¿Cómo trabajamos los/las psicólogos/as la pérdida de confianza en uno/a mismo/a?

por Ene 17, 2019Blog0 Comentarios

Todas las personas en algún momento de su vida dudan de su valía. Dudamos si somos buenos en nuestro trabajo, si somos buenos padres, si somos buenos relacionándonos con los demás, si somos atractivos… En definitiva, podemos llegar a sentirnos muy pequeños e inferiores y nuestro bienestar puede verse gravemente afectado. Pero la “confianza en uno mismo” es una expresión coloquial, aclarar cuál es la concepción científica de este término permitirá que se entiendan mucho mejor algunos de los ejercicios que pedimos a nuestros/as clientes para que vuelvan a recuperar o desarrollen la “seguridad en sí mismos/as”.

Cuando hablamos de “inseguridad” en realidad estamos haciendo referencia a una emoción muy conocida y experimentada por todos casi a diario: el miedo. Sin embargo, podemos tener miedo a muchas cosas, como por ejemplo a ciertos animales, a montar en avión, a las enfermedades… hablamos de inseguridad cuando el miedo versa sobre la posibilidad de no obtener un buen resultado de algo que hacemos. Definir la inseguridad como un miedo nos permite entender de forma más sencilla algo muy importante: el miedo se aprende. No nacemos con miedo a ir al dentista o a ir solos por la calle, sino que son nuestras (malas) experiencias las que explican que acabemos desarrollando miedo ante algo (de tal manera que si una persona tiene un accidente de coche, es muy probable que sienta miedo si vuelve a conducir). Son, por tanto, las experiencias que hemos tenido las que explican por qué podemos perder la confianza en nosotros/as mismos/as.

Imaginaos por un momento que a Pilar le han llamado la atención un par de veces en su empresa por considerar que no ha hecho bien su trabajo o que a Antonio no le han vuelto a llamar para una segunda cita y, ¡ya van tres veces seguidas! o que el hijo de Manuel está a punto de suspender matemáticas a pesar de haber intentado ayudarle por todos los medios. Con toda probabilidad, Pilar se activará enormemente la próxima vez que entregue un informe, Antonio se pondrá mucho más nervioso de lo habitual la siguiente vez que quede con un chico y Manuel estará muy preocupado por el examen de recuperación de matemáticas. E imaginaos por un momento que Pilar, Antonio y Manuel son la misma persona, ¡qué panorama!

Estos tres ejemplos muestran cómo desarrollamos ciertas expectativas, es decir, ideas sobre lo que puede que ocurra ante ciertas situaciones. Esta forma de pensar basada en nuestras experiencias es lo que nos hace sentir tan pequeños y, como suele ocurrir, la forma que tenemos de hacer frente a al malestar generado al final acaba manteniendo el problema. Por ejemplo, si Pilar piensa que sus informes son pésimos podría pasar el doble de tiempo redactándolos y podría revisar muchas veces ese informe antes de enviárselo a su jefe; Antonio, por su parte, podría dejar de hablar con chicos en la discoteca para evitar que le dejen en “leído” a la semana siguiente o podría pasarse horas arreglándose en su casa y pensando que ponerse antes de salir; finalmente, Manuel podría contratar a una persona para que ayudase a su hijo en vez de él o podría dejar de ir a las reuniones escolares para no pasar un mal trago hablando con el profesor.

Por tanto, como podemos ver, ante nuestra inseguridad llevamos a cabo conductas que llamamos de evitación y que, a pesar de que en el momento nos alivian, mantienen el problema, llegando incluso a generar otros. Esto es así porque evitando, no podemos comprobar cómo saldrían las cosas si no lo hiciéramos, es decir, si las cosas acabarían saliéndonos bien aún si seguimos haciendo lo mismo que antes. Por otro lado, tener una expectativa negativa sobre algo lo acaba haciendo más probable, es lo que se conoce como la “profecía autocumplida”. Si uno piensa que las cosas no van a salir, no se va a esforzar para conseguirlo y, entonces, así será. Confirmaremos lo que ya pensábamos, entrando en un círculo vicioso como el de la figura.

pérdida de confianza en uno mismo

¿Qué pasaría si Pilar revisase sólo una vez los informes?, ¿qué pasaría si Antonio volviese a pedir el número de teléfono a los chicos que le gustasen? O ¿qué ocurriría si Manuel fuese a hablar con el tutor de su hijo? Quizás Pilar acabaría descubriendo que aquello fue algo anecdótico porque los temas que le habían tocado últimamente no eran de su especialidad. Antonio, podría conocer a alguien con quien realmente congeniase y que quiera seguir quedando con él a pesar de haberle visto en su casa con su peor pijama puesto. Por último, Manuel podría ir a hablar con el tutor y comprobar que este al final acaba agradeciéndole su implicación a pesar de que la adolescencia es una etapa complicada, proponiéndole participar en el AMPA.

Los/las psicólogos/as trabajamos este tipo de miedos a través del cambio de las atribuciones que hacen nuestros clientes sobre los resultados que obtienen, además de la experiencia directa con este. Debemos tener en cuenta que, para bien o para mal, no podemos controlar todo y que los resultados que obtenemos, sean deseables o no, no dependen cien por cien de lo que nosotros hagamos. Podemos ser críticos con nosotros/as mismos/as, aprender a hacerlo mejor, pero también debemos tener cuidado de exigirnos metas poco realistas y tener en cuenta otras áreas donde sí estamos obteniendo buenos resultados. Junto a esto, exponernos a nuestros miedos para comprobar que lo que pensábamos que iba a ocurrir no sucede (¡o no es tan grave como creíamos!) también va a hacer, sin duda, que poco a poco vayamos ganando confianza.

Si tienes cualquier duda sobre cómo los/las psicólogos/as  trabajamos este tipo de problemas, estaremos encantados/as de atenderte. 

Para leer más sobre el miedo: ¿Por qué tenemos miedo?

Escrito por Víctor Estal

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