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25 julio, 2018 Isabel ÁvilaBlog0

Seguimos analizando el proceso de la ansiedad y algunas de las respuestas más habituales.

Como vimos en la entrada anterior, cuando sentimos ansiedad el cuerpo se prepara para dar una de las dos respuestas siguientes: lucha o huida. En el ejemplo de nuestros ancestros es bastante fácil comprender a qué nos referimos; sin embargo, en nuestro modo de vida actual hay muchas maneras en las que podemos llevar a cabo estos comportamientos. Veamos algunos:

HUIDA

1- Huida Clásica:

Evitar (o intentarlo) aquellas situaciones que me producen ansiedad. ¿Conducir?, ¿hablar con otras personas?, ¿preguntar una duda en clase?, ¿el transporte público? Hay infinidad de posibilidades. Esta opción proporciona una reducción de ansiedad en un primer momento (si “me da” ansiedad el metro, no lo cojo. Fin de la ansiedad) y hace que la próxima vez que nos encontremos en dicha situación sintamos igual o mayor nivel de ansiedad. Si vivimos en una localidad donde no hay metro y una vez al año vamos a una que sí lo tiene, evitar cogerlo quizá sea la opción más adecuada. Pero si no coger el metro implica tardar una hora más en los trayectos habituales quizá sea mejor plantearse otras respuestas.

2- Huida Simbólica:

Distraerse mientras estamos en la situación de ansiedad. Como el cuerpo no sólo reacciona a lo que sucede en el exterior sino también a lo que imaginamos, pensamos y recordamos, podemos evitar la ansiedad prestando atención a otras cosas. Por ejemplo estar en el metro viendo en el teléfono el último capítulo de nuestra serie preferida con los auriculares al máximo volumen, dejaríamos de prestar atención al metro por lo que experimentaríamos menos activación.

3- Huida Ayudada:

¿Ayudada por qué? Por agentes externos que producen una reducción de la respuesta fisiológica. Los ansiolíticos. Medicamentos, alcohol, algunas drogas cuyo efecto produce una desactivación del protocolo de emergencia. El problema fundamental de esta opción es que si creemos que necesitamos algo para afrontar la ansiedad será más probable que usemos ese algo cada vez que nuestro sistema se active.

LUCHA

Luchar contra un león no parece una buena idea aunque a veces no había más opción. Afortunadamente lo que nos produce ansiedad hoy en día no es encontrarnos inesperadamente con un depredador gigante ni la única forma de lucha es la pelea.

Lo primero es saber qué nos está produciendo ansiedad.

Situación 1:        la ansiedad condicionada o asociada

Podemos sentir (por ejemplo) que los exámenes nos producen ansiedad. A veces es así y el hecho de entrar en un aula de examen hace que la activación se dispare. Es una situación que ha quedado asociada a la ansiedad y aunque nos sepamos el examen de memoria, y aunque la nota final no cuente, sentiremos esa ansiedad.

En estos casos las situaciones se han condicionado  igual que un perfume se ha quedado asociado con una persona y cuando huelo a mi amiga X me acuerdo de mi ex Y. Si X sigue usando este perfume y si yo sigo expuesta a este olor repetidas veces, llega un momento en que la asociación se rompe y X podrá seguir usando el perfume sin que yo me acuerde de nadie.

Según el grado de ansiedad que sintamos, la habilidad con la que sepamos manejarla (técnicas de afrontamiento, de reducción de activación…) puede ser conveniente consultar a profesionales de la Psicología.

Situación 2:        la ansiedad útil

Siguiendo con el ejemplo del examen, el cuerpo responderá objetivamente cuando éste sea importante y no lo haya estudiado bien. Entonces la ansiedad es una señal de aviso que dice “PELIGRO, SE ACERCA UNA SITUACIÓN DE RIESGO”. En este caso la lucha implica responder a la demanda (ponerse a estudiar en este caso). Si en lugar de prepararnos para la situación temida sólo tratamos de reducir la ansiedad es probable que: a) suspendamos el examen y b) los exámenes queden asociados a la ansiedad (Situación 1)

Situación 3:        la ansiedad subjetiva

En muchos casos nuestro propio pensamiento tratando de mantenernos a salvo nos juega malas pasadas. Nos hace anticipar situaciones catastróficas, terribles, nos hace ver más peligro del que hay o vernos con menos capacidad para afrontarlo de la que tenemos. En este caso podemos luchar contra estos pensamientos modificando la manera en que interpretamos las situaciones para que se ajusten más a la realidad. La Psicología dispone de técnicas efectivas y eficientes que nos ayudan a mantener una perspectiva más objetiva de la realidad de modo que podamos encuadrarla en una de las opciones anteriores (situación 1 y situación 2) y afrontarla de la mejor manera posible.

Como hemos visto, la ansiedad es un proceso que nos ayuda a sobrevivir y que a veces puede también darnos problemas. La buena noticia es que esos problemas tienen solución: existen técnicas para modificar la manera en que la afrontamos de manera que podamos aprender a hacer un uso adecuado de la ansiedad cuando sea necesario, a reducir la intensidad del malestar y a romper con el círculo vicioso de “la ansiedad genera más ansiedad” cuando éste sea el problema.  Las y los profesionales de Psicología enseñamos y ayudamos a entrenar todas estas técnicas para un manejo óptimo de la ansiedad.

Para más información, podéis leer “¿Qué es la Ansiedad?”

Publicado por Isabel Ávila

 

 


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17 julio, 2018 Aitana SegoviaBlog0

En un artículo previo nos aproximamos a la idea de cambio psicológico desde una perspectiva cultural. En este texto exploraremos los procesos de cambio desde un enfoque de comportamiento y su relación con la arquitectura neural. 

El cambio en las personas adultas

Existe un proceso de cambio que es indiscutible en los seres humanos: la maduración. Desde el estado vulnerable e incompleto en el que venimos al mundo hasta alcanzar nuestra adultez se suceden una serie de transformaciones obvias. Sin embargo, cruzado este umbral, los cambios continúan teniendo lugar, aunque no los percibamos de forma tan acusada.

El cerebro humano posee una poderosa capacidad que le permite adaptarse estructural y funcionalmente a las diferentes condiciones que se van sucediendo a lo largo del ciclo vital: la plasticidad neural. Esta dimensión neuroquímica tiene su correlato experiencial en algo que todas las personas conocemos bien: el aprendizaje. Aprender cambia el cerebro. Y esto ocurre constantemente.

Cuando hablamos de aprender a menudo evocamos la idea de estudio. Las proposiciones o el Teorema de Tales. Sí, adquirir conocimiento es sin duda un aprendizaje. Pero, para la mente, aprender es algo mucho más amplio. Existen un sinfín de cosas que sabemos hacer sin darnos siquiera cuenta de ello: desde montar en bicicleta a ser socialmente hábiles, incluyendo nuestra forma de gestionar una emoción como el miedo.

Cómo aprendemos: cómo cambiamos

A lo largo del siglo XX se sucedieron avances científicos que facilitaron comprender qué procesos de aprendizaje guían el comportamiento humano -cuya exposición detallada será objeto de una entrada posterior. Las personas, como otras criaturas más simples que nosotros, somos altamente sensibles a la captación de invariantes ambientales. Adquirimos complejas asociaciones estimulares que nos permiten reproducir abanicos de comportamientos diversos ajustándonos a cada situación.

Además, gracias a la dimensión pensamiento-lenguaje, ni siquiera es preciso que vivamos en nuestra propia piel esas asociaciones: podemos adquirir reglas de comportamiento culturalmente, observando cómo otras personas actúan, recibiendo instrucciones, imaginándolas. No necesitamos experimentar en primera persona aquellas amenazas de las que, sin embargo, nuestra mente nos dice que debemos huir.

De “fuera” hacia “dentro”

Estos comportamientos, mantenidos en el tiempo, a su vez van modificando nuestro cerebro. Un estudio clásico llevado a cabo por Eleanor Maguire en el año 2000 reflejó el hecho de que taxistas londinenses que llevaban años en la profesión poseían un hipocampo posterior, una zona del cerebro que procesa de forma prioritaria estímulos visoespaciales, funcionalmente mayor. Naturalmente su cerebro no era así al nacer: la experiencia de trabajar con “mapas en su mente” durante años lo había cambiado.

Esto supone que nuestra forma de actuar esculpe el órgano de la mente, pero también tiene una contraparte problemática: los impulsos eléctricos corren por nuestro cerebro como coches por una carretera. Cuanto mejor adquirido está un comportamiento, más arraigado es un hábito, mejor asfaltada está. Cuando tratamos de llevarlo por otro camino, cuando hacemos algo nuevo, estamos obligando a nuestra mente a llevar ese impulso eléctrico, podríamos decir, por un camino de cabras -dependiendo de lo cerca o lejos que esté ese nuevo aprendizaje de lo que ya sabemos hacer.

¿Significa esto que no es posible adquirirlo? Claro que no. Seguramente recuerdes si te costó mucho o poco aprender a conducir, ese idioma distinto del tuyo o cómo funcionar en tu trabajo nuevo. ¿El truco? La práctica. La clave para facilitar nuevos aprendizajes está en mantener la actividad: lo que ahora tan de moda está llamar zona de confort no es más que el conjunto de estímulos a los que ya nos hemos habituado y no suponen ningún reto para nuestra mente.

Arriesgarnos, esforzarnos por adquirir nuevos hábitos, continuar aprendiendo: buscar activamente nuestro propio cambio hará que, cuando nos veamos ante circunstancias que nos exijan otro aprendizaje, realizarlo nos resulte más sencillo.

Publicado por Aitana Segovia


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11 julio, 2018 Tauana MatiasBlog0

Ha llegado el verano y con él las vacaciones, objeto de deseo para muchos pero quebradero de cabeza para otros, especialmente para los padres, que se encuentran con que sus hijos tienen más de dos meses de vacaciones que en algunas ocasiones pueden ser difíciles de gestionar.

Por eso desde ÍTACO queremos daros unas claves para que los pequeños de la casa puedan aprovechar bien el verano y al mismo tiempo prepararse para el nuevo curso:

  1. Mantener rutinas de trabajo, es decir, tener casi todos los días un ratito para poder permanecer sentado haciendo alguna ficha o tarea, ya que eso ayudará a fomentar y mantener la constancia y concentración en el trabajo.

  2. Dividir el día en diferentes actividades que puedan realizar, ya que así prevenimos momentos de aburrimiento en casa, en los que los niños pueden no saber qué hacer y optar por defecto por la televisión, la tablet o la videoconsola. Podemos dividir los momentos en:
    • Juegos de mesa
    • Salidas a la calle
    • Juego en solitario
    • Trabajo
    • Tecnología: televisión, tablet, videojuegos…

  3. Aprovechar el verano para establecer nuevos aprendizajes:
    • Ya sean nuevos hábitos de autonomía: atarse los cordones, aprovecharse los botones, dormir solo, controlar los esfínteres…
    • Como nuevas tareas y responsabilidades en casa y en la familia: hacer la cama solo, recoger la mesa, tirar la basura…

Es un buen momento para ello puesto que no acusamos las prisas del día a día y además los niños estarán más motivados a aprender estas tareas porque no tienen otras que se solapen.

  1. Aumentar la comunicación: las vacaciones son un momento idóneo para fomentar la comunicación entre nosotros y nuestro/a hijo/a; enseñarle que nos cuente cómo van las cosas, cuáles son sus gustos y miedos… ya que tanto ellos/as como nosotros solemos encontrarnos con menos estrés y mejor disposición para ello en estas fechas.

  2. Mejorar y fomentar las habilidades sociales: ya sean con los amigos de siempre o con nuevos conocidos. Durante las vacaciones es cuándo más momentos sociales comparten nuestros hijos/as y por tanto donde se suelen establecer nuevas amistades o intimar con las que ya tienen. También es un buen momento para que nos fijemos en cómo se relacionan, para poder ayudarles si fuera necesario.

  3. Por último, no hay mejor momento que el verano para resolver problemas de conducta y fomentar el buen comportamiento. Para ello, es recomendable:
  • Centrarse en los objetivos más importantes que queremos alcanzar en ese momento, no todos a la vez (por ejemplo: no contestar, comer tranquilos y respetar reglas en la mesa..).
  • Dar instrucciones claras y cortas: por ejemplo “no puedes hacer esto” o “tienes que hacer x”. Y repetirlas las veces que haga falta.
  • Cumplir con nuestras anticipaciones y tenerlas por escritas cuando sea necesario.
  • Aplicar consecuencias a su conducta: tanto a la adecuada (refuerzo verbal, actividades, material); como a la inadecuada: (retirada de la situación agradable; retirada de algo que le guste…). Importante que ambas sean inmediatas al comportamiento que deseamos cambiar.
  • Proporcionar una conducta alternativa a la inadecuada, anticipando el refuerzo de realizarla.
  • Ser sistemáticos y consistentes en nuestras instrucciones y consecuencias.

Siguiendo estos consejos nos aseguramos  aprovechar al máximo el verano de nuestros hijos/as y promover una buena vuelta al cole.

Publicado por Tauana Matias


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3 julio, 2018 Concha SerradorBlog0

A principios de año solemos marcar muchos propósitos de año nuevo, “voy a empezar a ir al gimnasio”, “voy a dejar de comer carne”, “este año aprenderé inglés”, “este lunes dejaré de fumar”… sin embargo, a pesar de las ganas de conseguir estos propósitos, conforme los meses pasan se dificulta cada vez más realizar todo lo que nos habíamos propuesto. Muchas veces nos mentimos a nosotros mismos diciendo muchas cosas que posiblemente luego no realicemos, y otras tantas veces mentimos a otros prometiendo que haremos infinidad de actos que posteriormente nunca llegamos a realizar. ¿Por qué no somos correspondientes entre nuestras palabras y nuestras acciones?, ¿por qué decimos tantas y tantas veces que este año sí, que este lunes sí, o que esta vez sí lo vamos a conseguir y después nada sucede?

En ocasiones, lo que nos hace no conseguir estos objetivos es la sensación de fracaso de haberlo intentado en momentos anteriores y no haberlo conseguido. Otras veces, se ponen por delante motivos económicos que dificultan la consecución de los objetivos marcados, y también hay ocasiones en las que un mal cálculo del trabajo para este año no te brinda el tiempo que habías pensado para realizar estas actividades.

La forma en la que nos decimos las cosas, en la que proponemos todas estas metas a cumplir, afecta a la realización de estas. Al proponernos esta infinidad de acciones a cambiar, estamos cometiendo errores que serán los causantes de que no cumplamos con nuestros objetivos que con tanto ímpetu habíamos marcado a principios de año.

A lo largo de este post se identificarán algunos de los errores cometidos al ponernos un objetivo a cumplir, y cómo podemos cambiarlo para tener más éxito y  llegar a cumplir todos los propósitos que nos marcamos a principios de año.

Algunos de estos errores son:

  1. Marcar objetivos inalcanzables.

Es normal que cuando nos proponemos cambiar algo en nuestra vida imaginemos el objetivo final del largo camino de cambios, nos imaginamos cómo sería nuestra vida con un cuerpo mucho más fit, nos imaginamos con el bienestar de no consumir ningún producto animal, o manteniendo una conversación en inglés sin ningún tipo de problema. Sin embargo, marcar objetivos a largo plazo dificulta que veamos el progreso; si la meta final está muy alejada de nuestro comportamiento actual será más costoso conseguirlo y es más probable que lo abandonemos antes de conseguir la meta deseada.

Una mejor opción es ajustar los objetivos, estableciéndolos por meses o en tiempos cercanos al momento actual. Y considerando cambios paulatinos en el comportamiento para que podamos incorporarlos con mayor facilidad a nuestro día a día. Por ejemplo, un objetivo alcanzable sería ir uno o dos días a la semana a clases de inglés, comenzar por elegir opciones veganas en todas las comidas o cenas…

  1. Metas lejanas en el tiempo.

Normalmente cuando marcamos un objetivo se lo decimos a alguien, a nosotros mismos o incluso lo escribimos en nuestra agenda. Y los objetivos que escribimos o que nos decimos suelen empezar el lunes de la semana siguiente, o el día 1 del siguiente mes, o del siguiente año. Pero esto puede ser el error causante del fracaso de nuestras promesas, ya que algo que afecta a conseguir el plan propuesto es la contigüidad temporal entre que decimos algo y que, posteriormente, lo hacemos.

La conducta verbal de proponer algo tiene mayor eficacia, y por consiguiente, más éxito de logro, cuando es cercana temporalmente al acto que vamos a realizar. Decir un domingo que el lunes vamos a empezar las clases de inglés tiene mayor posibilidad de éxito- de que sí lo realicemos-, que si ese mismo domingo decimos que empezaremos las clases de inglés el día 1 del próximo mes.

Cuando nos ponemos una meta hay que ajustar el tiempo y tratar de decirlo, escribirlo o contarlo con una distancia temporal cercana al momento en el que lo vamos a realizar.

  1. Utilizar frases positivas para proponernos algo.

Es usual que cuando nos marcamos una meta lo hagamos usando frases que hemos leído que sirven para motivarnos, sin embargo, ésta a veces no es la forma que garantiza que vayamos a ser congruentes con nuestras palabras. Quizás estamos usando frases como “tú puedes con todo” o “si quieres puedes” pero este tipo de frases no siempre produce un cambio en nosotros, ni el cambio necesario para la consecución de la meta propuesta.

Cuando nos marcamos una meta, y lo hacemos verbalizando esta, tenemos que pensar en qué palabras nos resultan útiles para ello. Si utilizamos palabras clave -que evoquen en nuestra imaginación cómo nos vamos a ver en el futuro si realizamos esos cambios– será más probable que estas sirvan para que realmente hagamos lo que nos habíamos propuesto en un principio. Por ejemplo, si nuestro objetivo es dejar de comer productos animales, decirnos una palabra que nos haga recordar la película Okja tendrá mayor eficacia que decirnos otro mensaje que no esté asociado a ninguna emoción.

  1. Guardar el secreto.

Es normal que cuando estamos haciendo cambios en nuestra vida queramos mantener el secreto y no contárselo a nadie, o contarlo sólo a nuestro círculo más íntimo. Sin embargo, este es un error cuando hablamos de cambios en nuestra rutina.  Al hacer partícipe a la gente de tu alrededor de los nuevos cambios que vas a incorporar habrá más presión para que des pequeños pasos hacia tu meta final. Esta presión no hay que verla como algo negativo, sino como un apoyo de tu entorno y una forma de facilitar tu camino hacia el objetivo final. Cuanta más gente esté implicada más fuerza tendrás para realizar el cambio, asimismo, también tendrás más formas de evaluar tu avance y de corroborar si este se está produciendo.

  1. No celebrar los avances.

Los propósitos que queremos conseguir normalmente son un gran cambio en nuestra vida, y por ello son cambios que van a conllevar mucho esfuerzo y mucho tiempo. Pero, el tiempo en el que llegamos a ver que el cambio tiene efectos en nuestra vida a veces se hace eterno, por ejemplo no notamos nada en nuestro cuerpo aunque estemos yendo al gimnasio durante un mes, a la semana de dejar de comer carne o de dejar de fumar. Es por ello que marcando objetivos a corto plazo, aunado a que sean objetivos alcanzables, hará que no nos desanimemos en nuestra persecución de la meta final.

Si nuestra meta final es, por ejemplo, hablar inglés a nivel bilingüe, esa meta es algo que es difícil de conseguir en unos meses, o incluso un año. Por ello, aunque nuestra meta final sea ser bilingüe, tenemos que ir celebrando los pasos que damos hacia ese objetivo. Por ejemplo, recompensarnos yendo al cine o a cenar si vamos a clase de inglés 6 veces este mes, o comiéndonos un postre en nuestro restaurante favorito si hemos ido al gimnasio todos los días de la semana.

Publicado por Concha Serrador


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27 junio, 2018 Víctor EstalBlog0

Parte 1

Cuando hablamos de adicción, por lo general, tendemos a pensar en un problema de dependencia a sustancias. Ya sea alcohol, tabaco, marihuana, heroína o fármacos, hemos asociado fuertemente dicho concepto al momento en el que una determinada droga es la protagonista. Sin embargo, la conducta adictiva no solo se explica por los efectos fisiológicos derivados de la ingesta reiterada de un determinado compuesto químico, sino que tiene un gran componente psicológico, esto es, aprendido. Lo que esto quiere decir, en último término, es que no solo podemos generar – y por tanto denominar – adicción a las drogas mencionadas anteriormente sino que, por el contrario, podemos depender de manera intensa de Internet, del móvil, del ejercicio físico, del trabajo, del sexo, de las compras, del juego… es lo que llamamos adicciones psicosociales o adicciones sin sustancias, en contraposición a la drogodependencia. Pero antes de continuar, ¿a qué nos referimos, y a qué no nos referimos, los y las psicólogos/as cuando hablamos de adicciones?

El término adicción es un constructo psicológico, una etiqueta que se emplea para designar a un problema que con alta probabilidad incluye una serie de conductas y aspectos como:

  • Abuso, esto es, consumo descontrolado.
  • Dependencia, es decir, fuerte deseo por el consumo y desinterés por otras cosas que no sean el objeto de consumo.
  • Interferencia o grave deterioro de las relaciones sociales y de la vida cotidiana.

A diferencia de lo que se suele pensar, la adicción no es una enfermedad, pues la causa de la misma no es una alteración o disfunción biológica previa – por ejemplo, un desequilibro en ciertos neurotransmisores del cerebro. Si bien es cierto que, en el caso de la adicción a sustancias, sí puede llegar a existir un grave deterioro en diferentes sistemas del organismo como el sistema nervioso, pero este es consecuencia del consumo y no antecede al mismo. Por el contrario, la adicción es un conjunto de conductas aprendidas que se originan y mantienen por las consecuencias agradables inmediatas que experimenta el individuo tras el consumo. En otras palabras, esta podría definirse como un comportamiento que desarrolla una determinada persona en un momento de su vida para sentirse bien y divertirse, para verse integrado en un grupo y “encajar”,  para afrontar sus problemas o para evitar un malestar experimentado, entre otros.

Teniendo esto en cuenta, ¿cuál es entonces la diferencia fundamental entre una adicción a sustancias y una adicción psicosocial? Pues bien, mientras que la explicación en el caso de la adicción psicosocial es enteramente psicológica, en la drogadicción tenemos que tener en cuenta, además de los mismos factores psicológicos que en el caso anterior, el efecto que provoca la sustancia en el organismo. Así, debemos mencionar dos procesos: la tolerancia y el síndrome de abstinencia.

Como es sabido, en toda adicción la tendencia es que el tiempo, la frecuencia y la cantidad de consumo vayan aumentando. De esta forma, en el caso de la drogodependencia no solo opera un proceso llamado habituación, el cual supone acostumbrarse a una determinada estimulación a la que hemos sido expuestos previamente – lo que explicaría, por ejemplo, por qué con el paso del tiempo podemos pasar de comprar un par de camisetas a ocho pares de zapatos en una sola tarde – sino también opera un proceso de tolerancia, que implica que el organismo se adapta a cierta cantidad de sustancia dentro de él necesitando cada vez más – lo que explicaría por qué cuando comenzamos a beber alcohol nos podemos emborrachar con media cerveza mientras que conforme pasan los años necesitamos tres o cuatro para que esto ocurra.

Por otro lado, como también es conocido, se produce un intenso y duradero malestar si el consumo se ve interrumpido. En ambos tipos de adicción se genera un proceso de dependencia psicológica, en el cual se “echa de menos” aquello que se consume y sus consecuencias agradables, generando ansiedad y tristeza – ¿cuántos “echaríamos de menos” nuestro móvil si nos lo retirasen por unos días? Sin embargo, en el caso de las drogodependencias se produce además lo que se denomina síndrome de abstinencia, una reacción física de malestar provocada porque el organismo se ha acostumbrado a funcionar con la sustancia en su interior.

Ahora bien, aún habiendo explicado las diferencias entre ambos tipos de adicciones y resaltado el papel fundamental que tiene el aprendizaje en ellas, todavía podrían surgir muchas dudas en torno a esta problemática, como: ¿cuáles son los factores que hacen más probable desarrollar una adicción?, ¿hay personas más propensas a desarrollarla?, ¿en qué medida es posible solucionar este problema?, ¿es más fácil tratar una adicción psicosocial que una adicción a sustancias?, ¿por qué una persona con esta problemática sigue consumiendo a pesar de que su vida pueda llegar a verse tan gravemente afectada?, ¿todos somos “adictos” a algo? La psicología conoce las respuestas a todas estas preguntas, así que si quieres conocerlas consulta la segunda parte de este post, ¡no te quedes con la duda!

Publicado por Víctor Estal


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20 junio, 2018 Isabel ÁvilaBlog0

La ansiedad es probablemente una de las sensaciones más desagradables que podemos llegar a experimentar y que puede desencadenar un conjunto de síntomas capaces de incapacitarnos interfiriendo de manera perjudicial con nuestro día a día.

Para realizar un manejo adecuado de la ansiedad es primordial tener información: saber qué es y para qué sirve nos va ser enormemente útil para poder afrontarla adecuadamente.

En esta entrada vamos a aclarar algunos de estos puntos.

Primero: es bueno que sea desagradable

La ansiedad es una emoción y como tal tiene una función. Está ahí para algo y ese algo no es ni más ni menos que MANTENERNOS A SALVO. Si no fuera desagradable sentirla, no serviría para nada. Veámoslo con un símil: la sed. Otra sensación muy desagradable. Si no lo fuera ¿por qué nos molestaríamos en beber? Probablemente no lo haríamos y en pocos días moriríamos por deshidratación. De manera que ese malestar que sentimos tiene la misión de informarnos de que nos tenemos que ocupar de algo que puede ser importante para nuestra supervivencia.

Segundo: la ansiedad es una parte del funcionamiento normal de nuestro cuerpo

Cuando nos encontramos con una situación que nuestro organismo considera como una amenaza pone en marcha un “protocolo de emergencia”.

Funciona de manera similar a una alarma anti-robos:

  • Detecta movimiento dentro de la casa cuando estamos de vacaciones.
  • Considera esta situación como una amenaza.
  • Activa un protocolo de respuesta que pone en marcha un conjunto de acciones como la emisión de un fuerte sonido, la comunicación inmediata con la casa de alarmas que decidirá si es una falsa alarma y si no lo es llamará a la policía.

Lo que nuestro protocolo de emergencia pone en marcha son cambios fisiológicos y cognitivos para hacer frente a esa amenaza de una de las dos maneras bien conocidas: lucha o huida. 

Cambios cognitivos (de pensamiento). Cuando se diseñó y construyó este protocolo, en época de nuestros ancestros, el ser humano se encontraba en una posición verdaderamente vulnerable frente a cualquiera de los animales con los que compartía hábitat. Si uno de ellos se encontraba con un león, ¿con qué podía luchar?, ¿con nuestras garras?, ¿nuestros colmillos?, ¿quizá con la fuerza demoledora de nuestros puños?… la lucha no parece una opción. Bien, pues activemos la otra opción y huyamos… ¿cómo?, ¿con nuestra capacidad de alcanzar grandes velocidades?, ¿volando con nuestras alas?, ¿quizá usando la habilidad para cambiar de color y pasar desapercibidos? Es claro que no teníamos opción.

Y llegó un ejemplar humano con una curiosa mutación genética que le tenía todo el día suponiendo que sucederían las peores amenazas y desastres, y traía a la tribu de cabeza, buscando cuevas más seguras, por si acaso, teniendo siempre fuego encendido, por si acaso, preparando herramientas afiladas y entrenando a toda la tribu en su uso, por si acaso, empeñándose en que nadie saliera solo y en que todos aprendieran las señales en el terreno que mostraban que estaban en territorio de leones… por si acaso.

Había otra tribu, en otro punto del planeta, donde no tenían ningún ejemplar con la mutación, por lo que, probablemente, vivían mucho más tranquilos y felices sin preocuparse por nada. No tenemos ningún dato de esta última tribu porque no sobrevivió nadie…

Nuestros ancestros son aquellos que tuvieron una respuesta de ansiedad y que se preocuparon. Y esto forma parte de los cambios cognitivos: centrarse en el problema, en lo que me produce malestar, en lo que podría ocurrir… para tratar de prevenirlo y de estar preparados en caso de que suceda. La función principal de la pre-ocupación es planificar la ocupación.

Cambios fisiológicos: el cuerpo se prepara para luchar o huir. Ambas respuestas requieren de todos los recursos energéticos disponibles para optimizar el resultado. Así, si tengo que huir de un león, o peor, luchar con él, se activará el sistema simpático (una parte del sistema nervioso autónomo) que es el que produce la activación del cuerpo (necesaria para luchar y huir): el corazón aumenta el ritmo y la potencia para tener mayor velocidad de flujo sanguíneo, la sangre se redistribuye para ir a los grandes músculos, la respiración también cambia para que entre más oxígeno a los tejidos necesarios, los músculos se tensan… y ¿de dónde quita el sistema simpático la energía para dársela a este sistema de alerta? pues de aquellas funciones que no son necesarias para la supervivencia inmediata: si tengo delante un león y estoy a media digestión… se corta, ya se digerirá luego. Si tengo el sistema inmune batallando contra el virus de la gripe… se cancela la misión y si sobrevivimos al león ya veremos qué hacemos con eso, si pasa a nuestro lado la persona más bella del mundo no sentiremos atracción porque ¡tenemos un león delante! En fin, el organismo deja de lado todas aquellas funciones que no son absolutamente cruciales en este momento. De ahí que tras periodos prolongados de ansiedad sea habitual que haya problemas de digestión, de corazón (tensión alta, taquicardias…), que haya problemas de sueño, de apetencia sexual,  que nos contagiemos con cualquier virus que haya en el ambiente… 

El sistema nervioso simpático tiene un contrario, el parasimpático, que se ocupa de todas esas otras funciones no inmediatas pero importantes y que incluso repara los “estragos” causados por el simpático. Por eso los ejercicios de respiración, de relajación, el deporte e incluso el sexo, son actividades importantísimas tras periodos de activación, porque ponen en marcha al parasimpático, de manera que puedan equilibrar el organismo deshaciéndose del exceso de activación y promoviendo la recuperación.

La importancia de tener toda esta información es porque uno de los problemas más frecuentes con los que nos encontramos en la práctica clínica es que la ansiedad genera ansiedad, es decir, el protocolo se pone en marcha para tratar de luchar o huir de la propia ansiedad generando un círculo vicioso del que es muy difícil salir ya que desatendemos la información que nos avisa de que hay una amenaza de la que ocuparse, por lo que no solucionamos el problema que hizo que saltase la alarma de modo que ésta seguirá saltando.

En una próxima entrada seguiremos tratando este tema, explorando los diferentes tipos de respuesta que se ponen en marcha. En estas situaciones la Psicología nos brinda las herramientas para romper el círculo vicioso.

Para más información, podéis leer:  “¿Qué es la ansiedad?”

Publicado por Isabel Ávila

 

 


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13 junio, 2018 Aitana SegoviaBlog0

Parte I: Una introducción a la idea de cambio psicológico

“Lo que somos lo sabemos, pero no lo que podríamos llegar a ser”. Desesperada, ya casi en pleno desvarío, Ofelia muestra un instante de lucidez en las palabras que le dirige a Claudio, en el acto IV de Hamlet, que trascienden la reflexión en torno a su propia situación y la de otros personajes, aplicándose a la condición humana. Empujadas por las circunstancias, las personas cambiamos. En el caso de Ofelia, su ingenuidad da paso a un amargo cinismo que, finalmente, precede a la devastación.

Parece más sencillo hallar en el cine y la literatura reflejos del cambio en un sentido destructivo: podemos mencionar la deriva psicológica de Jack Torrance en El Resplandor o de Alekséi Ivánovich, protagonista de la novela dostoievskiana El jugador.

Encontramos, sin embargo, ejemplos opuestos en la fortaleza que una tímida e insegura Andrea va adquiriendo a lo largo de la novela Nada, de Carmen Laforet. En la película La vida secreta de las palabras, los personajes irán poco a poco reconstruyéndose unos a otros hasta concluir, en el caso de los protagonistas, en un horizonte psicológico diferente del que mostraban al comenzar el filme.

No obstante, todos estos ejemplos poseen algo en común: los individuos experimentan un proceso mediado por la exposición a diferentes situaciones que, en muchas ocasiones, no son más extraordinarias que los eventos vitales propios de cualquier existencia. Dicho de otra forma: en la vida ocurren cosas y nosotros vamos cambiando para hacerles frente. A pesar de ello existe la creencia firmemente arraigada en nuestra cultura de que la personalidad es algo muy estable, en esencia, que las personas no cambian.

¿Es esto cierto? ¿No se puede cambiar?

Refiriéndonos exclusivamente a Occidente, ya en la Grecia Clásica aparece la idea del carácter asociado a conducta o hábito en la noción de ethos. En relación al cambio, en El Banquete, Platón habla, a propósito de la inmortalidad, de las variaciones que tienen lugar en el ser humano: “(…) los hábitos, los caracteres, opiniones, deseos, placeres, penas, temores, cada una de estas cosas jamás existen idénticas en cada individuo, sino que unas nacen y otras se destruyen.”; “(…) nunca somos los mismos ni siquiera en lo que respecta a los conocimientos (…)”. El existencialismo, ya en el siglo XIX, comenzó a poner de relieve la importancia de la experiencia en el desarrollo del ser, de los actos y la libertad para llevarlos a cabo, evidenciando una variación dependiente de las diferentes circunstancias.

Sin embargo, la hegemonía del yo como esencia ha sido amplia y aún pervive en nuestra cultura la resistencia a la idea del cambio. Existen, además, mecanismos coherentes con ello de naturaleza puramente conductual, como el coste de respuesta asociado a la ejecución de conductas que no están en nuestro repertorio habitual, si bien el análisis de las mismas no es el propósito de este primer texto.

Lo que también la ciencia sabe, ya desde hace algún tiempo, es que lo que se ha conocido tradicionalmente como personalidad no es en realidad un molde innato, sino un conjunto más o menos heterogéneo de rasgos que vamos adquiriendo gracias, en su mayor parte, a la experiencia. Esto, si profundizamos un poco más, quiere decir que somos la totalidad de nuestras competencias, habilidades: nuestros actos. Comportamientos que siguen un patrón cuya estabilidad, como ahora veremos, muchas veces varía.

Si, por ejemplo, decimos de una persona que es tímida, nos estaremos refiriendo a que, de manera habitual, en la mayoría de situaciones esa persona se comporta de forma tímida: probablemente evita entablar conversaciones con desconocidos, no mantiene el contacto visual o se mantiene callada incluso con personas de su entorno. Imaginemos ahora que, por sus circunstancias vitales, se ve obligada a romper ese patrón: tal vez un cambio en el trabajo le obliga a comenzar a relacionarse con muchas personas; quizá se empareje con alguien a quien le encantan las reuniones sociales. Supongamos que esa persona, a medida que pasa el tiempo, va experimentando cada vez menor dificultad para hacer eso que antes tanto le costaba: se aproxima a la gente con naturalidad, inicia conversaciones, se muestra segura y relajada. Alguien que conozca a la persona de nuestro ejemplo en ese momento, ¿diría que es tímida?

¿Qué ha ocurrido? ¡Hace sólo cinco años no era capaz de pedir algo en una cafetería!

Una adaptación. Un aprendizaje. Un cambio.  

Los seres humanos poseemos un increíble potencial de aprendizaje a lo largo de toda nuestra vida que a menudo pasamos por alto. Esta capacidad nos permite adaptarnos a las situaciones que plantean una novedad, produciéndose en ese proceso cambios más o menos generales en nuestras habilidades, en nuestra forma de estar en el mundo. El yo es un conjunto dinámico de comportamientos -sí, pensar también es un acto, aunque únicamente nosotros lo percibamos-. Y entre esos comportamientos, naturalmente, se encuentran aquellos que son fuente de sufrimiento.

Por ello, ante el escenario de un problema psicológico, una terapia constituye el entorno de aprendizaje óptimo para que se produzca el cambio, ese cambio que sabemos posible y que mediamos y dirigimos de forma minuciosa.

Publicado por Aitana Segovia


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8 junio, 2018 Tauana MatiasBlog1

Todas las personas sentimos miedo en algún momento de nuestra vida; incluso podemos decir que sentimos miedo de forma indefinida a algo, por ejemplo “tengo miedo a volar”, o “tengo miedo a hablar en público”.

Estas afirmaciones hacen que pensemos que el miedo en muchas ocasiones es algo con lo que nacemos o que adquirimos de forma irreversible. Sin embargo, esta es una afirmación incorrecta.

El miedo es una respuesta que aprendemos, es la consecuencia de nuestra interacción con el medio. Si no existiera dicha interacción no aprenderíamos a tener miedo a algo o alguien.  Por tanto, la afirmación correcta es decir que el miedo es una respuesta aprendida, al igual que aprendemos otras conductas como esquiar, montar en bici o nadar.

La diferencia en este caso es que el miedo es una respuesta emocional. Aprendemos a sentirnos de una forma concreta ante un estímulo concreto. Este estímulo puede ser una cosa, una situación o una persona, como por ejemplo un avión, hablar en público o a un profesor.

¿Cómo aprendemos a tener miedo?

El aprendizaje del miedo se puede dar por diferentes causas:

  • Se puede dar por una asociación de estímulos: esto quiere decir que un estímulo que en principio no nos generaba una respuesta emocional concreta, por asociarse, es decir, unirse a otro estímulo que sí la generaba hace que empiece a producir la misma respuesta en la persona.

    Volviendo al ejemplo del avión: yo no nazco teniendo miedo a volar, sino que lo más probable es que en una de las interacciones que he tenido con el avión (una de las veces en las que volé), se dieran unos factores que hicieron que sintiera esa respuesta, que a su vez ya era aprendida (por ejemplo: el vuelo fue complicado, hubo muchas turbulencias….).

    Esta asociación ha hecho que el avión, que era donde me encontraba mientras sentí esas emociones, se asociara a los estímulos que la provocaron, haciendo que ahora sea el propio avión lo que elicite la respuesta de miedo sin la necesidad de esos estímulos (mal vuelo, turbulencias).

  • Tenemos que decir que el miedo no solo se da por asociaciones “simples”, sino que muchas veces también interfieren nuestros pensamientos. Por ejemplo; la próxima vez que vaya a montar en un avión, pensaré que voy a encontrarme con la misma situación y que lo pasaré muy mal, aumentando así la respuesta de miedo.
  • Por otro lado, también podemos aprender a sentir miedo sin haber experimentado la situación, es  decir, por medio de un aprendizaje vicario o por observación.
    Esto se da cuando observamos cómo otra persona reacciona a una situación o estímulo sintiendo dicha emoción. Si seguimos con el ejemplo del avión, yo puedo aprender a sentir miedo a subir a un avión, viendo películas donde suceden accidentes aéreos, recordando aquellas noticias sobre accidentes que se han ido produciendo a lo largo de nuestras vidas o porque un familiar o amigo me cuenta sus experiencias negativas en un avión.

    Aunque podemos aprender a sentir miedo de diferentes formas, lo importante es saber que el miedo es aprendido y por tanto también se puede desaprender, aprendiendo a sentir otras emociones más ajustadas a esas situaciones, personas o cosas.

¿Cómo vencer al miedo?

  • El primer paso para ello es darnos cuenta justo de eso, de que tenemos el poder de aprender a dejar de sentir miedo. Podemos dejar de sentir miedo al avión, a hablar en público, a ciertos animales (las conocidas fobias) e incluso aprender a dejar de sentir miedo a situaciones sociales que nos puedan generar emociones negativas y desajustadas, que hacen que no podamos enfrentarnos a esas situaciones como nos gustaría.
  • El segundo paso será descubrir qué ha causado este aprendizaje y qué variables pueden estar influyendo y afectando en éste, como por ejemplo, los pensamientos que podamos estar experimentando o qué cosas estamos haciendo mal para continuar con la respuesta del miedo.
    Es importante saberlo, ya que cómo nos comportamos cuando sentimos miedo es parte del mantenimiento del mismo: si cuando siento miedo decido evitar o escapar de la situación, persona o cosa que me genera ese miedo, lo que estoy haciendo es mantener o incluso aumentar el miedo al no enfrentarme a él, ya que cada vez que no lo hago confirmo mi hipótesis y por tanto mi emoción se hace aún más estable e intensa.
  • El tercer paso será tomar la decisión de cambiar ese miedo, y eso se hará cambiando nuestro comportamiento.
    De nosotros depende ese cambio, por tanto, la única pregunta que nos tenemos que hacer es ¿queremos superar el miedo?
    Está en nuestras manos conseguirlo, cambiando los comportamientos que hacen que éste se mantenga.
    Si vemos que solos no somos capaces de enfrentarnos a ello, lo mejor es pedir la ayuda a un buen profesional.

Publicado por Tauana Matias


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30 mayo, 2018 ÌtacoBlog0

 

El Instituto Terapéutico de Análisis de la Conducta, ÍTACO Psicólogos, es un centro de psicología con un recorrido de casi diez años en el ámbito sanitario caracterizado por un firme compromiso con la psicología científica, lo que se traduce en una práctica clínica transparente y objetiva. Ello nos lleva a establecer unos criterios exigentes respecto a la orientación teórica de nuestros terapeutas y, al mismo tiempo, a participar de las investigaciones más recientes en clínica con el fin de ofrecer los mejores servicios de atención psicológica y formación

Este compromiso con la adecuación a los cambios se extiende a las nuevas tecnologías, desde nuestra oferta de terapias online a la renovación de nuestras redes sociales, a través de las que queremos permanecer en contacto con vosotros.

Por ello os presentamos a continuación nuestra nueva página web, en la que podréis encontrar:

  • Nuestros servicios de atención psicológica para adultos, adolescentes y niños;
  • Información sobre nuestro equipo, integrado por profesionales ampliamente formados en elanálisis de la conducta y con vocación investigadora;
  • Formación, tanto para profesionales como para personas sin conocimientos en psicología que deseen adquirir competencias específicas-gestión del estrés o aspectos de la educación infantil;
  • Novedades recién incorporadas, como los servicios de atención psicológica en otros idiomas o los ya mencionados de terapia online,
  • nuestro blog, en que podréis encontrar información relativa a diversos problemas psicológicos, procesos de aprendizaje y últimos avances en investigación, así como temas de actualidad desde la óptica del análisis de la conducta.

Si queréis tener toda la información sobre las novedades seguidnos en nuestras redes sociales, Facebook, Twitter e Instagram y, si deseáis contribuir a ampliar la psicología de calidad, ¡compartidnos!

 ¡Nos vemos en las redes!

   

El equipo de ÍTACO Psicólogos


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9 mayo, 2018 ÌtacoBlog0

Las fobias son uno de los problemas de ansiedad más extendidos en nuestra sociedad actual. Es un tipo de trastorno de ansiedad aprendido y asociado a situaciones u objetos que son interpretados irracionalmente como amenazantes, cuando en realidad no suponen ningún peligro para la persona.

Si nos ceñimos a su definición específica según el Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales (DSM-IV), una fobia es un tipo de trastorno de ansiedad que se caracteriza por un miedo intenso, irracional y desproporcionado ante objetos o situaciones específicas.

Es importante recalcar aquí que la ansiedad en sí misma es una respuesta adaptativa de supervivencia, presente en nuestro repertorio comportamental y necesaria para mantenernos alerta y protegernos de posibles peligros o amenazas. Por ejemplo, si en este mismo instante un león gigantesco apareciera por la puerta, nuestra respuesta automática y defensiva sería la huida, así como una activación fisiológica intensa (aceleración del ritmo cardíaco, aumento de la presión sanguínea y de la tensión muscular…etc.).

Sin embargo, cuando la respuesta de ansiedad empieza a aparecer ante estímulos no amenazantes y se mantiene en el tiempo (se da un aprendizaje, puesto que dichos estímulos no resultan amenazantes para todo el mundo), estaríamos ante una fobia irracional.

Ante esta situación, la persona comienza a evitar sistemáticamente cualquier situación que le provoque ansiedad, adquiriendo así estrategias de afrontamiento de tipo evitativo, que aunque a corto plazo funcionan (reducen mi ansiedad y me alivian), mantienen la problemática en el tiempo. El “miedo a tener miedo” se convierte en mi modus operandi.

tipos de fobias: fobias acrofobia

Más de 250 tipos de fobias

En la actualidad existen más de 250 tipos de fobias conocidas. Se calcula que el 7% de la población mundial padece algún tipo de fobia, es decir, una de cada 20 personas, de acuerdo con la Organización Mundial de la Salud (OMS), siendo más frecuentes en mujeres que en varones.

En general podemos dividir los tipos de fobias en dos grupos diferenciados: las fobias específicas (a situaciones u objetos concretos) y las fobias sociales (a situaciones o eventos sociales de diversas características), siendo las primeras más frecuentes.

Las 10 fobias más comunes

Aunque es complicado hacer una clasificación exacta sobre las 10 fobias más frecuentes (ya que varían en función de variables como el sexo y la edad;  por ejemplo, los adolescentes padecen más fobias de tipo social que  los adultos), podríamos decir que las 10 fobias más comunes son:

  1. Aracnofobia (fobia a las arañas). Es la fobia más frecuente y extendida, con una incidencia del 33% de la población.
  2. Ofidiofobia o herpetofobia (fobia a las serpientes). Ocupa el segundo lugar, aunque en muchos de los casos no llega a ser realmente limitante debido al poco contacto con estos animales en nuestro día a día.
  3. Brontofobia o astrafobia (fobia a fenómenos naturales). Miedo intenso a los truenos, rayos, tormentas,… con un 15% de incidencia. Puede llegar a ser muy limitante si la persona condiciona su comportamiento en función del tiempo (ej. no salir de casa o planificarse en función del parte meteorológico).
  4. Tripanofobia (fobia a las inyecciones) o la también relacionada Hematofobia (fobia a la sangre o a ver heridas).
  5. Claustrofobia (fobia a los espacios cerrados). Como ascensores, metro, atascos, centros comerciales… Incluso ante puertas giratorias. Es una sensación de miedo intenso y ansiedad ante la imposibilidad de salir de un lugar.
  6. Dentofobia (fobia al dentista). Incluso escuchar o planificar una cita puede disparar los niveles de ansiedad de forma desproporcionada.
  7. Aerofobia (fobia a volar en avión). Es unas de las más comunes, pudiendo llegar a aparecer los primeros síntomas de ansiedad incluso semanas antes del viaje. Este tipo de situación podría suponer un peligro justificado, si no fuera porque está comprobado que la probabilidad de morir en un accidente aéreo es de 1 entre 11 millones, de ahí que hablemos de una fobia irracional.

tipos de fobias: aerofobia

  1.  Acrofobia (fobia a las alturas).No se trata sólo de una sensación de vértigo real, sino de una respuesta de miedo intenso ante situaciones cotidianas carentes de peligro, como asomarse a un balcón o subirse a una escalera.
  2.  Cinofobia (fobia a los perros). No necesariamente por una experiencia negativa con estos animales, puede desarrollarse igualmente este miedo irracional.
  3. Agorafobia (fobia a los espacios abiertos). Lo contrario a claustrofobia, miedo intenso a          alejarse de casa o de nuestro espacio de seguridad, por miedo a padecer un episodio de pánico y no pueda recibir ayuda.

Otras fobias comunes que no se reflejan en esta lista, serían por ejemplo la Escotofobia o fobia a la oscuridad(en niños suele ser evolutivo, sin embargo también aparece en adultos); la Necrofobia o fobia a la muerte (es instintivo de nuestra especie, puesto que es algo inevitable, pero en algunas personas llega a ser muy limitante); la Glosofobia o fobia  a hablar en público…etc.

También existen fobias menos frecuentes o extendidas, las llamadas fobias raras, cuyo contenido específico puede llegar a ser la mar de diverso. Aquí os dejamos algunos ejemplos.

  1. Tripofobia (fobia a los agujeros o cavidades)
  2. Fagofobia (fobia a tragar)
  3. Catisofobia (fobia a sentarse)
  4. Tetrafobia (fobia al número 4)
  5. Caliginefobia (fobia a las mujeres hermosas)
  6. Sonmifobia (fobia a dormir)
  7. Coulrofobia (fobia a los payasos)
  8. Omfalofobia (fobia a los ombligos)
  9. Pogonofobia (fobia las barbas)
  10. Hipopotomonstrosesquipedaliofobia (fobia a las palabras largas)

tipo de fobia: somnifobia

¿Se pueden “curar” las fobias?

Independientemente del contenido, las fobias pueden tratarse sin problema desde la terapia cognitivo-conductual, con un porcentaje muy elevado de éxito.

De hecho, es una de las demandas más frecuentes en terapia, como consecuencia de la limitación que supone a veces para la persona en su vida cotidiana.


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