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13 junio, 2018 Aitana SegoviaBlog0

Parte I: Una introducción a la idea de cambio psicológico

“Lo que somos lo sabemos, pero no lo que podríamos llegar a ser”. Desesperada, ya casi en pleno desvarío, Ofelia muestra un instante de lucidez en las palabras que le dirige a Claudio, en el acto IV de Hamlet, que trascienden la reflexión en torno a su propia situación y la de otros personajes, aplicándose a la condición humana. Empujadas por las circunstancias, las personas cambiamos. En el caso de Ofelia, su ingenuidad da paso a un amargo cinismo que, finalmente, precede a la devastación.

Parece más sencillo hallar en el cine y la literatura reflejos del cambio en un sentido destructivo: podemos mencionar la deriva psicológica de Jack Torrance en El Resplandor o de Alekséi Ivánovich, protagonista de la novela dostoievskiana El jugador.

Encontramos, sin embargo, ejemplos opuestos en la fortaleza que una tímida e insegura Andrea va adquiriendo a lo largo de la novela Nada, de Carmen Laforet. En la película La vida secreta de las palabras, los personajes irán poco a poco reconstruyéndose unos a otros hasta concluir, en el caso de los protagonistas, en un horizonte psicológico diferente del que mostraban al comenzar el filme.

No obstante, todos estos ejemplos poseen algo en común: los individuos experimentan un proceso mediado por la exposición a diferentes situaciones que, en muchas ocasiones, no son más extraordinarias que los eventos vitales propios de cualquier existencia. Dicho de otra forma: en la vida ocurren cosas y nosotros vamos cambiando para hacerles frente. A pesar de ello existe la creencia firmemente arraigada en nuestra cultura de que la personalidad es algo muy estable, en esencia, que las personas no cambian.

¿Es esto cierto? ¿No se puede cambiar?

Refiriéndonos exclusivamente a Occidente, ya en la Grecia Clásica aparece la idea del carácter asociado a conducta o hábito en la noción de ethos. En relación al cambio, en El Banquete, Platón habla, a propósito de la inmortalidad, de las variaciones que tienen lugar en el ser humano: “(…) los hábitos, los caracteres, opiniones, deseos, placeres, penas, temores, cada una de estas cosas jamás existen idénticas en cada individuo, sino que unas nacen y otras se destruyen.”; “(…) nunca somos los mismos ni siquiera en lo que respecta a los conocimientos (…)”. El existencialismo, ya en el siglo XIX, comenzó a poner de relieve la importancia de la experiencia en el desarrollo del ser, de los actos y la libertad para llevarlos a cabo, evidenciando una variación dependiente de las diferentes circunstancias.

Sin embargo, la hegemonía del yo como esencia ha sido amplia y aún pervive en nuestra cultura la resistencia a la idea del cambio. Existen, además, mecanismos coherentes con ello de naturaleza puramente conductual, como el coste de respuesta asociado a la ejecución de conductas que no están en nuestro repertorio habitual, si bien el análisis de las mismas no es el propósito de este primer texto.

Lo que también la ciencia sabe, ya desde hace algún tiempo, es que lo que se ha conocido tradicionalmente como personalidad no es en realidad un molde innato, sino un conjunto más o menos heterogéneo de rasgos que vamos adquiriendo gracias, en su mayor parte, a la experiencia. Esto, si profundizamos un poco más, quiere decir que somos la totalidad de nuestras competencias, habilidades: nuestros actos. Comportamientos que siguen un patrón cuya estabilidad, como ahora veremos, muchas veces varía.

Si, por ejemplo, decimos de una persona que es tímida, nos estaremos refiriendo a que, de manera habitual, en la mayoría de situaciones esa persona se comporta de forma tímida: probablemente evita entablar conversaciones con desconocidos, no mantiene el contacto visual o se mantiene callada incluso con personas de su entorno. Imaginemos ahora que, por sus circunstancias vitales, se ve obligada a romper ese patrón: tal vez un cambio en el trabajo le obliga a comenzar a relacionarse con muchas personas; quizá se empareje con alguien a quien le encantan las reuniones sociales. Supongamos que esa persona, a medida que pasa el tiempo, va experimentando cada vez menor dificultad para hacer eso que antes tanto le costaba: se aproxima a la gente con naturalidad, inicia conversaciones, se muestra segura y relajada. Alguien que conozca a la persona de nuestro ejemplo en ese momento, ¿diría que es tímida?

¿Qué ha ocurrido? ¡Hace sólo cinco años no era capaz de pedir algo en una cafetería!

Una adaptación. Un aprendizaje. Un cambio.  

Los seres humanos poseemos un increíble potencial de aprendizaje a lo largo de toda nuestra vida que a menudo pasamos por alto. Esta capacidad nos permite adaptarnos a las situaciones que plantean una novedad, produciéndose en ese proceso cambios más o menos generales en nuestras habilidades, en nuestra forma de estar en el mundo. El yo es un conjunto dinámico de comportamientos -sí, pensar también es un acto, aunque únicamente nosotros lo percibamos-. Y entre esos comportamientos, naturalmente, se encuentran aquellos que son fuente de sufrimiento.

Por ello, ante el escenario de un problema psicológico, una terapia constituye el entorno de aprendizaje óptimo para que se produzca el cambio, ese cambio que sabemos posible y que mediamos y dirigimos de forma minuciosa.

Publicado por Aitana Segovia


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