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4 diciembre, 2018 Concha SerradorBlog0

La música nos pone tristes, nos alegra, nos hace recordar a una persona querida, nos hace ir a lugares a los que deseamos o, a veces, nos enfrenta a aquello de lo que queremos huir.

La música es algo difícil de definir, según la RAE es “el arte de combinar los sonidos de la voz humana o de los instrumentos, o de unos y otros a la vez, de suerte que produzcan deleite, conmoviendo la sensibilidad, ya sea alegre, ya tristemente”.

Es decir, la música produce sensaciones, emociones, la música nos hace sentir. Pero, ¿Cómo? ¿Por qué una canción nos recuerda a nuestra ex pareja, si hace mucho que ya no pensamos en ella? ¿Por qué una actuación nos hace reír, llorar o no “nos llega”? ¿Por qué hay canciones que no podemos dejar de oír en bucle porque nos remueven por dentro?

Jaime Altozano, músico y youtuber español, explica en su vídeo por qué la música de Rosalía está teniendo tanto éxito. En su video Rosalía: Lo que nadie está diciendo sobre el mal querer, explica la música, los acordes y la producción que hacen que “El mal querer” sea un disco maravilloso.

 

En este blog vamos a explicar brevemente por qué este magnífico disco nos hace sentir tanto y no podemos dejar de escucharlo.

Un tipo de aprendizaje a través del cual aprendemos es el condicionamiento clásico: este se basa en la asociación de estímulos. Es decir, es el proceso mediante el cual un estímulo adquiere la capacidad de provocar una respuesta debido a su emparejamiento repetido con otro estímulo que ya la producía (Pérez, Gutiérrez, García y Gómez, 2005).

En el condicionamiento clásico podemos reconocer diferentes elementos (Zanón, Matías, Moreno, Aranda, Morales, García y Márquez):

  • Estímulo incondicionado (EI): es un estímulo que produce o desencadena una respuesta – incondicionada– en la persona. Este estímulo produce la misma respuesta para todas las personas; se trata de estímulos imprescindibles para la supervivencia del organismo, tales como el sexo, la comida, las drogas…
  • Respuesta incondicionada (RI): es una respuesta innata provocada por el estímulo incondicionado. Por ejemplo: la respuesta de salivación ante el estímulo incondicionado comida.
  • Estímulo condicionado (EC): es un estímulo que inicialmente es neutro, no produce ninguna respuesta en el sujeto, y tras el emparejamiento con un estímulo incondicionado pasa a elicitar o producir una respuesta similar a la respuesta incondicionada. Por ejemplo: si emparejamos la alarma del móvil a las 14h con la comida en muchas ocasiones, se asociarán ambos estímulos, y la alarma será el estímulo condicionado provocando una respuesta similar a la respuesta incondicionada de salivación, como por ejemplo sentir hambre, llamada respuesta condicionada.
  • Respuesta condicionada (RC): es el resultado final de la asociación. Por ejemplo: cuando suene la alarma a las 14h (estímulo condicionado) tendré hambre (respuesta condicionada)

En el vídeo de Jaime Altozano, este va reconociendo cómo diferentes elementos de las canciones de Rosalía producen sensaciones o hacen recordar a otras canciones. Por ejemplo: en una de ellas oyen cristales o un cuchillo cuando habla de estos elementos, siendo estos sonidos y palabras estímulos condicionados que tratan de producir una respuesta condicionada en el oyente. Otro de los efectos en la canción que no salga la luna, es aumentar la voz y disminuir el sonido de los instrumentos produciendo una sensación de intimidad. Esta sensación de intimidad puede explicarse por el condicionamiento clásico, por ejemplo, yo en algún momento he aprendido a relacionar un sonido (EC) con una sensación de estar solo (RC), es por ello que cuando oigo esa forma particular de sonido –es decir, voz por encima de la música–, se elicita en mí una respuesta de intimidad, o una respuesta condicionada.

En la música se utilizan muchos tipos de estímulos condicionados; por ejemplo, los acordes repetidos en bucle “recuerdan” a la marcha fúnebre de Chopin, dice el youtuber. Este recuerdo es una asociación. La repetición de acordes similares que hacen sentir de una forma particular no es algo aleatorio, sino que son configuraciones de estímulos que están previamente condicionados y que al reproducirlos se buscan una respuesta similar, condicionada, de generalización, en el oyente.

Es por ello que decimos que hay canciones tristes, las cuales son estímulos condicionados (ECs) de respuesta condicionada de tristeza para nosotros. Ya sea por el tipo de melodía, acordes, o palabras utilizadas en esa canción son un EC para nosotros, o porque esa canción la escuchamos con nuestra expareja y se produjo una asociación (Canción–Pareja) que ahora nos produce una respuesta de malestar. Hay canciones que utilizan recursos que usualmente están asociados con malestar, haciendo más fácil producir para todo el mundo la misma sensación. Por ejemplo, usar unos acordes similares a la marcha fúnebre, o usar palabras como muerte, desamor…

Hay canciones que consideramos alegres porque emplean recursos como, por ejemplo, las palmadas, palabras como fiesta, alegría… que están asociadas o emparejadas con respuestas de emociones positivas y por ello nos producirán emociones similares

Y hay canciones o actuaciones que nos aburren, de las que decimos que no nos ha llegado, no nos han emocionado. Es decir, no nos ha producido ninguna respuesta condicionada (RC) de malestar o de bienestar, no ha conseguido causar una respuesta emocional positiva o negativa en nosotros, ha producido una respuesta de aburrimiento.

Para saber más:

  • Pérez, V., Gutiérrez, M.T., García, A. y Gómez, J. (2005). Procesos psicológicos 
básicos. Un análisis funcional. Madrid: Pearson-Prentice Hall. 

  • Zanón Orgaz, I., Matías Lago, T., Luque González, A., Moreno-Agostino, D., Aranda Rubio, E., Morales Pillado, C., García Tabuyo, M. y Márquez-González, M. Guía para la elaboración de un Análisis Funcional del Comportamiento Humano. Facultad de Psicología, CPA, UAM.

 

Vídeo de Jaime Altozano hablando sobre Rosalía:

 

 

Escrito por Concha Serrador


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27 noviembre, 2018 Víctor EstalBlog0

Desafortunadamente, todas las personas pasamos por malas épocas. Lo que esto implica es que el malestar que podemos llegar a experimentar es más intenso y  persiste mucho más de lo que nos gustaría. En esos momentos, entendiblemente, uno puede llegar a desesperarse y tener urgencia por dejar de sentirse así, pues hay ciertas emociones que pueden llegar a ser muy desagradables y además podemos llegar a preocuparnos por el impacto que estar mal puede llegar a generar en nuestro entorno (por ejemplo, no rendir adecuadamente en el trabajo o que nuestra pareja se canse de nosotros). Sumado a esto, podemos incluso llegar a sentir que los motivos por los que estamos mal no son lo suficientemente graves o que “son los mismos de siempre” como para justificar por qué seguimos sintiéndonos de tal forma. Todo esto hace que al final pensemos que nos deberíamos sentir de otra manera, que somos infantiles o débiles, y podemos llegar a tener el miedo de que nuestro malestar se cronifique.

Estar mal por estar mal es un sentimiento muy común, pero si ya de por sí estar mal es cansado, estar mal por estar mal es agotador. Sentirse bien tiene indudables beneficios, por eso suele ser nuestro objetivo ulterior en la vida. Y nada más lejos de la realidad, el bienestar no solo es deseable sino que también es alcanzable. Sin embargo, sentirnos bien a veces se hace esperar y perder los nervios y la paciencia no solo no ayuda a este objetivo, sino que lo entorpece. Es por esta razón por la que podríamos empezar por cambiar esta forma de enfocar lo que sentimos antes de poner en marcha cualquier cambio.

Estar mal es muy sencillo, experimentamos emociones desagradables cada día, el no permitirnos ni siquiera experimentarlas aunque sea en un primer momento genera otro problema añadido. Es por esta razón por la que sentirnos mal es un derecho, y como tal es conveniente ejercerlo. Nada ni nadie (incluyéndonos a nosotros mismos) puede juzgar cómo nos sentimos, si es lícito o no, o si está justificado o no, por el simple motivo de que no aporta ningún tipo de solución y porque no podemos cambiar las experiencias que ya hemos tenido y explican nuestra manera de sentir. Sin embargo, esto no implica que nos crucemos de brazos, que miremos impasibles lo que nos sucede aunque hayamos conseguido no juzgarnos por aquello que sentimos. Si queremos sentirnos de otra manera, si queremos sentirnos bien y dejar de sufrir, tenemos que ejercer un cambio, y para eso tenemos que entender de qué dependen las emociones. Lo que sentimos es producto de lo que nos acontece, de cómo nos va en la vida, y también de lo que hacemos, de cómo actuamos y pensamos. En este sentido, si queremos sentirnos de otra forma tenemos que cambiar nuestras condiciones de vida (por ejemplo, de trabajo o de pareja) y nuestra forma de comportarnos (por ejemplo, enfrentar diversas situaciones que tememos o pensar de una manera menos catastrofista). Teniendo esto en cuenta, ejercer cambios en nuestro entorno o en nosotros mismos lleva un tiempo, y esta es la clave que podemos resumir en dos puntos:

  • El malestar no es crónico: podemos llegar a tener control sobre nuestras emociones, por lo que el bienestar es un objetivo deseable y loable. En la medida en que entendamos de qué dependen las emociones y ejerzamos cambios, acabaremos sintiéndonos mejor. Si el malestar perdura, no debemos pensar que va ser así para siempre, sino que no estamos poniendo en marcha una solución eficaz o ninguna solución siquiera. Podemos haber intentado muchas cosas diferentes, pero esto no implica necesariamente que hayamos dado con una que ejerza un cambio real. No nacemos sabiendo y no tenemos que tener solución para todo, buscar ayuda para que nos guíen en estas circunstancias es una opción óptima.
  • El bienestar no es inmediato: a veces el bienestar se hace esperar y esto puede ser desmotivador, es por este motivo por el que el objetivo en un primer momento no es sentirse bien, ya que esta es una meta a largo plazo. Como decíamos, poner en marcha una solución eficaz no implica que se generen grandes cambios en un periodo corto de tiempo, eficaz significa que nos dotará de estrategias para que se solucione realmente y prevenir que vuelva a suceder. Es por esto por lo que debemos ponernos un chip más cortoplacista y establecer como objetivo la práctica del cambio que estamos llevando a cabo y, en todo caso, sentirnos menos mal (que no bien) durante esa puesta en marcha. La paciencia es la madre de la ciencia, y hay una gran diferencia a esperar de manera activa que de manera pasiva.

 

Escrito por Víctor Estal


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22 noviembre, 2018 Aitana SegoviaBlog0

TOC es la sigla compuesta a partir de la expresión Trastorno Obsesivo Compulsivo. Este se refiere a una alteración conductual caracterizada por la presencia de obsesiones y/o compulsiones.

Podemos entender las primeras como pensamientos, ideas, imágenes o impulsos que aparecen de forma intrusiva y frecuente produciendo malestar o ansiedad a la persona que lo experimenta.

El contenido de las obsesiones varía dependiendo de la historia de aprendizaje de la persona y sus preocupaciones más salientes, aunque las más habituales se relacionan con la salud, la higiene o la sexualidad.

Las compulsiones se refieren tanto al comportamiento manifiesto -conductas visibles por otras personas- como a las operaciones mentales que se llevan a cabo con el objeto de aliviar la ansiedad o evitar un posible mal futuro. También en este caso la persona experimenta comúnmente la sensación de no poder evitarlo. De nuevo, estos comportamientos pueden variar en función de la persona, siendo los más habituales lavarse, comprobar y limpiar, repetir acciones y contar.

 

El problema de la etiqueta

En esta reflexión de 2002 en torno a la conducta, Esteve Freixa menciona el problema de la tautología en la definición de un fenómeno, en este caso comportamental, tan pertinente cuando hablamos de etiquetas diagnósticas: “un fenómeno y su explicación son dos cosas distintas”. ¿Por qué me han diagnosticado de este modo? Porque experimento distintas obsesiones y/o compulsiones. ¿Por qué las experimento? Porque sufro un TOC.

 

Busquemos más allá de la etiqueta. David Pulido explica este mismo error conceptual en relación a la depresión en este artículo: “Precisamente para poder entender las causas y establecer un buen tratamiento de los síntomas debemos analizarlos y estudiarlos por separado y en relación a la historia clínica de cada paciente, que es justo lo contrario de poner una etiqueta global”.

Ningún problema psicológico “brota” espontáneamente, de la noche a la mañana, en ausencia de una problemática previa o variables específicas en nuestra historia que nos predispongan a ello. 

 

El origen del TOC

Analizando la sintomatología

La mayoría de las personas podemos experimentar obsesiones en algún momento de nuestra vida. Según la investigación, la variable que diferencia un suceso ocasional de una problemática consolidada es la existencia de ciertas creencias. Por ejemplo, considerar que la ocurrencia de un evento peligroso o catastrófico depende de algo que hayamos pensado, llevándonos a realizar una conducta para neutralizar el efecto del pensamiento. También el perfeccionismo puede jugar un papel aquí, generando el convencimiento de que hay una única forma válida de hacer las cosas, en un orden determinado y con unos pasos concretos, siendo todo ello inalterable. En ocasiones, una magnificación de las implicaciones del pensamiento puede dificultar diferenciar este de la realidad, generando la necesidad de comprobar una y otra vez si ha llegado o no a realizar lo que ha pensado.

Sin embargo, estas creencias por sí mismas no explican necesariamente la consolidación de un problema obsesivo-compulsivo. De nuevo recordamos la importancia de analizar cada conducta de forma independiente y siempre en el marco de la historia de aprendizaje de la persona. Este trabajo se lleva a cabo estudiando la relación que se establece entre las diferentes variables que intervienen en cada conducta: analizamos “dicho comportamiento en términos de sus antecedentes (las cosas que ocurren antes y con las que está relacionado) y sus consecuentes (las cosas que ocurren después)” (Froján Parga, Mas, 1999) o, dicho de otro modo, qué lo inicia y qué lo mantiene.

 

El alivio de la ansiedad como explicación funcional

En la expresión explicación funcional el segundo término hace referencia a cómo se relacionan ciertas variables entre sí en un problema, qué función cumple cada elemento del análisis. Por ejemplo, tener un pensamiento, emitir una conducta ritual y la ansiedad.

Si bien es imprescindible realizar un estudio específico para determinar todas las variables en cada caso, se ha propuesto como modelo explicativo en el mantenimiento de las conductas en un problema obsesivo compulsivo la reducción inmediata y temporal de la activación (Rachman, 1977; Foa y Steketee, 1979). A la ejecución de las compulsiones o, en algunos casos, las obsesiones, le sucede un instantáneo y fugaz alivio de la ansiedad: esto explica la consolidación de esta conducta como estrategia para luchar contra esa emoción tan desagradable -y cara para el organismo- que es la ansiedad.  Una estrategia que, no obstante, no es eficaz a medio plazo.

Veámoslo en el ejemplo: en un contexto dado de creencias como las antes mencionadas, aparece un pensamiento, una anticipación catastrófica. Esta idea va ligada a una emoción muy intensa y angustiosa de activación: ansiedad. En algún momento la persona descubre que ejecutando una conducta particular -contar mentalmente hasta siete- es capaz de sentir alivio -bajo la creencia de que esto evitará la catástrofe. Se trata de un alivio momentáneo, pero poderoso, que explicará que, en sucesivas situaciones, la persona vuelva a realizar este comportamiento, contar mentalmente, cada vez más frenéticamente, pues la ansiedad no llega a desaparecer.

¿Cómo se trata un TOC?

Tal vez una de las creencias más extendidas -y erróneas- al respecto de este problema es que se trata de una condición irreversible o que forma parte de la persona. Como otros problemas psicológicos, las obsesiones y compulsiones son conductas aprendidas que pueden desaparecer con la terapia adecuada.

Aunque el tratamiento específico dependerá de cada caso analizado, los procedimientos más habituales para tratar esta problemática incluyen el trabajo con las creencias antes mencionadas y la progresiva reducción de las conductas compulsivas y obsesivas a través de técnicas como la parada de pensamiento y la exposición.

¿Qué hacer si identifico en mí comportamientos compatibles con un TOC?

Tanto si te encuentras experimentando esta situación como si sospechas que algunas de tus conductas podrían estar relacionadas con ella, la consulta profesional evaluará tu situación y, en caso de existir un problema definido, te permitirá establecer unos objetivos de tratamiento y un mapa de intervención para ayudarte a mejorar lo antes posible.

 

 

Escrito por Aitana Segovia

 

 

 

Para saber más:

¿Qué es un tratamiento psicológico? María Xesús Froján Parga, José Santacreu Mas.1999.  Biblioteca Nueva. ISBN: 9788470306525

Tratando… Trastorno obsesivo – compulsivo. Aurora Gavino Lázaro (2005). Pirámide. ISBN: 9788436819403

¿Qué es conducta? Esteve Freixa i Baqué.

http://extension.uned.es/archivos_publicos/webex_actividades/6092/queesconducta.pdf

Buenas noticias: por qué es imposible caer en depresión. David Pulido para El Confidencial

https://www.elconfidencial.com/alma-corazon-vida/2015-03-18/buenas-noticias-por-que-es-imposible-caer-en-depresion_729958/

Y si quieres saber más sobre la ansiedad:

https://www.itacopsicologos.es/ansiedad-parte-1/

https://www.itacopsicologos.es/ansiedad-parte-2/


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15 noviembre, 2018 Isabel ÁvilaBlog0

La autoestima: ese concepto. Tan popular que está presente en multitud de conversaciones, escritos y consultas de psicología. Tan engañoso que nos lleva a equívocos sobre qué es o para qué sirve y del que hemos asumido algunas de las siguientes características:

  • Es algo que tenemos dentro, como si fuese algo material que pudiésemos observar con una radiografía.
  • Puede variar de cantidad, como si ese algo material fuese un tarro, una caja, un recipiente que pudiera estar más o menos lleno.
  • Dicha cantidad nos es dada de manera que si me ha tocado tener 3 tendré poca autoestima y si lo que me ha tocado es un 7 estaré mejor dotada, como si lo equiparásemos a me han tocado 153 cm de estatura o 177cm.
  • Es bastante estable en el tiempo de manera que si me tocó un 3, poco o nada puedo hacer para tener un 7. Quizá con algo de esfuerzo, terapia y buenos libros alcanzaría un 4, un 4,5 o incluso un 5.
  • Es la respuesta a algunas de estas preguntas: ¿por qué me siento así?, ¿por qué dejo que otras personas me traten como me tratan?, ¿por qué no consigo alcanzar mis objetivos? Y muchas otras que resolvemos con un “es que tengo poca autoestima”. Y pongo poca porque no suele oírse a nadie a quien le vaya bien la vida alegando que la causa es tener mucha, ¿no? Obsérvese la rareza:

Ejemplo 1

A: Me encanta verte con tu pareja, ¡tenéis una relación tan bonita! Se ve que os queréis y que estáis bien, ¿cómo lo hacéis?, ¿cuál es el secreto?

B: Bueno, verás, es que yo tengo la autoestima alta.

Ejemplo 2

A: ¡Qué bien le va a C en su profesión!, ha conseguido llegar adonde quería y es obvio que disfruta con lo que hace. ¡Qué suerte! ¿Qué habrá que hacer para conseguir lo mismo?

B: Bueno, verás, es que C tiene la autoestima alta.

¿Verdad que las intervenciones de B no solemos escucharlas? las respuestas de B sugieren que no se puede hacer nada porque depende de algo que está dentro, tiene una cantidad concreta y no se puede variar.

¡Pero es que A está preguntando qué hay que hacer!

No se trata de negar la existencia de la autoestima sino de reflexionar sobre las características que le suponemos, de asumir una mirada crítica sobre aquello que, a veces, creemos sin más.

Más reflexiones al respecto de la autoestima:

La autoestima literalmente habla de lo que yo me estimo, de manera que ¿cómo es posible que creamos que depende de lo que otras personas nos valoran, quieren o, en fin, estiman?

En la mayor parte de ocasiones tenemos bastante claro qué personas nos quieren y si hacemos un pequeño esfuerzo podremos decir qué es lo que hacen esas personas para que lo sepamos, la pregunta es ¿hago yo algo que me haga entender que yo me aprecio, me valoro, me estimo? Las cosas que me digo, la manera en que me critico, en que me juzgo, las cosas que hago por y para mí, ¿se parecen a lo que hago cuando quiero que otra persona sepa que la valoro y la quiero?

El uso del término autoestima es relativamente moderno si lo comparamos con su antecesor el amor propio. Aunque si nos metemos en definiciones técnicas encontraremos algún matiz diferenciador, lo que más separa a ambos conceptos es qué función les damos. Como hemos visto entendemos que la autoestima es algo que tenemos ya y que de ella depende cómo nos sintamos o comportemos en ocasiones. Es decir, la autoestima tiene la función de ser la causa del comportamiento. El amor propio se entendía a menudo al revés, de manera que podíamos escuchar que alguien nos dijera algo como:

“Ten un poco de amor propio y no vuelvas a llamarle”

Se entendía que el amor propio dependía del comportamiento, es decir, el comportamiento como causa y el amor propio tendría función de consecuencia. De lo que yo haga dependerá la “cantidad” de amor propio que tenga y no lo contrario.

El cambio de terminología ha facilitado que pensemos en estos conceptos de manera diferente y dificultado que nos hagamos responsables de la forma en que nos tratamos, nos valoramos y apreciamos. Aunque sepamos que todo lo que comienza por auto en realidad comienza en mí.

 

 

 

Escrito por Isabel Ávila

 


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6 noviembre, 2018 Tauana MatiasBlog0

Los seres humanos somos seres sociales por naturaleza y necesitamos el contacto con los demás, pertenecer a un grupo. Esta necesidad de vivir en grupo nos ayuda a sobrevivir como especie, ya que nos ha proporcionado alimentación, cuidados, protección… A medida que hemos ido evolucionando se han ido añadiendo nuevas necesidades como el cariño y la atención de los demás. Sin embargo, en las últimas décadas lo estamos llevando al extremo.

El uso constante del móvil, las RRSS, nos ha proporcionado poder suplir estas necesidades: podemos mantenernos en contacto con personas que están lejos y saber más sobre el mundo que nos rodea. Además de esto nos permite expresar cómo nos sentimos y qué hacemos en nuestra vida. Todo esto no solo tiene la función social de mantenernos unidos sino la función de buscar ATENCIÓN y por ende huir de la sensación de SOLEDAD.

Esto no sería un problema si no tuviera consecuencias negativas a medio plazo para uno mismo. Una de esas consecuencias es cómo nos sentimos si no conseguimos esa atención que tantos recursos gastamos para conseguir. Tendemos a pensar que no valemos la pena, que no somos tanto como los demás si no conseguimos tantos likes o comentarios cómo aquel amigo tan influencer, influyendo en nuestra autovaloración y autoestima.

Por otro lado, el gastar tanto tiempo en tener esa atención de fuera, nos ha hecho desaprender estar solos con nosotros mismos y ocupar nuestro tiempo en cuidarnos. Estamos en una era en la que al ser humano le da vértigo estar a solas, no soporta sentirse aburrido y no tener nada que hacer en su tiempo libre,mientras ve que la vida de los demás es aparentemente extraordinaria o al menos eso se empeñan en mostrar en las redes sociales…necesitamos estar entretenidos y necesitamos atención externa,necesitamos esa droga que son para nuestro ego, las redes sociales.

Pero olvidamos que existe una atención igual  (o incluso más ) valiosa , que es la nuestra: tener tiempo para uno mismo, para cuidarse, analizarse y mejorar, es tan importante como buscar atención de los demás. Tener tiempo para aprender a sentirnos a gusto y detectar qué necesitamos para estar bien, no de forma inmediata, sino a medio y largo plazo es la clave para sentirnos bien.

Adquirir ese hábito, en apariencia desaprendido en muchos de nosotros es algo que tiene un coste: renunciar al refuerzo social para dedicarlo a nosotros mismos y a disfrutar del momento, no es tan simple como puede parecer, ya que nos hemos habituado a valorarnos y definirnos según esa interacción, que muchas veces no se atiene a la realidad, sino que es un interacción ficticia con personas que en un alto porcentaje no conocemos y cuyo único vinculo son las RRSS, vinculo poco o nada tangible que sólo nos proporciona un placer inmediato (likes,retweets..) pero que a largo plazo no nos aportará nada.

Para poder dar ese paso y empezar a buscar y recuperar la ATENCIÓN A NOSOTROS MISMOS, os propongo iniciar los siguientes cambios:

  • Poner “pausa” a nuestro ritmo frenético de vida y preguntarnos ¿qué necesitamos?, ¿Qué buscamos con nuestro comportamiento de “llamada de atención”?
    • Estas respuestas serán la clave para saber la función de este comportamiento y cómo podemos conseguir lo que buscamos de forma más adaptativa para nosotros.
  • Hacer memoria y recordar qué nos gustaba hacer a solas, qué cosas nos hacían sentir bien, orgullos de nosotros mismos,  no solo a corto plazo sino también a medio y largo plazo.
  • Guardar un tiempo diario para gastarlo en uno mismo: al principio nos sentiremos incómodos y no sabremos muy bien qué hacer, pero poco a poco volvemos a disfrutar de ello.
    • Ese tiempo no solo podemos dedicarlo a hacer cosas que nos gusta, sino también pensar en nuevos proyectos u objetivos a conseguir.
  • Exponernos a sentirnos aburridos y solos y ver que la peor consecuencia es…. eso mismo: estar aburridos, pero que podemos cambiarlo si lo deseamos…y al fin de al cabo no saber qué hacer no es algo malo…significa que tenemos un tiempo que podemos aprovechar cómo queramos. En resumidas cuentas aprender a disfrutar del placer de no hacer nada.
  • Establecer horarios para “soltar” las RRSS y fijarnos en nosotros mismos y los que nos acompañan. Fijar horarios de no uso de redes sociales,vetar el móvil cuando estés en una cena o cuando estés haciendo una actividad con tu pareja o amigos.
  • Cuando disfrutemos de momentos especiales, en vez de tener el impulso de inmortalizarlo en las redes sociales, dediquemos ese tiempo a apreciar el momento y disfrutarlo mientras lo guardamos en nuestra memoria y recuerdo.

Escrito por Tauana Matías


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31 octubre, 2018 Concha SerradorBlog0

Muchas veces nos vemos sobrepasados de trabajo y las 8 horas se acaban convirtiendo 10, 12 o 14. Haciendo así que nuestro trabajo se convierta en nuestra vida y dificultando el poder descansar o tener tiempo de ocio sin sentirnos culpables por no estar trabajando. Pero, ¿realmente necesitamos trabajar todas esas horas para conseguir nuestros objetivos? En muchas ocasiones, mientras estamos “trabajando” nos pillamos ojeando redes sociales, vuelos, restaurantes, hablando con el compañero… lo que hace que al final del día no hayamos concluido con nuestras tareas diarias y aún tengamos que dedicar más horas para finalizarlas.

Esto hace que al final del día, de la semana o del mes, tengamos una pila de trabajo inconcluso que llevarnos a casa. Afectando también a nuestra vida social, ya que aunque no estemos trabajando no podemos dejar de pensar que tenemos esa tarea a medio terminar, por lo que estamos en el cine sin prestar atención a la película porque solo puedo pensar en que debería estar terminado la tarea.  En muchas ocasiones, estos pensamientos nos causan estrés, ansiedad, culpabilidad…

Esta acumulación de trabajo puede ser debida a una mala gestión del tiempo, a una la dificultad para establecer objetivos realistas o hacer estimaciones temporales correctas que nos permitan ejecutar nuestro trabajo en el tiempo determinado para ello, o también puede ser debido a la famosa y temida procrastinación.

Todos hemos sentido cómo la lista de “cosas por hacer” iba aumentando, así como el estrés y culpabilidad por no realizarlas, y aun así no poder dejar de estar en redes sociales o haciendo otras tareas. Según Torres, Padilla y Dos Santos (2017) la procrastinación implica demorar el inicio o conclusión de una tarea obligatoria y aplazarla para llevar a cabo actividades incompatibles con esta.

Autores como Steel (2007) señalan que cerca del 80% de la población muestra este comportamiento y que hasta un 50% lo hace consistentemente, es decir, siempre actuando de manera similar. Aunado a que el impacto de la procrastinación en la población es alto, ya que produce estrés, ansiedad e incremento de conductas impulsivas como el consumo elevado de alcohol, tabaco y alimentos, por lo que se le considera un problema de salud pública (Tice & Baumeister, 1997).

El problema está claro, pero… ¿cómo combatirlo? Las causas de la procrastinación dependerán de cada caso individual, así como de la historia de aprendizaje previa de la persona. Hay pocos estudios que hayan llevado a cabo un análisis sistemático del método para reducir la procrastinación, sin embargo, hay pautas comunes que consiguen mejorar la eficacia y reducir la procrastinación de forma general. Algunas de estas son:

  1. Especificidad de la tarea. Criterios claros.

Establecer claramente qué es lo que tenemos que realizar. Precisar los puntos a llevar a cabo para dar por culminada una tarea. Es diferente que apuntemos en nuestra agenda que tenemos que hacer el informe para tal cliente a que anotemos los puntos exactos que nos quedan para dar por finalizado ese informe.

Cuanto más específico y claro sea nuestro objetivo más fácil de conseguir será.

  1. Plazo establecido de antemano.

Trabajar siempre con un tiempo de entrega -ya sea para otros o para nosotros mismos-, nos obligará a tener una preparación previa de cuánto tiempo disponemos para hacer esa tarea. De igual modo,  establecer límites temporales entre tarea ayudará a que no dejemos todo para el día antes de la entrega. Por ejemplo: marcamos como fecha límite para entregar un artículo el día 1, y  proponernos como fechas previas de entrega el día 15 para el método, el día 20 para la introducción…

  1. Trabajo divisible.

Desmenuzar el trabajo que tengamos que realizar en fracciones para, por una parte, que sea más alcanzable y no sintamos agobio o presión al ver todo el trabajo completo por alcanzar. Así como, recompensarnos el cumplimiento de las partes, como por ejemplo hacer pausas tras la finalización de una pequeña parte del trabajo.

  1. Reducir las actividades incompatibles con la tarea.

Eliminar las distracciones, primero identificando qué es lo que nos distrae. Por ejemplo, haciendo un registro previo de cuántas veces y con qué me estoy distrayendo para, posteriormente, eliminarlo y utilizarlo como recompensa por el trabajo hecho. Por ejemplo: identifico que me distraigo con el móvil y establezco que voy a mirar el móvil cuando haya cumplimentado el punto 1.1 de mi tarea.

  1. Reducción de activación.

Hay veces, como se mencionaba al principio, que la cantidad de trabajo que hemos ido postergando es tan grande que nos sentimos con ansiedad o malestar cada vez que queremos empezar a trabajar. Y este sentimiento hace que seamos poco productivos trabajando y dejemos de hacerlo, haciendo así que la lista de cosas por hacer siga creciendo y el tiempo siga pasando. En estos casos, antes de empezar es recomendable trabajar con alguna técnica de reducción de activación previa al trabajo. Por ejemplo: hacer respiración diafragmática, usar la distracción, relajación muscular progresiva o cualquier otra técnica que ayude a que empecemos la tarea con una menor activación y así sea reduzcamos la probabilidad de aparezcan pensamientos de culpabilidad o malestar que dificulten el trabajo.

Para más información:

Taller de gestión del tiempo: https://www.itacopsicologos.es/taller-de-gestion-del-tiempo/

Padilla Vargas, M. A., 2017. Academic Procrastination: The Case of Mexican Researchers in Psychology American Journal of Education and Learning Vol. 2, No. 2, 103-120, 2017

Steel, P., 2007. The nature of procrastination: A meta-analytic and theoretical review of quintessential self-regulatory failure. Psychological Bulletin, 133(1): 65-94.

Tice, D.M. and R.F. Baumeister, 1997. Longitudinal study of procrastination, performance, stress, and health: The costs and benefits of dawdling. Psychological Science, 8(6): 454-458.

Torres, C.G., M.A. Padilla and C. Valerio, 2017. El estudio de la procrastinación humana como un estilo interactivo. Avances en Psicología Latinoamericana, 35(1): 153-163.

 

 

Escrito por Concha Serrador


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11 octubre, 2018 Víctor EstalBlog0

Escalofríos, sudoración, taquicardia, dolor de estómago, sensación de ahogo… todos hemos experimentado algunas de estas reacciones tras escuchar la palabra “DIETA”.  Y es que esto no es casualidad, hacer dieta es una de las cosas más costosas y desmotivadoras que uno puede llevar a cabo en su vida, por lo que es de esperar que nos entren los siete males con solo toparnos con el significante de este acto casi inhumano. Sin embargo, afortunadamente no es la única opción de la que disponemos (ni la más recomendable) si queremos alcanzar y mantener una buena salud.

 

En los últimos años han aparecido un gran número de diferentes tipos de dietas, algunas de ellas de gran éxito social pero, ¿también de éxito personal? Es decir, ¿han ayudado a mejorar realmente el estado físico de la gente? ¿Han hecho que dichas personas se sintieran más satisfechas con ese cambio alimenticio? ¿Y con su imagen corporal? ¿Han conseguido que su nivel de vitalidad y energía aumentase? ¿Han conseguido que dicho cambio se mantuviera un largo periodo de tiempo? En definitiva, ¿han conseguido ir más allá de la simple reducción de masa corporal rápida, momentánea y demagoga? ¡Sorpresa! La respuesta es rotundamente no.  La gran mayoría de estas dietas son extremadamente exigentes, inflexibles, “milagrosas” e, incluso, peligrosas para la salud. Pero como decíamos, no sólo son las dietas la única propuesta para mejorar nuestra salud y en esta entrada nos gustaría exponer los motivos por los que una alternativa en especial nos parece la más sensata y correcta a todas ellas: el movimiento Realfooding.

 

Según su máximo representante, Carlos Ríos, el Realfooding es “un estilo de vida basado en comer comida real y evitar los ultraprocesados. Es un movimiento que defiende el derecho a una alimentación saludable para la población. Es una revolución que lucha con conocimiento y conciencia contra el lado oscuro de la industria alimentaria”. Él y su equipo, como nutricionistas, en los diferentes blogs donde explican detalladamente e inculcan este movimiento (ver más abajo), se focalizan fundamentalmente en los aspectos nutricionales. Sin embargo, atendiendo a esta definición podemos apreciar que  este movimiento conlleva además implicaciones psicológicas, sociales y políticas, por lo que consideramos interesante y necesario hablar sobre el Realfooding también desde estas ópticas.

 

Lo primero que debemos destacar del Realfooding es su carácter científico. Nosotros, como psicólogos, también defendemos que el conocimiento debe estar basado en evidencias empíricas y en datos contrastables extraídos de investigaciones de calidad. En este sentido, Ríos y su equipo son garantía de que sus pautas nutricionales tengan un impacto positivo y deseable en el bienestar. Su espíritu crítico es un ejemplo para todos.

Por otro lado, el Realfooding aboga por un trabajo multidisciplinar entre los nutricionistas y el resto de profesionales sanitarios como médicos o expertos en actividad física y deporte. Desde esta perspectiva, no solo da a entender que la alimentación y la salud son asuntos complejos, sino que lucha contra el intrusismo profesional y defiende el trabajo en equipo. A lo que a la psicología respecta, Ríos tiene muy claro el importante papel de nuestra figura a la hora de generar y mantener cambios en los hábitos de salud, y es que uno puede saber qué tiene que comer o qué ejercicios físicos debe realizar, pero otra cosa muy diferente es vencer las dificultades que supone cambiar y mantener un estilo de vida. Por este motivo, a continuación analizamos el movimiento Realfooder desde una perspectiva comportamental, explicando las razones por las que a los psicólogos se nos cae la baba con cada una de las cosas que proponen:

 

  • Comer es un placer: o así debería serlo. Ríos insiste en romper la asociación que existe entre comida real y mal sabor. Cualquier cambio que hagamos debe conllevar consecuencias positivas si queremos que se mantenga, y disfrutar de la comida real es un aspecto clave del Realfooding. En este sentido enfatiza el papel del aprendizaje a la hora de cambiar nuestros gustos, habituarnos a ciertos sabores e incorporar nuevos alimentos e ingredientes a nuestros menús. Por otro lado, hace hincapié en la variedad de los alimentos y las comidas para que el momento de comer se convierta en una actividad estimulante y entretenida, ya que comer sano no tiene por qué ser ni monótono ni aburrido.  

  • No pasar hambre: no es necesario pasar hambre si queremos estar sanos y regular nuestro peso. Este movimiento también pretende romper la asociación entre comer y engordar. Pasar hambre no es en ningún caso indicativo de que lo estamos haciendo bien y saber que podemos comer cuando “el cuerpo nos lo pide”, siempre y cuando sea comida real, hará que no nos sintamos culpables después de haber comido. De esta manera también mejora nuestra relación con la comida, pues previene los atracones que suelen suceder tras periodos de privación o posibles vómitos inducidos u otro tipo de conductas compensatorias que el sentirse culpable puede provocar.

 

  • Pensar a largo plazo: enrolarse en el movimiento Realfooding implica dedicar mayor tiempo a pensar lo que uno va a comer y ello conlleva planificar más lo que se va comprar y dedicar más tiempo a la cocina. Ríos sabe muy bien que esto compite con nuestra ajetreada y atareada vida y con el bajo coste que supone comprar ultraprocesados, por eso nos recomienda organizarnos bien la semana para minimizar el esfuerzo que entraña este nuevo cambio. Además, dar prioridad a nuestra alimentación es fundamental si queremos obtener resultados y eso implica entender que uno es el máximo responsable de su salud y desarrollar conductas de salud incompatibles con las que no lo son: mientras comemos comida real no abusamos de los ultraprocesados. Pensar a largo plazo implica no focalizarse en exclusiva en el esfuerzo momentáneo que acarrea un cambio sino en los beneficios que ese cambio traerá a largo plazo.

 

  • Vida activa: el ejercicio físico es la otra cara de la moneda. Llevamos una vida sedentaria, nuestro trabajo nos lo exige. Además, el poco tiempo del que disponemos fuera de él y el cansancio pueden hacer que lo último que nos apetezca sea ir a dar un paseo, ir al gimnasio o a bailar, sin embargo, a la larga llevar un estilo de vida más parado no va hacer que nos sintamos con más vitalidad. Movernos, hacer deporte u otras actividades no tienen un efecto estresor, todo lo contrario, son momentos de desconexión, ayudan a cargar las pilas y manejar los momentos y épocas de malestar emocional.

 

  • Espíritu crítico: según Ríos, los humanos vivimos en MATRIX, un mundo creado por la industria de ultraprocesados que nos impide contemplar la comida REAL. Ser realfooder implica despertar de ese mundo onírico y tomar conciencia de lo que uno come. Y es que resulta sencillo dejarse guiar o, mejor dicho, dejarse llevar. Ríos sabe muy bien que el primer paso para cambiar es pararse a pensar y analizar qué guía nuestro comportamiento: las mentiras de las campañas de márketing o el conocimiento científico que ofrecen los profesionales de la salud. Somos lo que hacemos y lo que comemos, el cambio REAL no está en los fármacos o los suplementos, sino en los cambios que ejercemos sobre nuestra vida.

 

  • Asertividad y apoyo social: cuando una persona lleva a cabo un cambio en su vida en la mayoría de los casos los demás responden a él. En muchas ocasiones comer es un acto social y debemos tener en cuenta la reacción que tienen los otros ante nuestra nueva forma de vida. Algunos la apoyarán, otros no tanto. La divulgación a través de redes sociales ha hecho que sea más fácil construir una red de realfooders donde unos se apoyan sobre los otros y  se reconocen los cambios y el esfuerzo mutuamente. Muchos grupos de amigos cercanos también han hecho lo mismo. Ante los detractores, Ríos anima a mantenerse firme, nos dice qué contestar ante los juicios y la incomprensión de los demás y alienta a no ceder ante la presión social o el chantaje que podamos sufrir defendiendo así nuestro derecho a decidir.

 

Esperamos que, tras este artículo, os animéis a emprender un cambio en vuestro estilo de vida y que recurráis a profesionales cualificados que os orienten durante el proceso. Aquí os dejamos la web donde podéis informaros más sobre el Realfooder: https://realfooding.com/

 

¡Decid adiós a la MATRIX, os esperamos en el mundo REAL!

 

 

Escrito por Víctor Estal


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6 octubre, 2018 Isabel ÁvilaBlog0

¿Puede ser una de las frases más repetidas de nuestra sociedad? (junto con otras clave como el famoso aforismo “es malísimo usar bastoncillos para los oídos” o la conocidísima “o no nos vemos nunca o nos vemos todos los días”)

Cuando alguien quiere que seamos felices (y recordemos que además no quiere otra cosa) podemos sentir la embriaguez del amor que se nos expresa a la vez que el terrible peso de la incertidumbre de no saber si vamos a poder darle lo único que nos ha pedido.

Hubiera sido más sencillo (aunque menos poético) que lo único que la otra persona quisiera fuera que aprendiésemos a hacer paella porque sabríamos lo que hay que hacer o al menos a quién preguntar.

Desde los primeros filósofos hasta las últimas charlas TED, pasando por los anuncios de … (sustituir puntos suspensivos por cualquier producto) se nos ofrecen multitud de recetas para alcanzar la felicidad, entonces, ¿cuál es el problema?

  

«Todas las familias felices se parecen unas a otras, pero cada familia infeliz lo es a su manera».

León Tolstói (Ana Karenina)

En el inicio de Ana Karenina, Tolstói nos ofrece una respuesta: el problema es que hay muy pocas maneras de ser feliz y muchas de no serlo, o muchas condiciones que cumplir para serlo, de manera que en cuento falla alguna…

Algo parecido a lo que mucho antes y de otra manera ya había dicho Aristóteles:

«Hay que añadir aún que de muchas maneras puede uno errar, pues el mal, como se lo representaban los pitagóricos, pertenece a lo infinito, y el bien a lo finito, y de una sola manera es el acierto. Por lo cual lo uno es fácil, lo otro difícil: fácil el fallar la mira, difícil el dar en ella. Y por esto, en fin, es propio del vicio el exceso y el defecto, y de la virtud la posición intermedia: los buenos lo son de un modo único, y de todos los modos los malos».

Aristóteles (Ética nicomáquea)

Parece pues que hay que hacer muchas cosas para alcanzar la felicidad. Y bien hechas. No vale así de cualquier manera, no vale hacer por hacer, sin dedicación ni motivación, sin miras al futuro, al mundo, a la grandeza. Eso sí, ahora podemos entender por qué hay tantas recetas para la felicidad: la cuestión no era hacer una buena paella sino convertirse en Maestra Cocinera.

Va surgiendo además otra de las características que subyacen al concepto de felicidad: o lo eres o no. Es decir o eres feliz al completo y estás dentro de una esfera mágica con salud, dinero y amor y una familia feliz y amigos y una casa en la playa y un perro que sabe usar la caja de arena de la gata, o simplemente no lo eres. Es como estar embarazada: o lo estás o no lo estás. La felicidad igual. Y del mismo modo que es mucho más frecuente en la vida de cualquier mujer  el estado de no embarazada también es mucho más frecuente en la vida de cualquier ser humano no ser feliz, no encontrarse en ese estado de completa paz, completa alegría y completo todo.

Siguiendo la misma lógica para que no nos perdamos nadie, ahora mismo hemos llegado a la conclusión de que para ser feliz tienes que ganar MasterChef embarazada: se puede hacer, pero no todo el mundo y no todo el rato.

Pero.

¿Y si no fuera así?

blanca nieves
 

“El secreto de la felicidad no se encuentra en la búsqueda de más, sino en el desarrollo de la capacidad para disfrutar de menos”. 

Sócrates

¿Y si no hicieran falta tantas cosas? ¿Y si en realidad no hiciera falta nada? ¿Y si fuera cuestión de grado? ¿Y si colocamos una cosa, sólo una cosa, durante diez minutos al día, de las que nos hacen sentir bien? ¿Y si para cada persona esa cosa es diferente pero sirve para lo mismo? ¿Y si una vez al mes cambiamos esa cosa por otra y vemos qué pasa? ¿Y si voy haciendo mi receta? ¿Y si de vez en cuando pruebo la tuya?

¿Haciendo estas cosas alcanzaríamos la felicidad? ¿Para siempre? ¿Para algún rato? ¿En algún grado?  ¿Hay alguna respuesta?

 Pero.

¿Y sí…?

Escrito por Isabel Ávila


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27 septiembre, 2018 Aitana SegoviaBlog0

“Acaba de empezar y ya se ha torcido el día”; “no voy a estar a la altura”; “seguro que esta idea ya la ha tenido alguien antes”. Tal vez alguna de estas ideas te resulte familiar. Según un estudio llevado a cabo por el equipo de Martin Sauerland en la Universidad de Coblenza-Landau desde 2012, con más de 600 personas encuestadas, casi el 90% reconocieron haber tenido en alguna ocasión pensamientos que podríamos denominar “cogniciones disfuncionales” en relación a su trabajo.

¿Qué son las cogniciones disfuncionales?

Las personas, gracias a nuestra capacidad para pensar, tendemos espontáneamente a generar ideas sobre el mundo, sobre nosotros o lo que ocurrirá. Generalmente se trata de elaboraciones verbales: conjuntos de enunciados que constituyen los discursos que, a su vez, nos dicen quiénes somos, qué elementos integran nuestra realidad y qué cosas podrían ocurrir en ella. Sin embargo, no siempre estas ideas describen la realidad de un modo realista o positivo para nosotros.

Aunque el debate en torno a la realidad del pensamiento es antiguo, a mediados del siglo XX dos autores, Beck y Ellis, hablaron de forma pionera de lo que llamaron “pensamientos irracionales”. Planteando, además, una alternativa terapéutica, la reestructuración cognitiva, basada en la ironía y mayéutica socráticas.

La idea central de la teoría es que aquello que pensamos sobre lo que ocurre, y no los hechos mismos, es lo que determina cómo nos sentimos -algo ya presente en la filosofía estoica. Pero eso que pensamos, esos enunciados, puede presentar alteraciones con respecto a lo que describe y generar emociones muy negativas.

 

Las cogniciones disfuncionales, pensamientos irracionales o, de forma más coloquial, pensamientos negativos, son aquellas ideas que se han alejado de la realidad en términos negativos, generándonos emociones desagradables e impidiéndonos afrontar situaciones. Existen diversas clasificaciones de las más habituales, pero generalmente se pueden agrupar en patrones de pensamiento que

  • exageran
  • extraen conclusiones de forma errónea
  • plantean los hechos de forma dicotómica
  • generalizan

¿Cómo me afectan en el día a día en el trabajo?

El impacto de los pensamientos irracionales puede tener lugar en todas las áreas -la relación entre cogniciones irracionales y conductas depresivas está bien documentada- pero, de forma más específica, en el trabajo se ha asociado a una mayor probabilidad de experimentar estrés, lo que a su vez se refleja en: 

  • un menor rendimiento
  • el aumento del absentismo y del presentismo
  • una mayor resistencia a los cambios

Pongamos algunos ejemplos: si tengo que realizar una propuesta  ante un equipo nuevo y pienso que no voy a saber expresarme bien, que mis ideas no son originales y que haré el ridículo, probablemente experimente angustia ante el hecho, trate de evitarlo todo lo posible y, cuando me vea en la situación, me desempeñe peor. Si, por el contrario, pienso de una forma más realista que no puedo anticipar cómo va a ir, pero que lo haré lo mejor que sé y que tal vez mis ideas gusten, afrontaré la tarea con más calma, lo que me permitirá rendir mejor.

Al reencuentro con la realidad 

Entonces, ¿cómo debemos actuar ante la sospecha de estar pensando de manera disfuncional?

  1. El primer paso será identificar los enunciados que están generándonos malestar en una situación. En algunas ocasiones es posible que sean varios, que aparezcan mezclados y esta resulte una tarea complicada, pero deteniéndonos a examinar qué pensamos de un evento, intentando desgranarlo en proposiciones y anotándolas nos será más fácil aislar las creencias.
  1. A continuación trataremos de generar una cierta distancia con respecto a nuestras ideas: no todo lo que pensamos es verdadero, permitámonos cuestionarlo. Planteemos las cosas en términos de probabilidad y no de certeza.
  1. Una vez aceptamos que las cosas podrían no ser como creemos, busquemos el nexo con la realidad, las evidencias que sostienen o derrumban esas creencias que hemos decidido cuestionar. Recopilar datos objetivos, plantearnos la hipótesis desde otra óptica o consultar con personas de nuestro entorno son estrategias útiles para averiguar si lo que pensamos se acerca más o menos a la objetividad.
  1. Reformulemos la idea original: probablemente habremos hallado información para transformar el enunciado fuente de malestar en otra idea diferente, más ajustada a la realidad y mejor en términos emocionales y de afrontamiento.

¿Son irracionales todos los pensamientos negativos?

Cuando identificamos el discurso que origina nuestro malestar se nos plantea la posibilidad de trabajar sobre él de la forma que acabamos de ver. Usualmente los pensamientos que nos generan un malestar intenso y una dificultad en el afrontamiento de situaciones están alejados de la realidad.

No obstante, en ocasiones esa emoción desagradable es el producto de la descripción ajustada a una realidad que es objetivamente negativa. En estos casos, someter a esas ideas a este proceso nos devolverá de nuevo el mismo discurso, con la certeza, esta vez sí, de estar pensando de forma racional.

Cuando las emociones descansan en realidades objetivamente aversivas cumplen una función de adaptación . Nos llevan a operar cambios en esa realidad o a la búsqueda de un nuevo escenario. Por ejemplo, ser consciente de que mi discurso en torno a cómo me siento en el trabajo es objetivo podría ayudarme a tomar la decisión de cambiar de entorno laboral, a solicitad una mejora en mis condiciones o a proponer cambios que me lleven a sentirme mejor con mis funciones o con mi equipo. 

Cuándo buscar ayuda profesional

La amplitud, profundidad y resistencia de los discursos disfuncionales varía, tratándose de algo adquirido, en función de nuestra historia de aprendizaje. Algunas personas experimentarán más dificultades que otras para trabajar en sus pensamientos e, incluso, una misma persona puede encontrar más complejo hacer este ejercicio con las ideas relativas a un área de su vida que con las de otra. 

Como idea general, cuando la persistencia de los pensamientos es muy elevada y el malestar nos impide distanciarnos de ellos, la mejor opción es que acudamos a alguien con la formación adecuada para ayudarnos en este proceso. Si llevamos tiempo acusando malestar asociado a nuestro trabajo, pérdida de la motivación, disminución del rendimiento o incapacidad para afrontar tareas, la atención psicológica nos orientará en la búsqueda de la solución.

Escrito por Aitana Segovia

Para saber más:

Terapia cognitiva de la depresión

Beck, A.T, Rush, A.J., Shaw, B. F. y Emery, G. (1983). Bilbao: Desclée de Brouwer (original, 1979).

Razón y emoción en psicoterapia

Ellis, A. (2008) Bilbao: Desclée de Brouver. Biblioteca de Psicología (original, 1962).


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19 septiembre, 2018 Tauana MatiasBlog0

Los tiempos cambian, queremos dar a nuestros hijos todo lo que no pudimos tener y muchas veces nos vemos embargados en miles de nuevos métodos de enseñanza y consejos, tanto familiares como de los medios… pero al final muchos nos preguntamos qué debemos hacer para educar y controlar el comportamiento de nuestros hijos de forma adecuada.

En realidad es todo un arte y un gran aprendizaje.

Lo primero que debemos saber es que el comportamiento de nuestros hijos está regido por unos principios de aprendizaje, los mismos que también explican nuestro propio comportamiento. Conocer y entender estos principios será la clave para saber cómo gestionar las dificultades de comportamiento más habituales.

La mayoría de las cosas que hacen los niños son aprendidas. Las personas suelen hacer aquello que les produce satisfacción, interés o alivio. Por eso, lo que ocurre inmediatamente después de un comportamiento o acción del niño determinará si lo repetirá en el futuro y hasta qué punto lo repetirá.

Si la consecuencia que sigue es positiva o del agrado del niño, entonces la probabilidad de que el comportamiento se vuelva a dar es mayor; si por el contrario es negativa o aversiva para el niño, la probabilidad de que se vuelva a dar el comportamiento disminuirá. Ambos tipos de consecuencias hacen que el niño aprenda ese comportamiento.

Mamá o papá se han negado a darme de merendar galletas esta tarde, y yo decido ir a la cocina y buscarlas para comérmelas a escondidas. Las encuentro en el segundo cajón y me las como.

El comportamiento aprendido es que si quiero algo que me han negado, puedo buscarlo o hacerlo a escondidas, ya que la consecuencia de ese comportamiento ha sido positiva para mi. No importa si mis  padres me pillan mientras me como  la última galleta y me regañan o castigan por ello, ya que la consecuencia que afecta a mi conducta es la que sucede inmediatamente después de ella.

Si por el contrario, yo no hubiese encontrado las galletas por ningún lado (porque mis padres anticiparon que podría hacer eso y las escondieron muy bien), mi comportamiento de buscar a escondidas disminuiría su probabilidad futura.

Otra gran parte del aprendizaje infantil, a parte de darse por las consecuencias que le siguen (recordemos que tienen que ser inmediatas), también se hace a través del ejemplo y la imitación.

Los niños pequeños aprenden muchas cosas a partir de lo que los mayores hacen.  Si nuestra relación con el niño es positiva y satisfactoria, es muy probable que el niño imite nuestra forma de comportarnos,  sobretodo si observan que ese comportamiento tiene consecuencias positivas para nosotros.

Al igual que nosotros podemos controlar el comportamiento de los niños a través de nuestro propio comportamiento como modelo y de la consecuencias que le ponemos; los niños también pueden aprender a controlar muchas veces nuestro comportamiento (el de los adultos). Veamos la siguiente situación:

Miguel es un niño que siempre se ha quedado jugando solo mientras su padre hace la cena. Sin embargo, una tarde de lluvia y relámpagos, Miguel se asusta mucho y llama llorando a su padre. Éste después de tranquilizarle se queda el resto de la tarde jugando con él en vez de hacer la cena.

Al día siguiente, a la hora de hacer la cena, Miguel le pide a su padre que se quede con él por si vuelven los ruidos fuertes de los relámpagos. El padre le dice que solo se quedará 5 minutos pero cada vez que intenta ir a la cocina a hacer la cena, Miguel empieza a llorar y pedir que no se vaya. El padre no quiere quedarse toda la tarde con él porque sabe que se retrasará un día más la cena, pero como no quiere que su hijo llore y grite, cede y se queda con él.

Desde ese segundo día,  el padre de Miguel tiene que quedarse con él todas las tardes porque sino el niño no juega solo ni le deja tranquilo.

Si observamos cómo se han desarrollado las cosas, podemos ver que  el primer día Miguel estaba asustado y necesitaba consuelo. En los siguientes días solo necesitaba que le tranquilizasen y le recordasen que puede jugar solo y que no hay que tener miedo, pero obtuvo toda la atención de su padre, consiguiendo que éste se quedara a jugar con él durante ese rato. Empezó a aprender que llorar en ese momento producía esa atención y aunque no decidía hacerlo deliberadamente, ésta se hizo su conducta habitual en ese momento del día.

Por otro lado, el padre de Miguel tampoco quería quedarse allí todas las tardes, sin embargo, cada vez que se intentaba ir Miguel gritaba y aumentaba aún más el llanto, haciendo que ésta se sintiera mal y acabara cediendo con el objetivo de eliminar los llantos y gritos.

Este es un ejemplo de cómo no solo los padres controlan el comportamiento de los hijos sino que  éstos también  controlan el de los padres, aunque sea sin darse cuenta de ello.

Para evitar que se den este tipo de situaciones, es importante que sepamos cómo aprenden nuestros hijos y cómo podemos cambiar dichos comportamientos o estimular nuevos.

Aprender a:

  • Mantener o aumentar los comportamientos que queremos que nuestros hijos hagan
  • Eliminar los comportamientos disruptivos o inadecuados
  • Tener una comunicación sana y eficaz
  • Saber distinguir entre rabieta y desregulación
  • O enseñar a nuestros hijos a resolver problemas

Son algunos de los aprendizajes que necesitamos para una buena relación con los pequeños de la casa.

Para más información sobre cómo adquirir esos aprendizajes, tenemos a disposición nuestro “Taller para padres” 

Escrito por Tauana Matías


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