Indetectable = Intransmisible

por Ene 12, 2023Blog0 Comentarios

Luces blancas. Cartulinas con información de prevención y cuidados. Uno que otro dibujo de una familia realizado por una niña de cinco años y sillas metálicas que retienen el frío del invierno de Madrid. Los pies de Gonzalo no dejan de saltar y su mirada está perdida. Cualquier persona que pasase en ese momento pensaría que con esos movimientos el chico estaría calentando su cuerpo, haciendo algo para combatir el aburrimiento de una larga espera o pasando la resaca luego de una noche de fiesta. Gonzalo tiene un anillo en uno de sus dedos al cual no deja de darle vueltas. Gotas de sudor caen por sus sienes y la señora que está a su lado le mira y se pregunta cómo alguien puede sudar de esa manera con las temperaturas que hacen. Saca el móvil de su bolso de tela, con un estampado del museo Reina Sofía, y le escribe a su hermana que más nunca le vuelva a sacar una cita a horas tan extrañas donde solo van drogadictos y pordioseros.

La estación de las enfermeras está vacía. Gonzalo se levanta de golpe y suelta un murmullo casi inaudible. La señora grita internamente y se cambia de silla, asustada. Sin embargo, esta nueva perspectiva, él de pie y ella en otro lugar, le permite ver que los ojos del chico están inyectados de un rojo vivo y sus manos no paran de temblar. El impacto de ver a un chico joven llorar despierta en la señora una mezcla de sentimientos. Arrepentimiento por haberle prejuzgado de esa manera y pena por verle tan solo en un momento que pareciera ser muy duro para él. Se debate si ofrecerle o no su bufanda porque la ropa que tiene no es la más adecuada para la temporada: una chaqueta ligera, una camiseta, unos vaqueros y unas deportivas de segunda mano.

 

– “Perdona joven, ¿quieres mi bufanda? Se te ve con frío y estas no son horas” se atreve finalmente a decir la señora con una voz dulce y cálida. Una manera de borrar de su memoria lo que había pensado de aquel chico antes.

Gonzalo, desconcertado ante el sonido de la nueva voz, señala con su cabeza que no es necesario y que está bien. La señora no insiste, pero no se resiste a preguntarle si está bien. Cree que es necesario saber esto. ¿La razón? No la sabe, solo necesita preguntarle:

– “¿Estas bien?”.

La pregunta es como polvo en dinamita y hace explotar un volcán de emociones en Gonzalo. Sus ojos se llenan de lágrimas, su cara se enrojece y se lleva las manos temblorosas a la cara. No sabe qué responder. ¿Debe responder? ¿qué tiene que responder? ¿puede responder?

– “No lo sé”, dice con una voz temblorosa en el momento en el que una enfermera entra en la sala de espera y dice su nombre. Solo oye la instrucción: ‘ya puedes pasar, la doctora te está esperando’. Y, en modo automático, se dirige adónde se le indica y le retira la mirada a la señora. Ella, preocupada por quien pudiera ser uno de sus nietos, vuelve a coger el móvil y borra el mensaje sin leer que le había enviado a su hermana minutos antes. Su nieto le enseñó cómo hacer eso.

 

Indetectable = intransmisible

Gonzalo entra en un consultorio médico. Delante de él hay una mujer vestida con una bata blanca y, debajo de ella, una casaca y pantalones azul marino. Tiene una voz pausada, sosegada y suave, y una mirada que le da la bienvenida. Ella le dice que se siente y que si quiere un vaso con agua. Gonzalo siente cuán secos están su garganta y sus labios. Accede a la ofrenda de la doctora con un asentir de su cabeza.

– “Mi nombre es Amelia, ¿cómo estás?” pregunta la doctora mirándole a los ojos.

– “N-n-no l-lo sé… m-mal…”. Las piernas de Gonzalo no dejan de moverse para arriba y para abajo. “N-no s-sé qué s-siento”.

– “Es normal que te sientas así, Gonzalo. No hay emociones correctas ahora. Siente lo que tengas que sentir”. La doctora esboza una pequeña sonrisa y Gonzalo sintió como si lo hubiesen arropado en ese momento. Sintió un poco más de calor y tomó un trago de agua. Las manos de la doctora cogieron una carpeta de un marrón oscuro y sacó un papel. “Gonzalo, en mis manos tengo los resultados de la prueba de VIH, pero antes de comunicártelo, ¿necesitas algo?”.

“¿Me voy a morir?”. Gonzalo niega con su cabeza.

La doctora inhala un poco de aire y dice, con el mismo tono sosegado y calmado de antes: “Gonzalo, la prueba ha salido positiva para el VIH”. La confirmación la sintió como una sentencia. Oír el diagnóstico fue más doloroso de lo que pensaba. Los cimientos de su vida se desvanecieron y comenzó a caer, en ese momento, en una espiral sin fondo; en una espiral impregnada de culpa, de frustración, de arrepentimiento y de ira, hacia sí mismo y hacia el mundo que lo estaba condenando.

La doctora guardó silencio durante unos minutos y escuchó todo lo que verbalizaba Gonzalo sobre sí mismo, su poco futuro y cómo no iba a poder encontrar a alguien que lo amase. Puso una mano sobre la mesa y, mirándole a los ojos, le dice: “Gonzalo, atiéndeme. Entiendo por lo que estás pasando y lo que estás sintiendo. Te voy a contar algunas cosas para ayudarte en este momento, tienes mi apoyo, ¿vale?”. Con la otra mano le ofrece un pañuelo para que se seque las lágrimas que caen por sus mejillas y llena su vaso de agua.

La doctora comenzó a explicarle que el VIH es un virus que invade las células de defensa de su organismo y que la forma de transmisión puede ser mediante las relaciones sexuales al entrar en contacto directo con fluidos sexuales; a través de un contacto sanguíneo y en mujeres embarazadas el virus puede pasar al bebé. Le explica que no tiene sida porque esa es la etapa más avanzada de la infección y que con el tratamiento antirretroviral se puede frenar o inhibir al máximo su reproducción trayendo como consecuencia que las defensas inmunológicas no se destruyan y no se desarrollen enfermedades oportunistas. La doctora le dice que puede llegar a un estado de ‘indetectable e intransmisible’, en donde con una carga viral muy baja en los fluidos (sangre, semen, fluido vaginal) no puede transmitir el VIH.

Gonzalo la para. Le duelen las manos de apretarlas, sigue sintiendo un hueco en el estómago y su corazón late descontroladamente.

– “¿Cómo llego a ese estado?”.

La doctora le explica que debe estar indetectable durante 6 meses, o más, y seguir con su tratamiento y que será ella, como su doctora, quien le indicará cuando llegue a ese estado, no él mismo ni nadie más.

– “¿Y-yo soy m-muy olvidadizo doctora, y si me olvido de tomar la medicación un día?”.

– “Es una pregunta muy común Gonzalo. Si te olvidas una vez no afectará ese estado de indetectable e intransmisible, pero, en algunos casos, si la dejas de tomar durante 2 o 3 días si hay posibilidad de que la carga viral vuelva a aumentar y pueda recuperar su capacidad para ser transmitida”. Le comunicó la doctora anotando, en lo que pareciera ser una receta médica, lo que sería el nuevo tratamiento de Gonzalo.

– “Soy un enfermo” sentenció Gonzalo, sintiéndose derrotado y sin energías. Agradecía la explicación de la doctora, pero solo quería salir corriendo de allí y expulsar al viento todo lo que estaba reteniendo desde que puso un pie en el centro de salud.

– “No”. La doctora dejó de escribir. Su mirada cambió. Ya no era tan amable. Se había vuelto seria y su mirada reprobaba lo que acababa de salir de la boca del chico. “No, no eres un enfermo. No vas a morir de sida. Eres una persona con VIH y puedes tener una vida ‘normal’ y plena si sigues el tratamiento”.

Gonzalo se calló. Tragó la saliva que tenía acumulada en el fondo de su boca e hizo una última pregunta:

– “¿Podré ser feliz?”

La doctora relajó la expresión de su cara y, por un breve momento, sus ojos se llenaron un poco de lágrimas. Dar un diagnóstico positivo en VIH no es fácil para nadie y, a pesar de que tiene muchos años haciéndolo, la pregunta que le acababa de hacer Gonzalo siempre la emocionaba. La doctora cerró sus ojos, esbozó una pequeña sonrisa, y asintió con su cabeza. Luego, le entregó la receta médica con las instrucciones y el nombre de los antirretrovirales que comenzaría a tomar ese mismo día. También tenía escrito el nombre de otros recursos a los cuáles podía acceder para una intervención de mayor calidad: psicólogas y asociaciones. También le dio varias infografías.

– “¿Puedo hacer algo más por ti?” le preguntó la doctora antes de levantarse y abrirle la puerta del consultorio.

– “No… no, bueno creo que ahora no. Gracias por escucharme”. Gonzalo no sabía si podía darle un abrazo. Cogió la receta médica y salió del consultorio sin mirar atrás. No vio a la señora de antes. Una parte de él le hubiese gustado contarle que todo iba a estar bien y sentir como ella le decía que claro que lo iba a estar.   

La doctora miraba cómo caminaba por el pasillo mientras las primeras luces del amanecer comenzaban a entrar por las ventanas. Le esperaba un largo día de trabajo.

 

Fuentes:

 

 

 

Escrito por Juan Pablo Perera