicación, la cual requiere que el mensaje que está siendo comunicado sea cierto (Grice, 1989), aún en la adultez, seguimos mintiendo.

Pero, aunque todos mintamos, ¿todos mentimos acerca de lo mismo?

Ford (1996) explica que las mentiras más usadas por los adultos suelen ser las siguientes:

  • Relacionadas con la finalidad de proteger los sentimientos de otros. Estas serían las mentiras sociales, educadas o mentiras blancas (p.ej., alguien me pregunta que qué me parece su camisa nueva, y aunque a mí me resulte horrenda, le respondo que es bonita).
  • Para hacernos parecer mejores ante los demás, escondemos lo que sabemos que socialmente no está aceptado y puede afectar a la idea que tienen los demás acerca de nosotros (p.ej., he copiado en el examen de la carrera y he obtenido buena nota. Mis amigos me preguntan que cómo he conseguido llegar a tener esa nota y si digo que copié en el examen, la imagen que tienen mis amigos de mí cambiará, por lo que opto por mentir y decir que estuve estudiando toda la noche).
  • Para evitar algún castigo o recriminación. El aprendizaje que realizo, es que si voy a contar algo que va a conllevar un regaño o pérdida de alguno de los privilegios de los que gozo actualmente, mejor digo algo alternativo que no conlleve la pérdida de estos beneficios (p.ej., si digo a mis padres que suspendí una asignatura me dejarán sin salir el fin de semana, por lo que les digo que saqué un 5).

Estas son algunas de las mentiras más frecuentes que realizamos. Decimos una mentira porque queremos evitar alguna de las consecuencias de decir la verdad mencionadas anteriormente (p.ej., hacer sentir mal a la otra persona, recriminación social, discusión o castigo…)

Sin embargo, contar mentiras no siempre produce buenas consecuencias, como por ejemplo, el sentimiento de malestar tras haber mentido a mis amigos, a mis padres… o  los problemas derivados de una primera mentira que me hacen entrar en un bucle de mentiras del que será más difícil salir. P.ej., como dije que había aprobado la asignatura, ahora también tengo que ocultar mis notas, tengo que falsificar una firma, tengo que convencer a mis amigas de que también mientan a mis padres, tengo que estudiar a escondidas esa asignatura… un cúmulo de comportamientos que finalmente acabarán haciendo que una pequeña mentirijilla, se convierta en algo que me produce angustia y malestar durante días.

Referencias:

Ahern, E. C., Lyon, T. D., & Quas, J. A. (2011). Young children’s emerging ability to make false
statement. Developmental Psychology, 47(1), 61–66. doi:10.1037/a0021272

Evans, A. D., & Lee, K. (2013). Emergence of lying in very young children. Developmental
Psychology, 49, 1958–1963. doi:10.1037/a0031409

Ford, C. V. (1996). Lies! Lies!! Lies!!!: The psychology of deceit. Arlington, VA, US: American Psychiatric Association.

Grice, H. P. (1989). Studies in the way of words. Cambridge, UK: Harvard University Press.

Serota, K. B., & Levine, T. R. (2015). A few prolific liars: Variation in the prevalence of lying. Journal of Language and Social Psychology, 34(2), 138–157. https://doi.org/10.1177/0261927X14528804

Polage, D. C. (2017). The effect of telling lies on belief in the truth. Europe’s Journal of Psychology, 13, 633–644. https://doi.org/10.5964/ejop.v13i4.1422

Polage DC. Liar, liar: Consistent lying decreases belief in the truth. Appl Cognit Psychol. 2018;1–10.https://doi.org/10.1002/acp.3489

Xu, F., Luo, Y. C., Fu, G., & Lee, K. (2009). Children’s and adults’ conceptualization and evaluation of lying and truth-telling. Infant and Child Development, 18, 307–322. doi:10.1002/icd.631

Escrito por Concha Serrador


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8 mayo, 2019 Tauana MatiasBlog0

Fracasar:

  1. intr. Dicho de una pretensión o de un proyecto: frustrarse(malograrse).
  2. intr. Dicho de una persona: Tener resultado adverso en un negocio.
  3. intr. Dicho especialmente de una embarcación cuando ha tropezado con un escollo: Romperse, hacerse pedazos y desmenuzarse.
  4. tr. desus. destrozar(‖ despedazar).

Real Academia Española © 

En nuestra sociedad el término fracasar representa algo negativo: romper, tener malos resultados, frustrarse… sin embargo no se habla de la función de fracasar y en qué nos ayuda hacerlo.

Podemos decir que fracasar significa no conseguir el resultado que se pretende, por tanto puede ser sinónimo de equivocarnos en nuestra elección o comportamiento o cometer errores que llevan a ese “fracaso”.

Sin embargo, nos olvidamos de ver el otro lado del término fracasar. Cualquier fallo, error o fracaso es una oportunidad de aprendizaje. Eso significa que cuando erramos nos damos la oportunidad de aprender esos errores.

Si siempre hiciéramos las cosas sin fracaso o sin alguien que nos corrigiera y nos dijera que nos hemos equivocado, podríamos estar haciendo las cosas mal sin la oportunidad de aprender a hacerlo mejor.

Esto el algo muy importante, porque fallar nos permite cambiar; cambiar nuestras estrategias, anticipaciones y comportamientos y por tanto nos permite aprender.

¿Por qué fracasamos?

Muchas veces el fracaso viene porque nos dejamos llevar por las consecuencias inmediatas en vez de fijarnos en las consecuencias a largo plazo o porque no tenemos en nuestro poner el conocimiento para realizarlo bien, ya que aún no lo hemos aprendido.

Entonces…si fracasar es algo “bueno” porque nos permite aprender, ¿por qué a la gente no le gusta fracasar o está tan mal visto?

La sociedad actual motiva y refuerza los resultados antes que el procedimiento y lo que se observa cuando fracasamos son esos resultados y no los cambios que estaremos haciendo para cambiar o modificar nuestra conducta.

¿Fracasar siempre me va a ayudar a aprender y mejorar?

No siempre fracasar  nos va a llevar a aprender y modificar nuestra conducta.

Fracasar, es decir, equivocarnos en nuestras elecciones o comportamientos será positivo siempre y cuando tomemos la decisión acertada ante dicho fracaso.

Cuando la gente fracasa suele hacer tres cosas/opciones:

  1. Dejar de intentarlo/ escapar o evitar el problema
  2. Volver a intentarlo utilizando las mismas estrategias y conductas
  3. Volver a intentarlo cambiando de estrategias y conductas

De estas tres opciones, las personas que eligen la opción 3 son las que podrán aprender de ese fracaso o error.

Si se sabe cómo  fracasar de forma “exitosa”, ¿por qué la gente no lo hace?

Intentar cambiar nuestras estrategias y conductas ante un fallo o error es algo complejo ya que requiere fuerza: Fuerza por un lado para luchar contra la emoción de malestar, inutilidad o culpa por el fracaso y seguir intentándolo a pesar de esas emociones y por otro, fuerza para no cansarnos en el intento.

 

Existen formas de ayudarnos a conseguir esa “fuerza” y vencer esos obstáculos:

  • Controlando nuestras verbalizaciones: es decir, lo que nos decimos, porque muchas veces son las que hacen que nuestras emociones negativas sean más intensas y nos llevar a bloquearnos. Anticipaciones negativas de que no se conseguirá, pensamientos extremistas de todo o nada o de necesidad, son algunos que afectan de forma negativa.

    *Para saber más sobre ´como controlar nuestros pensamientos, podéis leer el siguiente post: https://www.itacopsicologos.es/controlar-el-pensamiento/

  • Ver el fracaso como un experimento: analizar las cosas correctas y los errores más allá de la emocionalidad, nos ayudará a enfocar la atención en eso y disminuir los pensamientos de culpa, al mismo tiempo que nos da pistas sobre el siguiente paso o estrategia a realizar.
    Centrarnos en los fallos como algo que se puede modificar y pensar posibles soluciones o cambios para cada uno de esos fallos (viendo las consecuencias de llevar dichas soluciones a cabo) nos ayudará a aprender de esa experiencia.

Escrito por Tauana Matías


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2 abril, 2019 ÌtacoBlog0

Una de las características definitorias y diferenciales del ser humano en comparación con el resto de especies es el lenguaje. Según la RAE, el lenguaje se refiere a “la facultad del ser humano de expresarse y comunicarse con los demás a través del sonido articulado de otros sistemas de signos”. Sin embargo, uno de los matices que no están presentes en esta definición tiene que ver con que usamos constantemente el lenguaje para comunicarnos con nosotros mismos. Cuando pensamos, estamos elaborando infinidad de mensajes en los que emisor y receptor comparten espacio, tiempo y cuerpo.

Una de las funciones principales del lenguaje consiste en expresar o valorar lo que nos ocurre en nuestro día a día, lo que pensamos de los que nos rodean o de nosotros mismos.

Pero… ¿Cómo adquirimos los distintos significados?

Desde la ciencia sabemos que las asociaciones entre un evento, las emociones que elicita y el significante son las responsable de que vayamos construyendo el lenguaje y con él, vayamos adquiriendo distintos significados. Es por ello que cada idioma o incluso cada modismo del lenguaje comprenden matices muy particulares que sólo se pueden dominar mediante entrenamiento estando en presencia de dichas asociaciones. Es decir, resulta más fácil aprender dicho idioma en el país de origen debido a la inmersión total que implica estar en el contexto natural en el que se dan esas asociaciones.

¿Por qué a veces nos sentimos mal cuando hablamos con nosotros mismos?

En la infinidad de discursos que construimos cada día descansan una serie de emociones por cada evento recordado, futuro anticipado o descripción de algún elemento de la realidad. La primera implicación que se deriva de lo anterior es que dependiendo de las asociaciones que hayamos ido generando en el pasado y las que vamos creando nos sentiremos de una manera o de otra trayendo al presente un tipo de emociones u otras. Por ejemplo, si mientras estoy esperando el metro de camino a una  entrevista de trabajo pienso que soy una fracasada porque no me llamaron de la anterior y sigo elaborando dicho mensaje, traeré al presente una serie de emociones negativas que influirán en la consecución de la entrevista de hoy, confirmando la hipótesis catastrofista que había generado minutos antes pero… ¿Qué ha sido responsable de fallar en dicha entrevista: que soy una fracasada o la descripción de mis capacidades que ha influido en la consecución? Como en la mayoría de fenómenos psicológicos, habría que hacer un análisis detallado de la situación concreta para identificar en qué medida ha influido cada factor, sin embargo, lo que sí sabemos es que con independencia de la situación objetiva, nuestra subjetividad construyendo el lenguaje tiene un gran poder sobre cómo nos sentimos e incluso sobre los resultados que obtenemos.

La queja: el espejismo del desahogo

En el frenético mundo en el que vivimos, es complicado estar completamente satisfechos y felices constantemente. Además, a nivel psicológico no sería deseable puesto que las emociones negativas, aunque resulten tan desagradables cuando se experimentan, también cumplen múltiples funciones imprescindibles para conformarnos como seres humanos. Por ello, y como seres sociales que somos, tendemos a desahogarnos con nuestras personas más cercanas sobre los acontecimientos negativos que nos acaecen a lo largo del día: “no soporto a mi compañero, es una persona desagradable”; “estoy agotada… no sé cuánto más podré soportar este ritmo de vida”; “odio la M-30, es imposible llegar un maldito día a tiempo”. La queja, como infinidad de fenómenos psicológicos, también presenta una función clara a corto plazo: la reducción parcial del malestar mediante el desahogo y el bienestar que se siente cuando el otro nos comprende. Sin embargo, traer al presente ciertos eventos con la carga emocional con la que solemos quejarnos implica experimentar infinidad de emociones negativas que se van enlazando y acrecentando según elaboramos el mensaje o incluso mientras el receptor de la crítica añade carga emocional expresando su propio punto de vista.

¿Por qué me siento mal si hago todo lo posible por sentirme bien?

Uno de los motivos más comunes por los que algunas personas acuden a un especialista resulta de un sentimiento inespecífico de malestar del que no pueden identificar su origen. Estas personas relatan estar satisfechas en las distintas áreas de su vida y además, al no poder identificar los motivos de su malestar, tienden a sentirse culpables por dicho sentimiento, agravando más aún el problema. Cuando los profesionales profundizamos en la evaluación de problemáticas como estas, en muchas ocasiones identificamos que lo que está haciendo experimentar tanto sufrimiento a estas personas no es lo que les rodea sino cómo se cuentan o cómo describen su día a día, su pasado e incluso su futuro más próximo. Por ello, la intervención pasará por ir desmontando dicho discurso para sustituirlo por uno más adaptado y que genere emociones más neutras inicialmente y más positivas en momentos posteriores de la terapia.

Aprendiendo una nueva forma de comunicarnos

Como cualquier habilidad susceptible de entrenamiento, el lenguaje también se aprende. No sólo podemos aprender a usarlo como medio de comunicación sino que, teniendo en cuenta las consecuencias señaladas que derivan de su uso, podemos aprender a usarlo de una manera más ajustada favoreciendo nuestro bienestar. El formato frenético en el que se presentan los pensamientos puede llevarnos a concluir que es un fenómeno del que no tenemos control en absoluto. Sin embargo, y aunque inicialmente resulte contra-intuitivo, podemos modificar nuestro discurso interno para que éste actúe en nuestro favor, cambiando primero lo que nos decimos para después traer al presente emociones más neutras o incluso positivas.

¿Cómo me comunico? La identificación como primer paso para el cambio.

Si queréis comprobar la influencia que tiene el lenguaje en vuestro estado de ánimo os propongo ciertos ejercicios que podéis hacer en un mismo día.
  • Trata de identificar en qué términos hablas contigo mismo contándote las cosas que van ocurriendo o las que vas anticipando. ¿Utilizas términos como “siempre”; “nunca”; “nada”; “todo”…? En ese caso puede que estés cometiendo un error de sobre generalización aumentando la gravedad de las diferentes situaciones mediante tu discurso interno.
  • Cuando te encuentres ante una situación que te hace experimentar malestar (ejemplos: has perdido el metro, has discutido con alguien, no has obtenido los resultados que esperabas…), piensa en cuántas veces estás trayendo al presente dicha situación contigo mismo y/o desahogándote con las personas que tienes a tu alrededor. El hecho de repetir o de seguir describiendo cierto evento implicará experimentar un malestar mayor tanto en cuanto a cómo vives dicho recuerdo o anticipación y hará que vuelvas a enfrentarte al resto de retos de tu día a día con una actitud y estado de ánimo poco efectivos y que te harán experimentar malestar.
  • Piensa en las personas con las que prefieres estar cuando tienes un mal día ¿Qué tienen en común? ¿Se caracterizan por estar constantemente hablando de cosas negativas sobre su día a día? Probablemente no. Este es precisamente el motivo por el que resulta tan reconfortante su compañía: redirigen tu atención y traen al presente emociones positivas que a su vez generan una atmósfera perfecta para afrontar las cosas de otra manera. Con nuestro cambio de lenguaje, podremos conseguir el mismo efecto que se deriva de estar con dichas personas: describirnos una realidad más ajustada que sirva como punto de partida para enfrentar el día con otra actitud.

No estamos solos, nos tenemos… ¡A nosotros mismos!

La buena noticia de todo lo anterior es que el lenguaje es moldeable. Es decir, si le dedicamos un esfuerzo y conocemos las técnicas adecuadas para ello, podemos modificar la forma en la que hablamos con nosotros mismos y modular el grado de queja con el fin de aumentar nuestro bienestar. Si identificas tras los ejercicios propuestos que el lenguaje que estás utilizando para comunicarte está influyendo de manera decisiva en tu estado de ánimo, intenta ajustar la forma en la que te comunicas contigo mismo o con el resto utilizando descripciones más cercanas a la realidad. Ser conscientes de los factores que influyen en nuestro estado anímico es el primer paso para el camino del bienestar.

Escrito por Carolina Trujillo


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27 marzo, 2019 Aitana SegoviaBlog0

En 1984 se estrenó una película que rápidamente adquirió una gran fama y dio lugar, posteriormente, a una saga de filmes: Karate Kid. Narraba el proceso de entrenamiento en técnicas de artes marciales de un muchacho, Daniel Larusso, para defenderse de los ataques de un grupo de chicos también entrenados en estas habilidades. El personaje del profesor, el señor Miyagi, pasó a la cultura popular por encarnar fielmente la idea del buen maestro, paciente pero firme.

Sus instrucciones claras y sistemáticas guían progresivamente al joven Larusso al éxito en la ejecución de las técnicas. Karate Kid refleja fabulosamente el continuo de adquisición de un aprendizaje: la identificación de la falta de habilidad, el modelado por parte de alguien experto, la ejecución de las primeras aproximaciones, la práctica sistemática -incluyendo el control de la frustración derivada de no ser capaz de ejecutarlo bien las primeras veces-, la consolidación y generalización y, finalmente, el dominio de la técnica.

Si lo pensamos, es probable que identifiquemos muchos aprendizajes que hemos llevado a cabo a lo largo de nuestra vida de forma más o menos consciente: adquirir otro idioma, manejar un programa informático o conducir. Lo cierto es que el espectro de aspectos que aprendemos es tan amplio como -casi- todo lo que somos, pero recordamos más fácilmente aquellos en los que, digamos, nos lo hemos propuesto.

¿Qué sucede con los aspectos que solemos llamar “psicológicos”? La capacidad para pensar en una cosa u otra, las habilidades para manejar las emociones o las diversas maneras de relacionarnos con otras personas también constituyen aprendizajes, aunque en estos casos no solemos ser conscientes de cuándo o cómo los hemos adquirido. El origen de esta concepción abstracta e inaccesible de lo psíquico -puedo aprender un idioma, pero no sé cómo aprender a pensar– descansa en condicionantes históricos, sociales, filosóficos y políticos, y detenernos en ella excede con mucho el propósito de este texto -para ampliar al respecto es recomendable acudir a Marino Pérez Álvarez, Thomas Szasz o Piero Cipriano. Sin embargo, con una guía adecuada, las personas somos capaces de identificar las habilidades que poseemos o aquellas de las que carecemos pero desearíamos desarrollar y, tras un entrenamiento, aprender comportamientos tan aparentemente complejos como el autocontrol emocional. Esa guía, a menudo, es la intervención psicológica.

El pensamiento, comportamiento aprendido

Todas las personas, en ausencia de alguna problemática específica, pensamos. Pensar es para el ser humano algo tan espontáneo y poco costoso como puede ser correr para un gamo: una conducta seleccionada a lo largo de nuestra evolución como especie para ser La Conducta que nos define. No en vano Aristóteles definió al hombre como animal racional.

El pensamiento, como una producción verbal y/o visual encaminada a representarnos el mundo propio y necesaria en la comunicación con los demás, posee ciertos patrones que adquirimos a lo largo de nuestra vida. Existen personas que discurren de un modo más analítico y relacional; otras, en cambio, producen veloces torrentes de imágenes con una estructura narrativa. Con independencia de la forma que hayamos desarrollado, existe además un estilo en cuanto al tipo de información en el que nos centremos, algo en lo que participa también la atención. Podemos focalizarnos en los aspectos positivos, neutrales o negativos de una misma realidad.

Pero, ¿podemos aprender a pensar de otra forma? La respuesta es sí, en tanto que el pensamiento es un tipo de comportamiento que sabemos gobernado por las leyes de aprendizaje. No obstante, algunos cambios son mas complejos que otros y, en cualquier caso, subyace a ellos, como en el caso de Daniel Larusso, un esfuerzo consciente y continuado.

El control voluntario

En este punto sería muy natural que alguien se estuviera preguntando “muy bien, aunque pueda, ¿por qué querría cambiar mi pensamiento?”. Generalmente, la respuesta tiene que ver con el malestar. El hecho de que pensar sea un acto espontáneo y aparentemente fácil no significa que resulte deseable o útil en todas las situaciones. Podemos estar pensando de forma repetitiva e involuntaria sobre algo sin que ello nos lleve a ninguna solución o tal vez estemos distorsionando en algún grado la realidad que percibimos en nuestra forma de representárnosla.

En estos casos resulta esencial que nos detengamos a hacer las siguientes reflexiones: ¿pensar me está ayudando a resolver el problema? ¿Qué utilidad tiene para mí darle vueltas a este asunto? ¿Podría pensar de otra forma sobre ello? ¿Podría no pensarlo?

El tándem constituido por el criterio pragmático -tomar conciencia de la inutilidad de ciertos pensamientos- y el convencimiento de la posibilidad -sé que se puede dejar de pensar o pensar de otro modo- es la potente base de la motivación para el cambio, para adquirir control sobre el pensamiento: quiero dejar de pensar esto/ quiero dejar de pensar así.

Dar cera, pulir cera

Tal vez uno de los problemas más comunes en el trabajo de modificación de los pensamientos tenga que ver con las creencias erróneas, como hemos comentado, acerca de su naturaleza, de si se puede o no operar con ellos. Esto conduce a una resistencia habitual vinculada al hecho de que controlar y transformar los propios pensamientos sea algo difícil, algo que requiere de un entrenamiento consciente y sistemático.

Es completamente natural que, a pesar de saber que se puede, disponer de las herramientas adecuadas y poseer una fuerte motivación, las primeras ocasiones experimentemos frustración al darnos cuenta de que el pensamiento intrusivo regresa o “pillemos” a nuestra propia mente volviendo a albergar ciertas ideas negativas. Es normal. Disciplinar la mente  es un trabajo muy duro, y la perseverancia es un factor de suma relevancia.

En el trabajo en sesión con este tipo de entrenamientos, además de vigilar la adecuada utilización de las técnicas específicas -por ejemplo, reestructuración o parada de pensamiento- el/la terapeuta hará explícita la importancia del esfuerzo continuado, haciéndonos ver los pequeños avances iniciales y, gradualmente, la aproximación al objetivo final. O, en palabras del señor Miyagi: “primero aprende a sostenerte, después a volar”.

Escrito por Aitana Segovia

Para leer más sobre pensamientos:

Pensamientos negativos en el trabajo


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27 febrero, 2019 Víctor EstalBlog0

“¿Cómo soy capaz de decirme estas cosas?”; “Nadie me trata peor que yo”; “Yo no le diría esto nunca a ninguna otra persona”; “Soy demasiado duro/a conmigo mismo/a”…

Estas frases son algunos ejemplos de pensamientos que podemos tener cuando somos conscientes de nuestra manera habitual de referirnos a nosotros mismos y lo que hacemos: la crítica. Pero, ¿por qué nos criticamos a nosotros mismos? ¿Cuál es el motivo por el que nos llegamos a hacer tanto daño? ¿Acaso somos “masocas”?

Entender por qué nos llegamos a criticar tan duramente es el primer paso para cambiarlo. Como ya hemos comentado en posts anteriores, las personas no “damos puntada sin hilo”, es decir, por muy increíble que parezca, si mantenemos un comportamiento (como el de criticarnos a nosotros mismos) es porque nos reporta algún beneficio. ¿Qué tipo de beneficio?

Imaginaos por un momento que una persona continuamente dice de sí mismo/a que es “un/a maldita vago/a”, porque en numerosas ocasiones posterga sus tareas académicas, del hogar, etc. ¿Qué le aporta decirse eso en el momento en el que se ha ido a la cama sin hacer dichas tareas? Lo que esa persona está haciendo es hacerse sentir mal por ello, lo que le lleva a crear un clima negativo que haga más probable que al día no vuelva a caer en lo mismo: si mañana hace las tareas se dejará de sentir mal.

Las personas hemos aprendido que hacernos sentir mal por lo que hacemos (o no hacemos) a veces funciona, es decir, a veces nos ayuda a cambiar y conseguir nuestras metas (por ejemplo, estudiar u ordenar la habitación). Sin embargo, esta forma de motivarnos tiene dos problemas. El primero de los problemas es el más evidente, y es que crear un clima emocionalmente negativo hace que nos sintamos mal, que vivamos angustiados y, además, acabemos sobredimensionando y exagerando las cosas y tengamos una imagen negativa y distorsionada de nosotros mismos. El segundo es que, aunque a veces funciona, otras muchas no. Todos tenemos la experiencia de que al final decirnos este tipo de cosas al final no llevan a ningún cambio real, es decir, mantenido en el tiempo. De hecho, nos acabamos refugiando en la crítica, porque a corto plazo es más cómoda que emprender y mantener dicho cambio.

¿Cómo podemos dejar entonces de criticarnos tan duramente a nosotros mismos?

  1. Entender por qué nos criticamos: Criticarnos es un hábito, lo hemos aprendido. A veces, incluso, nos lo han enseñado. A cuántos/as nos han dicho “anda, vago/a, ponte a estudiar” o “tienes que ir al gimnasio, que vas a echar unas cartucheras…”. Pero hay aprendizajes que son como un dibujo, podemos borrarlos y empezar de nuevo. El cambio es posible.
  1. No todo lo hacemos mal: No podemos emprender un cambio (por ejemplo, ser más constante con nuestras obligaciones o adelgazar) si antes no valoramos lo que ya estamos haciendo. Por estadística, algo estamos haciendo bien y nunca debemos perderlo de vista (algo es mejor que nada).
  1. Analizar nuestras condiciones: sin ánimo de ofrecer una visión decadente del mundo, vivimos en una sociedad donde trabajamos mucho y tenemos poco tiempo para el ocio y el descanso, donde la comida poco saludable goza de gran publicidad y márquetin y el acceso a ella es muy sencillo, etc, etc. Es fácil entonces que no nos apetezca seguir trabajando después de 8 horas de jornada o que nos comamos un par de chocolatinas una mañana. No podemos aislarnos del contexto en el que vivimos, por eso debemos normalizar lo que podemos llegar a hacer.

 

 

  1. Comenzar a hablar en términos concretos: a veces analizamos lo que ocurre en términos generales. Nos llamamos “vagos” o “gordos”, cuando sería mucho más correcto decir “hoy no he terminado el informe que tenía que final hoy” o “mi IMC es de 25”.  Si hablamos en términos concretos sabremos qué queremos cambiar.
  1. Anticipar lo que conseguiremos con el cambio: En vez de criticarnos por lo que hemos hecho o dejado de hacer, podemos empezar de cero anticipando las consecuencias positivas de lo que nos gustaría empezar a hacer. Es decir, si hoy no he estudiado lo que debería, en vez de llamarme “vago/a”, podría anticipar que si mañana estudio una hora me acabaré sintiendo bien y llevaré mejor el examen.
  1. Reforzarnos por aproximaciones a la meta: No podemos pasar de 0 a 100. Debemos valorar cada vez que hacemos un esfuerzo y conseguimos hacer algo encaminado a conseguir nuestra meta final. Si, por ejemplo, nuestra meta es empezar a comer más sano, reconoceremos y apreciaremos cada gesto que suponga introducir un alimento saludable a nuestros hábitos.  

 

A veces somos nuestra propia policía, continuamente estando pendientes de qué hacemos o dejarnos de hacer, dispuesto a juzgarnos y recriminarnos lo que hacemos. 

Pero ya hemos visto que lo contrario a la crítica no es cruzarse de brazos, ni tampoco hace falta que nos digamos “cosas bonitas” todo el rato. Si queremos cambiar tenemos que hacerlo desde la calma, sin juzgarnos, reforzándonos por los progresos que vamos consiguiendo poco a poco en una sociedad o circunstancias personales que no nos lo suelen poner fácil. La policía esta para protegernos, o así al menos debería ser.

 

Escrito por Víctor Estal


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21 febrero, 2019 ÌtacoCursos0

En ÍTACO psicólogos creemos que los estudiantes de psicología deben tener unas prácticas de calidad en las que puedan aprender todas las habilidades requeridas en la psicología clínica. Para ello, disponemos de profesionales cualificados que tienen como objetivo poder proporcionar esa ayuda.

Actualmente, recibimos estudiantes en modalidad de prácticas de diferentes universidades:

– Grado de Psicología de la Universidad Europea de Madrid.

– Máster Universitario en Psicología General Sanitaria de la Universidad Autónoma de Madrid (UAM).

– Máster en Psicología General Sanitaria de la Universidad Internacional de Valencia (VIU)

Como equipo formado en psicología clínica, consideramos imprescindible el aprendizaje de las habilidades terapéuticas a través de la formación teórico- práctica en análisis de la conducta, para ello compatibilizamos la lectura de bibliografía básica con la  de casos reales.

Nuestro programa de prácticas se centra en afianzar lo aprendido en la carrera con una formación en Análisis Funcional, explicación de las sesiones paso a paso, estudio de casos, explicación de técnicas de intervención… Así como la puesta en práctica de estos conocimientos mediante role play o coterapia con clientes dentro y fuera de sesión.

A su vez, como centro comprometido con la actualidad en la psicología, otorgamos formación del estatus de la investigación en psicología clínica, así como nuevas formas de terapia como la terapia online.

Por otro lado, en ÍTACO creemos que la supervisión y el asesoramiento de casos son fundamentales para el desarrollo de la práctica clínica de cualquier psicólogo. De este modo, ofrecemos un servicio de supervisión de terapia para estudiantes de psicología, psicólogos que acaban de iniciar su trabajo en el área clínica o aquellos que quieran tener una segunda opinión de los casos que están llevando.

Esta supervisión consiste en la revisión de la evaluación, análisis funcional, objetivos e intervención del caso. Profundización en la metodología que están utilizando, optimización de los objetivos terapéuticos y resolución de cualquier duda teórica o práctica.

Si quieres hacer las prácticas con nosotros o quieres que alguno de nuestros terapeutas supervise una intervención, ¡llámanos! estaremos encantados de atenderte.

 


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13 febrero, 2019 ÌtacoBlog0

El origen de la tan popularizada celebración en nuestros días de San Valentín o El día de los enamorados se remonta al siglo III en el imperio romano. Cuenta la leyenda que emperador Claudio II durante su gobierno en Roma prohibió el matrimonio a los jóvenes con el fin de preservar mejores soldados solteros. Tras ello, un sacerdote llamado San Valentín, que consideró injusta la medida, siguió oficiando matrimonios en secreto. San Valentín fue encarcelado y un 14 de febrero ejecutado. Desde entonces, y sobre todo en la Edad Media, este día se caracteriza por un intercambio de diferentes declaraciones de amor: cartas, flores, bombones…

¿Qué sería del sacerdote San Valentín en nuestros días?

Aunque a día de hoy San Valentín sea una de las fechas más celebradas, la forma de entender y de actuar en este día ha cambiado radicalmente desde sus orígenes. En un mundo donde uno de los grandes avances como sociedad es tener la opción de vivir maximizando nuestro bienestar en la medida de lo posible, muchas veces en detrimento de lo que se espera de nosotros en muchos sentidos, hace que la forma de vivir y entender las relaciones humanas haya cambiado por completo. En nuestros días, si una persona tuviera que ser recordada lo sería por abogar por la libertad de elegir cómo plantear una pareja en relación con los deseos y necesidades personales y no por oficiar matrimonios en secreto. Sin embargo, a pesar de todos los cambios tanto a nivel individual como sociedad, es un hecho que el 14 de febrero sigue siendo una fecha que aunque no sea celebrada por todos, no pasa desapercibida para (casi) nadie.

Cartas de amor, ramos de flores y cenas románticas.

Como en muchos otros ámbitos de nuestras vidas, obtenemos gran parte de información sobre lo que se espera de nosotros observando qué es lo que hace el resto de personas que nos rodean. En cuanto al día de San Valentín, desde nuestra infancia estamos expuestos a películas, series e incluso revistas en las que aparecen conductas asociadas a esta fecha. “Cómo sorprender a tu pareja en San Valentín”, “Haz que este día sea recordado para siempre”, “Recuérdale a tu pareja lo mucho que la quieres con estas 12 ideas”. Además, aunque la forma más habitual de celebrar San Valentín sea en pareja, no se considera necesario tener una relación con alguien para sorprender o que te sorprendan con la excusa de ser un día tan señalado. Normalmente, estamos acostumbrados a que las personas que tienen pareja hagan algo diferente a su rutina como salir a cenar a un maravilloso restaurante, aparecer por sorpresa con un ramo de flores o incluso obsequiar con algo material que le guste a la otra persona: desde unos zapatos a un viaje. Sin embargo, aunque pueda resultar agradable formar parte de la excepción que supone celebrar este día y hacer algo diferente con tu pareja, el hecho de que el 14 de febrero sea tan conocido por todos y tenga unas actitudes y conductas tan típicamente asociadas a él, puede hacer que muchas parejas se vean abocadas a tener un detalle para confirmar que quieren a la otra persona y no porque les apeteciera realmente. Por otro lado, la persona que lo recibe, también presa del hábito y expectativas a ese día, al recibir un regalo podría plantearse “¿Lo hace porque me quiere o porque si no lo hace soy yo quien asume que no me quiere?”. Todo lo anterior desdibuja completamente la genuina intencionalidad y elimina el factor sorpresa que tanto valor añade al hecho de alguien que nos importa tenga un detalle con nosotros el día menos pensado.  

 

14 de febrero: 1 día de 365

Como toda tradición, San Valentín tiene reservada su fecha en el calendario pase lo que pase. Sin embargo, no hay que olvidar que, aunque todo el contexto estimular intente hacernos pensar lo contrario, el 14 de febrero es un día más de los 365 días del año. Es decir, teóricamente, nos tendrían que seguir generando bienestar las mismas acciones, gestos y detalles que en cualquier otro día. Sin embargo, el hecho de que exteriormente estemos rodeados de señales que nos hagan plantearnos cosas del tipo: “Es 14 de febrero y estoy solo”, “Qué será de mi ex pareja hoy”, “Un día como hoy y yo teniendo un día normal”, “Otro año más en el que no tengo pareja para celebrar este día” puede hacer que se presenten emociones muy negativas que hagan de este día un infierno (todo lo contrario con respecto a la intención inicial de nuestros antepasados).

 

Redefiniendo San Valentín ¿Qué me hace feliz a mi?

Aunque muchas parejas puedan salir mal paradas de este día dudando si el detalle de su pareja ha sido genuino o sintiéndose mal tanto por sentirse obligados a tener que hacer algo excepcional o porque su pareja no ha llegado a sus expectativas, lo más habitual es que las personas que no tienen pareja sean las que peor suelen sentirse en este día tan señalado. Y, aunque un gran parte de la carga que sienten tenga que ver con estímulos externos, como en casi toda situación por desagradable que sea, podemos hacer cosas para no sentirnos tan mal o, mejor aún, para hacer del 14 de febrero un día genial sin la necesidad imperiosa que nos impone la sociedad de tener pareja:

  • No te compares. Los seres humanos tenemos la habilidad, muchas veces en nuestra contra, de enlazar estímulos de diferentes cualidades: desde un evento físico (ej. un cartel del día de los enamorados) a una serie de pensamientos que a su vez enlazan con otros (ej. “Hoy no tendré nadie con quien celebrar este día, siempre estaré solo…”). Por nuestra condición de seres sociales, es habitual que toda esta cadena de pensamientos tengan que ver con comparaciones tanto con las personas con las que nos rodean, como con nosotros mismos en una época anterior (buscando en el baúl de los recuerdos, cualquier tiempo pasado nos parece mejor pero no tiene por qué serlo, simplemente traemos al presente solamente la parte positiva). Por ello, es muy importante que tengas en cuenta que en este día, al estar presentes tantos estímulos que indican que es una fecha especial, sea más probable que tengan lugar dichas comparaciones. Estate atento a todas las trampas que puede que te tienda tu cabeza en este día tan señalado y córtalas cuanto antes.
  • Dale el valor que tú consideres al 14 de febrero. Las personas nos sentimos más o menos felices o tristes en la medida en que las personas, situaciones o circunstancias con las que vivimos o nos relacionamos nos resulten más o menos cercanas y relevantes. Por ello, en vez de adoptar automáticamente que por norma el 14 de febrero tiene que ser necesariamente un día a recordar, haz el esfuerzo de reflexionar si el hecho de que se den o no todos los acontecimientos que nos dicta la sociedad, es para nosotros motivo de malestar o estamos adoptando una medida que no encaja con nosotros mismos.
  • Diseña un 14 de febrero a tu manera. Es indudable que nuestro estado de ánimo depende en gran parte de las actividades que nos reportan bienestar. Por ello, es muy importante que en la vida que decidamos vivir, haya reservado un espacio para poder dedicarnos únicamente a disfrutar. Sin embargo, en contra de lo que se suele pensar, no tenemos que esperar a tener tiempo o a que alguien nos brinde la oportunidad de hacer algo que nos guste sino que tenemos que darle la misma prioridad que al resto de responsabilidades de nuestro día a día. Por lo tanto, si el 14 de febrero es un día caracterizado por realizar actividades que suelen reportar bienestar o es la excusa para permitirnos un capricho, tienes la oportunidad de hacerlo sin que se relacione con la necesidad imperiosa de tener pareja y de recibir un detalle por su parte. Piensa en los planes que tienes en el tintero y nunca haces o en los caprichos que finalmente nunca te das y haz una excepción para mejorar tu bienestar.
  • Piensa en todas las relaciones de calidad con las que cuentas y hazles saber lo agradecido que te sientes. Aunque San Valentín desde sus inicios se haya asociado solamente con relaciones típicamente de pareja, cada vez es más habitual empezar a abrir el abanico y situar con la misma importancia o incluso más otro tipo de relaciones tan valiosas como la pareja: amigos, familia, compañeros de trabajo etc. Tómate un momento para pensar en las personas que te rodean y aprovecha la excusa de que el 14 de febrero es un día para hacer declaraciones de amor para poder agradecer y celebrar todas tus relaciones a tu manera. En vez de adoptar lo que está establecido y más típicamente asociado con relaciones de pareja (flores, bombones, cartas de amor…), utiliza los recursos que mejor se adapten a ti para hacerles saber a dichas personas el bienestar que te generan. Para mantener relaciones de calidad, es igual de importante disfrutarlas en el momento como hacerles saber a dichas personas lo bien que te sientes cuando actúan contigo de la manera en que mejor te hacen sentir.

 

Escrito por Carolina Trujillo


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29 enero, 2019 Tauana MatiasBlog0

Muchas parejas deciden venir a terapia cuando empiezan a ver los primeros problemas en la relación posibilitando así el cambio y la mejoría de esta. Sin embargo, otras parejas vienen después de muchos años de discusiones y conflictos, cuando ya han “quemado todos los cartuchos” de la relación y no les quedan fuerzas ni ganas para cambiar, y lo que queda por hacer muchas veces es aprender a manejar la separación de la forma más sana para ambos.

Como dijo Francis Bacon en su obra “Meditationes Sacrae “: el conocimiento es poder.
Creemos que muchas de estas relaciones se habrían salvado si sus miembros hubiesen sabido cómo cuidar la relación. Por eso, hemos decidido compartir esa información y dar a conocer los problemas más comunes en una relación de pareja y cómo evitarlos o solucionarlos:

 

Poco tiempo de calidad en pareja:

Los problemas suelen venir cuando se pasa juntos demasiado tiempo pero este tiempo no es de calidad o cuando se pasa poco tiempo en pareja. Esto suele ir unido a un problema muy común cuando una pareja tiene hijos, que es que el rol de pareja pasa a un segundo plano, pasando a estar presente únicamente el rol de progenitor.

Cuando nacen los niños es normal que el tiempo de la pareja disminuya pero es importante no olvidarnos que el tiempo de calidad con tu pareja es lo que hizo que “os enamorarais” y es necesario mantenerlo si queremos que el “amor” se mantenga y sigamos sintiendo lo mismo por el otro.
Para mitigar el problema, una de las recomendaciones es pensar juntos y recordar las actividades y conversaciones que teníais en el pasado, cuando estabais bien, y traerlas al presente amoldándolas a vuestra vida actual.

Es fundamental tener al menos un momento a la semana para compartir una actividad con tu pareja (ya sea dentro o fuera de casa), esto ayudará a cuidar y mantener la relación.

Pérdida de la individualidad:

Por otro lado, podemos encontrarnos con el problema contrario: cuando la persona deja de lado su rol de individuo y solo vive por y para la pareja.
Toda persona tiene la necesidad y derecho de usar individualmente el tiempo libre separada de su pareja.  Existen cuatro categorías de interacción en un individuo que tenemos que tener en cuenta cuando elegimos distribuir nuestro tiempo libre:

  1. Como individuos
  2. Como pareja
  3. Como parte de un grupo social (amigos)
  4. Como familia

Dividir nuestro tiempo en estas categorías no solo nos ayudará a proteger y cuidar nuestro espacio personal sino también a mejorar los momentos con la pareja, al mantener un equilibrio sano y no caer en la rutina.

No comunicación y resolución de conflictos:

Otro de los problemas más comunes en una relación de pareja es no dedicar tiempo y espacio para expresar lo que estamos sintiendo, independientemente de que lo que tengamos que comunicar sea bueno o malo.

Una buena comunicación es esencial para la salud de la relación. Comunicar nuestros sentimientos y pensamientos ayuda a que la otra persona pueda ponerse en nuestro lugar y se puedan resolver conflictos, o incluso a que estos conflictos no lleguen a producirse.

Hay dos componentes principales en la comunicación de la pareja: el verbal y el no verbal, qué se dice y cómo se dice. Con los años ambos componentes acaban fallando si no estamos pendientes y no tenemos una comunicación fluida y trabajamos en ello.

Muchas veces, tendemos a decir las cosas a través de críticas, chantajes, regañinas… y esto puede llevarnos a conseguir nuestro objetivo a corto plazo; pero a largo plazo puede estar deteriorando la forma de comunicación entre la pareja. Es preferible dar tiempo a la otra persona, ponernos en su lugar y cuestionarnos por qué lo hizo y cuál sería la mejor forma de comunicar lo que quiero contar.

A esta dificultad de comunicar las emociones negativas se une una carencia de comunicar las emociones positivas, muchas veces por dar por hecho que la otra persona ya lo sabe o que no sirve de nada expresar cuando estamos contentos y a gusto con el otro. Tenemos la tendencia de expresar solamente lo que no nos gusta del otro, lo que queremos que cambie… y al final hace que la comunicación sea algo tedioso, ya que se convierte siempre en algo negativo. También podemos utilizar la comunicación para expresar lo que nos gusta del otro, lo que hace que sigamos estando con esa persona y lo que nos enamoró en un principio.

Una comunicación adecuada ayudará a ajustar y regular las expectativas de cada miembro de la pareja.

 

No cumplir con la ley de la reciprocidad:

Ambos miembros de la pareja tienen que invertir por igual en la relación. Muchos estudios (Wills et al. 1974; Birchlen, 1973; Robinson y Price, 1976) demuestran que existe una relación entre la administración de gratificaciones (o castigos) de un miembro de la pareja y la del otro. Esto significa que los comportamientos son interdependientes: la conducta de uno está en función de la del otro. Ej: habrá mayor probabilidad de ser reforzado si refuerzo y viceversa.

Las parejas que solicitan terapia suelen demostrar una carencia del conocimiento de las cosas agradables/gratificaciones que hace el otro, o suelen darlas por supuestas, no reforzándolas y no dando importancia a lo que el otro hace y a lo que uno mismo tiene que hacer.

Es importante establecer intercambios de reforzamientos/gratificaciones; ejercicios como “pille a su pareja haciendo algo agradable”, donde cada miembro de la pareja tiene que darse cuenta y verbalizar al otro las cosas buenas que hace, puede ayudar a conseguir este objetivo.

 

Esperamos que podáis usar este conocimiento para poder mantener una relación sana y positiva con vuestra pareja. Si algunos de los puntos explicados no sabéis como llevarlo a cabo o vuestro problema de pareja de debe a otros motivos, no dudéis en pedir consejo y ayuda a un profesional.

 

Escrito por Tauana Matías


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