Cómo cambia el cerebro cuando aprendemos

Cómo cambia el cerebro cuando aprendemos

17 julio, 2018 by Aitana Segovia0
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En un artículo previo nos aproximamos a la idea de cambio psicológico desde una perspectiva cultural. En este texto exploraremos los procesos de cambio desde un enfoque de comportamiento y su relación con la arquitectura neural. 

El cambio en las personas adultas

Existe un proceso de cambio que es indiscutible en los seres humanos: la maduración. Desde el estado vulnerable e incompleto en el que venimos al mundo hasta alcanzar nuestra adultez se suceden una serie de transformaciones obvias. Sin embargo, cruzado este umbral, los cambios continúan teniendo lugar, aunque no los percibamos de forma tan acusada.

El cerebro humano posee una poderosa capacidad que le permite adaptarse estructural y funcionalmente a las diferentes condiciones que se van sucediendo a lo largo del ciclo vital: la plasticidad neural. Esta dimensión neuroquímica tiene su correlato experiencial en algo que todas las personas conocemos bien: el aprendizaje. Aprender cambia el cerebro. Y esto ocurre constantemente.

Cuando hablamos de aprender a menudo evocamos la idea de estudio. Las proposiciones o el Teorema de Tales. Sí, adquirir conocimiento es sin duda un aprendizaje. Pero, para la mente, aprender es algo mucho más amplio. Existen un sinfín de cosas que sabemos hacer sin darnos siquiera cuenta de ello: desde montar en bicicleta a ser socialmente hábiles, incluyendo nuestra forma de gestionar una emoción como el miedo.

Cómo aprendemos: cómo cambiamos

A lo largo del siglo XX se sucedieron avances científicos que facilitaron comprender qué procesos de aprendizaje guían el comportamiento humano -cuya exposición detallada será objeto de una entrada posterior. Las personas, como otras criaturas más simples que nosotros, somos altamente sensibles a la captación de invariantes ambientales. Adquirimos complejas asociaciones estimulares que nos permiten reproducir abanicos de comportamientos diversos ajustándonos a cada situación.

Además, gracias a la dimensión pensamiento-lenguaje, ni siquiera es preciso que vivamos en nuestra propia piel esas asociaciones: podemos adquirir reglas de comportamiento culturalmente, observando cómo otras personas actúan, recibiendo instrucciones, imaginándolas. No necesitamos experimentar en primera persona aquellas amenazas de las que, sin embargo, nuestra mente nos dice que debemos huir.

De “fuera” hacia “dentro”

Estos comportamientos, mantenidos en el tiempo, a su vez van modificando nuestro cerebro. Un estudio clásico llevado a cabo por Eleanor Maguire en el año 2000 reflejó el hecho de que taxistas londinenses que llevaban años en la profesión poseían un hipocampo posterior, una zona del cerebro que procesa de forma prioritaria estímulos visoespaciales, funcionalmente mayor. Naturalmente su cerebro no era así al nacer: la experiencia de trabajar con “mapas en su mente” durante años lo había cambiado.

Esto supone que nuestra forma de actuar esculpe el órgano de la mente, pero también tiene una contraparte problemática: los impulsos eléctricos corren por nuestro cerebro como coches por una carretera. Cuanto mejor adquirido está un comportamiento, más arraigado es un hábito, mejor asfaltada está. Cuando tratamos de llevarlo por otro camino, cuando hacemos algo nuevo, estamos obligando a nuestra mente a llevar ese impulso eléctrico, podríamos decir, por un camino de cabras -dependiendo de lo cerca o lejos que esté ese nuevo aprendizaje de lo que ya sabemos hacer.

¿Significa esto que no es posible adquirirlo? Claro que no. Seguramente recuerdes si te costó mucho o poco aprender a conducir, ese idioma distinto del tuyo o cómo funcionar en tu trabajo nuevo. ¿El truco? La práctica. La clave para facilitar nuevos aprendizajes está en mantener la actividad: lo que ahora tan de moda está llamar zona de confort no es más que el conjunto de estímulos a los que ya nos hemos habituado y no suponen ningún reto para nuestra mente.

Arriesgarnos, esforzarnos por adquirir nuevos hábitos, continuar aprendiendo: buscar activamente nuestro propio cambio hará que, cuando nos veamos ante circunstancias que nos exijan otro aprendizaje, realizarlo nos resulte más sencillo.

Publicado por Aitana Segovia


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