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15 mayo, 2019 Concha SerradorBlog0

Todo el mundo miente. Esto es algo que hemos oído innumerables veces decir al famoso Dr. House en la serie de televisión. Veíamos cómo capítulo tras capítulo, los pacientes le ocultaban una u otra información y esto, en ocasiones, era la causa de que no se aplicase el tratamiento adecuado y el propio paciente empeorase. También hay estudios como el de Serota y Levine (2015) que afirman que todos mentimos al menos una vez al día, ¿es esto verdad? ¿A quién y cómo mentimos? ¿Sobre qué mentimos?

Algunos trabajos (Ahern, Lyon, & Quas, 2011; Evans & Lee, 2013) mantienen que la investigación ha mostrado que los niños empiezan a entender y a contar mentiras en la edad de prescolar. Algunas mentiras acerca de su comportamiento empiezan a la temprana edad de tres años, y a partir de los 5-7 años empiezan a realizar mentiras blancas o mentiras piadosas, estas son las que se realizan para no hacer sentir mal a los demás.

Sin embargo, aunque las mentiras sean algo considerado negativo para los adultos porque viola la máxima de calidad en la comunicación, la cual requiere que el mensaje que está siendo comunicado sea cierto (Grice, 1989), aún en la adultez, seguimos mintiendo.

Pero, aunque todos mintamos, ¿todos mentimos acerca de lo mismo?

Ford (1996) explica que las mentiras más usadas por los adultos suelen ser las siguientes:

  • Relacionadas con la finalidad de proteger los sentimientos de otros. Estas serían las mentiras sociales, educadas o mentiras blancas (p.ej., alguien me pregunta que qué me parece su camisa nueva, y aunque a mí me resulte horrenda, le respondo que es bonita).
  • Para hacernos parecer mejores ante los demás, escondemos lo que sabemos que socialmente no está aceptado y puede afectar a la idea que tienen los demás acerca de nosotros (p.ej., he copiado en el examen de la carrera y he obtenido buena nota. Mis amigos me preguntan que cómo he conseguido llegar a tener esa nota y si digo que copié en el examen, la imagen que tienen mis amigos de mí cambiará, por lo que opto por mentir y decir que estuve estudiando toda la noche).
  • Para evitar algún castigo o recriminación. El aprendizaje que realizo, es que si voy a contar algo que va a conllevar un regaño o pérdida de alguno de los privilegios de los que gozo actualmente, mejor digo algo alternativo que no conlleve la pérdida de estos beneficios (p.ej., si digo a mis padres que suspendí una asignatura me dejarán sin salir el fin de semana, por lo que les digo que saqué un 5).

Estas son algunas de las mentiras más frecuentes que realizamos. Decimos una mentira porque queremos evitar alguna de las consecuencias de decir la verdad mencionadas anteriormente (p.ej., hacer sentir mal a la otra persona, recriminación social, discusión o castigo…)

Sin embargo, contar mentiras no siempre produce buenas consecuencias, como por ejemplo, el sentimiento de malestar tras haber mentido a mis amigos, a mis padres… o  los problemas derivados de una primera mentira que me hacen entrar en un bucle de mentiras del que será más difícil salir. P.ej., como dije que había aprobado la asignatura, ahora también tengo que ocultar mis notas, tengo que falsificar una firma, tengo que convencer a mis amigas de que también mientan a mis padres, tengo que estudiar a escondidas esa asignatura… un cúmulo de comportamientos que finalmente acabarán haciendo que una pequeña mentirijilla, se convierta en algo que me produce angustia y malestar durante días.

Referencias:

Ahern, E. C., Lyon, T. D., & Quas, J. A. (2011). Young children’s emerging ability to make false
statement. Developmental Psychology, 47(1), 61–66. doi:10.1037/a0021272

Evans, A. D., & Lee, K. (2013). Emergence of lying in very young children. Developmental
Psychology, 49, 1958–1963. doi:10.1037/a0031409

Ford, C. V. (1996). Lies! Lies!! Lies!!!: The psychology of deceit. Arlington, VA, US: American Psychiatric Association.

Grice, H. P. (1989). Studies in the way of words. Cambridge, UK: Harvard University Press.

Serota, K. B., & Levine, T. R. (2015). A few prolific liars: Variation in the prevalence of lying. Journal of Language and Social Psychology, 34(2), 138–157. https://doi.org/10.1177/0261927X14528804

Polage, D. C. (2017). The effect of telling lies on belief in the truth. Europe’s Journal of Psychology, 13, 633–644. https://doi.org/10.5964/ejop.v13i4.1422

Polage DC. Liar, liar: Consistent lying decreases belief in the truth. Appl Cognit Psychol. 2018;1–10.https://doi.org/10.1002/acp.3489

Xu, F., Luo, Y. C., Fu, G., & Lee, K. (2009). Children’s and adults’ conceptualization and evaluation of lying and truth-telling. Infant and Child Development, 18, 307–322. doi:10.1002/icd.631

Escrito por Concha Serrador


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25 abril, 2019 Isabel ÁvilaBlog1

A:

Trabaja desde hace 20 años en la misma empresa. Empezó con 16 mientras estaba aún en el instituto y durante años estuvo compatibilizando ambas dedicaciones. Fue ascendiendo en la empresa y hoy es una de las personas con mayor antigüedad y más conocimientos de la misma.

Se casó y tiene dos hijos y una hija.

Pasa gran parte de su tiempo libre con familia y amigos. Se reúnen en su casa habitualmente donde prepara comidas, cenas y ¡a veces hasta desayunos! A todo el mundo le encanta ir a su casa por lo acogidos que se sienten.  

Tiene un perro al que suele sacar a pasear por un parque cercano, este suele ser su momento de desconexión, en contacto con la naturaleza medita sobre su vida, el pasado, sus propósitos de futuro…

Además de esto le gusta leer, el cine, sigue alguna serie y le encantaría pasarse un año dando la vuelta al mundo sin más preocupación que saber cuál sería el próximo destino.

B:

También empezó a trabajar a los 16, repartiendo pizzas los fines de semana para sacarse un dinerillo. Los estudios se le dieron bastante mal y después de repetir varios cursos decidió dejarlos y trabajar en la pizzería a tiempo completo. Con 18 se quedó embarazada de su primer hijo y se vio casi obligada a casarse ya que sus padres la echaron de casa. Su marido pasó de ser un chaval gracioso a un vago impenitente que trabaja cuatro horas al día y en casa por no hacer no hace ni acto de presencia. Una noche y un descuido trajeron de regalo a los gemelos.

Actualmente continua en la pizzería aunque ahora es encargada trabaja casi cincuenta horas semanales.

Su hermano y su madre viven a dos calles y pasan mucho tiempo en casa para cuidar a los niños y ella tiene que encargarse de las comidas de todo el mundo aumentando así su horario laboral en horas y horas.

También tiene un perro que su marido trajo a casa porque era un cachorro adorable y lo iban a sacrificar. Los niños se volvieron locos con él, y ¿Qué iba a hacer ella? Pues lo que hace: encargarse de que salga, de que tenga comida, del veterinario…

Y pasa los días soñando con que le toque la lotería y salir huyendo, a cualquier lugar donde le hagan la comida a ella y, a poder ser, soleado.

Supongo que alguien ya lo habrá supuesto, pero, por si acaso: A y B son la misma persona.

Las palabras que usamos para contarnos nuestra historia promueven emociones muy distintas. De hecho pueden hacer que la misma historia parezca tan diferente que esté hablando de personas diferentes. Y de alguna manera así es. Ya que la persona que se cuenta la historia como A tendrá una autoestima, un grado de bienestar y una motivación para alcanzar sus objetivos tan diferente a la persona que se cuenta esa misma historia como B que les llevaría a tener comportamientos tan dispares que, efectivamente, casi podríamos hablar de dos personas.

Podemos trasladar el mismo ejemplo a algo que nos habrá pasado frecuentemente: a mi amiga C le encantó “La La Land”. A mí no. Sí un amigo común nos pregunta por la última película que hemos visto y sin decir el título ella habla de su reacción hacia la película y yo de la mía, es muy probable que nuestro amigo común piense que estamos hablando de películas distintas (de hecho cuando C me habla de La La Land estoy convencida de que vimos películas diferentes…)

Esto no supone que es mejor pintar de rosa cada esquina de mi existencia para sentirme mejor. Es más: rara vez funciona. Lo que implica es que los mismo hechos objetivos pueden tratarse con distintas subjetividades, y relacionarse así con sensaciones, emociones y comportamientos diferentes que nos llevarían a entender nuestra situación como algo aceptable, algo susceptible de modificación o simplemente, una pesadilla.Si no estoy conforme con mi vida es interesante tratar de cambiarla, pero ¿Qué hago con aquello que no puedo cambiar? ¿Puedo interpretarlo de otra manera? ¿Puedo contarme los hechos objetivos de manera que su significado me ayude a alcanzar mis objetivos y me aleje de lamentaciones que no conducen más que a aumentar mi grado de malestar?

Nuestra vida en definitiva es aquello que nos contamos que es.

Elijamos nuestras palabras. Y actuemos en consecuencia.

 

 

Escrito por Isabel Ávila

 

Para leer más sobre el lenguaje:

El poder del lenguaje en nuestro estado de ánimo


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9 enero, 2019 Isabel ÁvilaBlog1

Se trata de una fábula de autor desconocido que Jorge Bucay versionó y publicó. Es un cuento maravilloso que habla de cómo aprendemos en ocasiones a tener miedos y de cómo superarlos puede estar mucho más al alcance de nuestras posibilidades de lo que nos parece.

LA FÁBULA

La fábula y el cuento pueden consultarse en internet. Aquí dejo un resumen adaptado para esta entrada:

Una niña va con su padre al circo y allí se queda fascinada por el tamaño y la fuerza descomunales de un elefante. Al salir de la carpa la niña ve al elefante que está atado por una de sus patas con una cadena amarrada a una pequeña estaca de madera. Después de ver la actuación, la pequeña no entiende por qué el elefante no se escapa, ya que la demostración de fuerza que había visto del animal dejaba claro que aquella estaca no podía ser un obstáculo para él, así es que le pregunta al padre. Y el padre le contesta que, efectivamente, el elefante podría escapar con un mínimo esfuerzo, pero no lo hace. No lo hace porque esa cadena y esa estaca se las ataron a la pata desde que era muy pequeño, tanto que no tenía fuerza para escapar. Cada vez que lo intentaba, la cadena le hacía daño y cuanto más tiraba y cuanto más insistía más dolorosa era la herida. El elefante aprendió que en esta situación hacer uso de su fuerza sólo sería para producir dolor. Y dejó de intentarlo. Ahora el elefante es muchísimo más grande y muchísimo más fuerte, pero no lo ha vuelto a intentar.

 

POR QUÉ APRENDEMOS COSAS QUE NOS IMPIDEN ALCANZAR NUESTROS OBJETIVOS

Es un relato estupendo que muestra con sencillez cómo aquello que aprendemos puede sernos enormemente útil en una situación determinada y convertirse en un obstáculo infranqueable cuando cambiamos de situación.

Aprendemos a comportarnos de una determinada manera porque nos es útil. Al elefante bebé le es muy útil aprender que es mejor no tirar, porque tira para escapar, pero no lo consigue. No tiene sentido ninguno seguir tirando. Es como entrar en una habitación a oscuras y dar a un interruptor que no hace que se encienda la luz, ¿cuántas veces le daríamos?, ¿para qué? Dejaríamos de dar a ese interruptor. Aprenderíamos a dejar de hacerlo porque no sirve para nada.

Aprendemos a mantenernos a salvo. Cada vez que el elefante intenta escapar se lastima. Este es un tipo de aprendizaje que, afortunadamente, se da con mucha rapidez. Si hago algo que me produce dolor, lo aprendo rápido para asegurar mi supervivencia. Si no fuera así, ¿cuántas veces habría que meter los dedos en el enchufe para aprender a no hacerlo? Todo aquello que nos ha dañado en algún momento lo vamos a tratar de evitar a toda costa.

De manera que en realidad lo que aprendemos no es algo que nos impide alcanzar nuestras metas, muy al contrario, siempre aprendemos aquello que o bien nos acerca a nuestros objetivos o bien nos aleja del dolor, sea este físico o psicológico.

Así que cuando hacemos algo que aparentemente nos está impidiendo alcanzar nuestros objetivos sería interesante empezar por preguntarnos cuáles sí estamos logrando con nuestro comportamiento.

POR QUÉ UN COMPORTAMIENTO PUEDE DEJAR DE SER ÚTIL

La clave de esta fábula está en el cambio de situación; el elefante ahora es mucho más grande y fuerte de lo que era cuando aprendió a no tirar, la situación ha cambiado pero mantiene la misma estrategia porque es la que mejor le resultó en su momento.

Sin embargo a veces nos cuesta ver ese cambio de situación, sobre todo cuando es la situación interna lo que cambia. Si el cambio se da en el exterior es más probable que lo percibamos y que cambiemos nuestra forma de actuar. Por ejemplo, si al elefante en lugar de con una cadena le agarrasen ahora con una soga, o en lugar de por la pata, lo atasen por el lomo, sería más probable que intentase escapar de nuevo. Más probable pero no seguro al cien por cien, porque puede haber aprendido “cuando estoy atado por una pata a una estaca es mejor no tirar” pero también puede haber sido “tratar de escapar es doloroso” lo que hará menos probable que lo vuelta a intentar.

Como decíamos lo cambios en la situación interior pueden ser aun más difíciles de percibir sobre todo si no son intencionales. El elefante ha mejorado sus condiciones como para poder hacer frente a su situación de manera satisfactoria pero no lo ha hecho “a propósito”. Esto nos pasa también a las personas, a veces no nos damos cuenta de que los propios procesos de crecimiento y maduración nos ofrecen herramientas que antes no teníamos y que puede que no estemos poniendo en práctica. Otras veces esos cambios requieren de un esfuerzo intencional como por ejemplo si no hacemos habitualmente ejercicio y nos apuntamos a una maratón no vamos a acabarla y probablemente acabemos con unas agujetas terribles, lo que hará menos probable que nos apuntemos a otra. Pero podemos entrenarnos a conciencia para ello, cambiar nuestra situación interna de forma intencional para volver a intentarlo en otra ocasión.

Por tanto cuando tenemos metas que no logramos alcanzar y tras habernos preguntado a qué objetivos está respondiendo nuestro comportamiento podríamos seguir reflexionando y descubrir que cambios sería conveniente realizar, qué herramientas necesitamos aprender y entrenar para avanzar hacia los fines que nos propongamos y si ello es posible. Porque hay situaciones en las que es mejor aprender a dejar de tirar (elefante bebé) y otras en las que es mejor intentarlo (elefante adulto) y para ser capaces de encontrar la diferencia necesitamos conocer todas las variables de la situación externa (tamaño de la cadena y la estaca) y de la interna (objetivos principales y herramientas necesarias para alcanzarlos).

Nuestra historia de aprendizaje nos muestra el camino que en otras ocasiones nos ha llevado a alcanzar nuestros propósitos, pero no olvidemos que es una historia que seguimos escribiendo cada día y que podemos cambiar.

 

Escrito por Isabel Ávila.


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