hal-gatewood-569092-unsplash-1200x796.jpg

13 marzo, 2019 Concha SerradorBlog2

El mundo de la paternidad o de la maternidad es a veces vertiginoso, vamos aprendiendo paso a paso pero siempre hay dudas acerca de si lo estamos haciendo bien o mal. ¿Tendré que ponerle los dibujos en inglés para que aprenda ya? ¿Le apunto a otra actividad extra escolar o ya tiene suficientes? ¿Esta cantidad de comida será suficiente? ¿Le estaré enseñando a comer bien? Estas y otras preguntas son las que pasan a diario por nuestra cabeza al decirles “no” a algo, al apuntarles a alguna actividad o al verles comer.

En el blog de hoy, vamos a explicar algunas pautas para enseñar a comer a los niños de forma adecuada.

  • Modelado: “Haz lo que quieres que hagan” Somos un modelo para nuestros hijos, imitan nuestras palabras, nuestros movimientos…en definitiva, imitan nuestro comportamiento. Por ello, para enseñarles a comer saludable, nosotros vamos a tener que comer saludable en su presencia. Si quiero que mi hijo aprenda a comer lentejas, pescado… entonces, yo también tengo que comer este tipo de alimentos delante de él.

Foto de Oh.mamiblue

  • ReforzamientoPremiar una conducta” Para que aumente una conducta ésta tiene que tener una consecuencia positiva. Sin embargo, tenemos que evitar premiar con comida que no queremos que coman tan a menudo, como por ejemplo premiar con golosinas, dulces o postres llenos de azúcar. Por ejemplo, decirle: “Si comes 3 cucharadas más de lentejas hacemos tu puzzle favorito juntos” es mejor que decirle “si te comes todo el plato te doy las natillas de postre
  • Condicionamiento aversivo: “Qué asco la coliflor”. Los niños están expuestos a lo que decimos y hacemos, y, como decíamos anteriormente, siempre están imitando nuestro comportamiento. Si a mí no me gusta la coliflor y cada vez que la veo digo que está asquerosa, es posible que mi hijo aprenda a asociar la coliflor con algo negativo. Hay que tener cuidado con las palabras que elegimos para hablar de los alimentos delante de ellos, aunque algo no nos guste tenemos que tratar de modular nuestro lenguaje referente a la comida.
  • Control de estímulos “Si no lo tengo, no lo como” En ocasiones, tenemos hambre, vamos a la cocina y cogemos una fruta, pero… justo al lado tenemos una bolsa de patatas fritas que compramos el fin de semana. Foto de Oh.mamiblueFinalmente, tras dubitar un rato, dejamos la fruta y comemos las patatas fritas. ¿Por qué hemos acabado comiendo esto? Una de las razones es porque lo tenemos a la mano. Si solo hubiésemos tenido la fruta, y para comer las patatas tenemos que salir a la calle a comprarlas, es menos probable que hubiésemos elegido las patatas. En el caso de los niños, si tienen golosinas, dulces y gusanitos a su vista y al alcance de su mano, seguramente lo pidan o no quieran comer la fruta de merienda pero sí quieran merendar unas golosinas. Si aprenden a que ese tipo de dulces no están en casa, y por tanto, en casa no se comen este tipo de alimentos, la respuesta de pedirlo descenderá y por tanto la respuesta de comerlo también.

Foto de Oh.mamiblue

 

 

Nota: Siempre es recomendable acudir a un profesional para que nos pueda guiar acerca de la alimentación de nuestro hijo (qué alimentos puede o no comer, cuál es la cantidad adecuada a su edad o periodo de crecimiento…), así como acudir a un profesional de la psicología para que nos pueda hacer un análisis funcional específico de las conductas de alimentación problemáticas y programe una intervención adecuada y eficaz.

Referencias:

Martin. G y Pear J. (1999) Modificación de conducta. Qué es y cómo aplicarla. Madrid: Prentice Hall.

Peine, H.A. y Howarth, R. (2002). Padres e hijos: problemas cotidianos de conducta. Madrid: siglo XXI

Escrito por Concha Serrador

Para leer más sobre comportamiento infantil:

Padres e hijos: Dificultades de comportamientos más habituales


glenn-carstens-peters-207729-unsplash-1200x792.jpg

7 marzo, 2019 Isabel ÁvilaBlog1

J. va al concierto de su cantante favorita. Siempre la ha visto en directo pero desde hace 3 años no tocaba en su país. Tiene unas ganas increíbles de que llegue el día, se sabe todas las canciones, se ha comprado ropa para la ocasión y ha quedado para hacer noche en la entrada y tener un buen sitio cerca del escenario. Cuando llega a la puerta se encuentra con que ha venido alguien más: una tal R., amiga de una amiga, que siempre ha querido ir a un concierto de esta cantante pero no había podido. R. está tan emocionada como J. y desde que les presentan no paran de hablar sobre cada tema, cada vídeo, de cómo tal canción supera a cualquier otra… Horas después empieza el concierto, con una puesta en escena espectacular, suenan todos los grandes temas y J. y R. disfrutan como nunca.

Llegan a sus respectivas casas y se dan cuenta de que no sólo han estado en el mejor concierto de la historia sino que en él han conocido probablemente al amor de su vida, porque esa forma de conectar, de estar de acuerdo en todo y de tener una sensación tan intensa al lado de alguien, que más que mariposas parecen jabalís, eso, eso tiene que ser Amor Verdadero.

J. y R. quedan unos días después a solas para cenar. Al principio se dedican a hablar del concierto y la emoción vivida. Después, de la vida. A qué se dedican, qué cosas quieren, qué cosas les gustan. Una velada… agradable. Y vuelven a sus respectivas casas con una sensación de desencanto. No son tan “almas gemelas” como parecía pero no es sólo eso. Podrían estar en desacuerdo en algunos temas siempre y cuando aquella sensación intensa del primer día hubiera permanecido. Pero a lo largo de la cita los jabalíes se tornaron mariposas que fueron escapándose poco a poco entre frase y frase.

¿Y la magia? ¿Y el amor?

Reflexionan por separado.

J. resuelve que el amor es efímero y nada se puede hacer para mantenerlo vivo ya que las emociones son ajenas a nuestro control.

R. llega a la conclusión de que su tendencia enamoradiza y romántica le juega siempre malas pasadas y que jamás encontrará a la persona capaz de mantener viva esta llama ya que ella no tiene lo necesario para enamorar de verdad a otra persona.

Y con estas reflexiones y de manera lógica, J. y R. No vuelven a verse. Jamás.

Pero

¿Es eso lo que ha pasado?

Veamos lo sucedido colocándolo en una secuencia de respuestas:

Emoción intensa – interpretada como “amor verdadero” – les lleva a quedar para nueva cita – emoción menos intensa – interpretada como fin de ese amor – y el comportamiento que sigue es el de no volver a verse.

Y pasan más cosas ya que hacen interpretaciones secundarias referidas a qué es y qué no es el amor,  a qué son y cómo funcionan las emociones y a las propias capacidades para amar y ser amada.

Pero.

¿Y si se equivocan? ¿Y si están perdiendo la oportunidad de conocer a alguien con quien formar una pareja maravillosa? Nunca lo sabremos. Lo que sí sabemos es que la manera en que se han dejado llevar por sus sensaciones e interpretaciones no es acertada.

Las emociones son respuestas psicofisiológicas, es decir, tiene una parte fisiológica -la sensación que notamos en el cuerpo, “las mariposas”- y una psicológica -la interpretación que hacemos de dicha sensación-. La interpretación que hagamos dependerá de varios factores, unos referidos a la historia de la persona – en qué otras ocasiones he sentido esto, con quién estaba, qué pasó, etc- y el contexto en que se da esa sensación.

No conocemos las historias previas de J. y R. pero sí tenemos datos sobre el escenario en que se dieron los hechos: concierto, cantante favorita, luces, música… todo un conjunto de estímulos que hizo que prácticamente cualquiera que estuviera allí sintiera una activación fisiológica, en principio evaluada como agradable -por eso vamos a estos eventos-, mariposas, aceleración de ritmo cardíaco, hormigueos… todas esas sensaciones que se parecen mucho a las que sentimos delante de alguien que nos atrae. De manera que J. y R. se atraen y coincidieron en algunos temas mientras estaban a la espera y en el concierto, por lo que “se suman” las dos activaciones -atracción y concierto- e interpretan que toda la activación se debe a la otra persona por lo que malinterpretan más atracción de la que hubo y al verse en una situación más relajada y con un nivel de activación menor malinterpretan que no hay atracción ninguna. (Además del resto de reflexiones erróneas que hacen)

Así un encuentro casual que podría haber desembocado en una relación interesante no llegará a nada porque en realidad conocemos muy poco acerca de qué son las emociones, de cómo funcionan o de qué podemos hacer para no estar a la deriva de los que sentimos sin saber muy bien por qué.

La Psicología estudia éstas y otras respuestas de las personas precisamente para entender por qué y para qué hacemos/pensamos/sentimos como lo hacemos y qué podemos hacer para cambiarlo si es que no estamos satisfechos o si queremos mejorar, alcanzar nuevos objetivos o, como mínimo, dejar de sufrir.

Uno de los trabajos más conocidos sobre este tema lo realizaron Dutton y Aron en 1974. Llevaron a cabo un experimento que voy a resumir brevemente. Un grupo de hombres heterosexuales tenían que realizar una entrevista sobre un paisaje con una mujer atractiva. Para realizarlo utilizaron 2 puentes: el primero de ellos era bastante seguro y el segundo fue construido con madera y cuerdas en 1889, mide 137 m., tiene una caída de 70 m. y se balancea mucho con el viento. Los participantes tenían que cruzarlos y al final estaba la entrevistadora. Ella les preguntaba y después les daba un número teléfono para que llamaran si querían consultar o añadir algo. Los hombres que habían cruzado por el puente inestable llamaron más y con claras intenciones románticas, además de usar más términos emocionales en las descripciones de paisajes. Los del puente estable, por el contrario, hicieron descripciones mucho menos emocionales y prácticamente no llamaron.

Si imaginamos las sensaciones que tendríamos al cruzar un puente de aquellas características ¿qué sentimos? ¿palpitaciones? ¿sudor? ¿aceleración de la respiración y el ritmo cardíaco? Y ¿no se parece mucho a lo que sentimos cuando estamos delante de alguien que nos atrae? Y más aún ¿qué cantidad de sensaciones puede que hayamos malinterpretado hasta ahora? 

 

 

 

 

 

Escrito por Isabel Ávila

Para leer más sobre emociones: https://www.itacopsicologos.es/por-que-la-musica-nos-hace-sentir/


adi-goldstein-339915-unsplash-1200x800.jpg

27 febrero, 2019 Víctor EstalBlog0

“¿Cómo soy capaz de decirme estas cosas?”; “Nadie me trata peor que yo”; “Yo no le diría esto nunca a ninguna otra persona”; “Soy demasiado duro/a conmigo mismo/a”…

Estas frases son algunos ejemplos de pensamientos que podemos tener cuando somos conscientes de nuestra manera habitual de referirnos a nosotros mismos y lo que hacemos: la crítica. Pero, ¿por qué nos criticamos a nosotros mismos? ¿Cuál es el motivo por el que nos llegamos a hacer tanto daño? ¿Acaso somos “masocas”?

Entender por qué nos llegamos a criticar tan duramente es el primer paso para cambiarlo. Como ya hemos comentado en posts anteriores, las personas no “damos puntada sin hilo”, es decir, por muy increíble que parezca, si mantenemos un comportamiento (como el de criticarnos a nosotros mismos) es porque nos reporta algún beneficio. ¿Qué tipo de beneficio?

Imaginaos por un momento que una persona continuamente dice de sí mismo/a que es “un/a maldita vago/a”, porque en numerosas ocasiones posterga sus tareas académicas, del hogar, etc. ¿Qué le aporta decirse eso en el momento en el que se ha ido a la cama sin hacer dichas tareas? Lo que esa persona está haciendo es hacerse sentir mal por ello, lo que le lleva a crear un clima negativo que haga más probable que al día no vuelva a caer en lo mismo: si mañana hace las tareas se dejará de sentir mal.

Las personas hemos aprendido que hacernos sentir mal por lo que hacemos (o no hacemos) a veces funciona, es decir, a veces nos ayuda a cambiar y conseguir nuestras metas (por ejemplo, estudiar u ordenar la habitación). Sin embargo, esta forma de motivarnos tiene dos problemas. El primero de los problemas es el más evidente, y es que crear un clima emocionalmente negativo hace que nos sintamos mal, que vivamos angustiados y, además, acabemos sobredimensionando y exagerando las cosas y tengamos una imagen negativa y distorsionada de nosotros mismos. El segundo es que, aunque a veces funciona, otras muchas no. Todos tenemos la experiencia de que al final decirnos este tipo de cosas al final no llevan a ningún cambio real, es decir, mantenido en el tiempo. De hecho, nos acabamos refugiando en la crítica, porque a corto plazo es más cómoda que emprender y mantener dicho cambio.

¿Cómo podemos dejar entonces de criticarnos tan duramente a nosotros mismos?

  1. Entender por qué nos criticamos: Criticarnos es un hábito, lo hemos aprendido. A veces, incluso, nos lo han enseñado. A cuántos/as nos han dicho “anda, vago/a, ponte a estudiar” o “tienes que ir al gimnasio, que vas a echar unas cartucheras…”. Pero hay aprendizajes que son como un dibujo, podemos borrarlos y empezar de nuevo. El cambio es posible.
  1. No todo lo hacemos mal: No podemos emprender un cambio (por ejemplo, ser más constante con nuestras obligaciones o adelgazar) si antes no valoramos lo que ya estamos haciendo. Por estadística, algo estamos haciendo bien y nunca debemos perderlo de vista (algo es mejor que nada).
  1. Analizar nuestras condiciones: sin ánimo de ofrecer una visión decadente del mundo, vivimos en una sociedad donde trabajamos mucho y tenemos poco tiempo para el ocio y el descanso, donde la comida poco saludable goza de gran publicidad y márquetin y el acceso a ella es muy sencillo, etc, etc. Es fácil entonces que no nos apetezca seguir trabajando después de 8 horas de jornada o que nos comamos un par de chocolatinas una mañana. No podemos aislarnos del contexto en el que vivimos, por eso debemos normalizar lo que podemos llegar a hacer.

 

 

  1. Comenzar a hablar en términos concretos: a veces analizamos lo que ocurre en términos generales. Nos llamamos “vagos” o “gordos”, cuando sería mucho más correcto decir “hoy no he terminado el informe que tenía que final hoy” o “mi IMC es de 25”.  Si hablamos en términos concretos sabremos qué queremos cambiar.
  1. Anticipar lo que conseguiremos con el cambio: En vez de criticarnos por lo que hemos hecho o dejado de hacer, podemos empezar de cero anticipando las consecuencias positivas de lo que nos gustaría empezar a hacer. Es decir, si hoy no he estudiado lo que debería, en vez de llamarme “vago/a”, podría anticipar que si mañana estudio una hora me acabaré sintiendo bien y llevaré mejor el examen.
  1. Reforzarnos por aproximaciones a la meta: No podemos pasar de 0 a 100. Debemos valorar cada vez que hacemos un esfuerzo y conseguimos hacer algo encaminado a conseguir nuestra meta final. Si, por ejemplo, nuestra meta es empezar a comer más sano, reconoceremos y apreciaremos cada gesto que suponga introducir un alimento saludable a nuestros hábitos.  

 

A veces somos nuestra propia policía, continuamente estando pendientes de qué hacemos o dejarnos de hacer, dispuesto a juzgarnos y recriminarnos lo que hacemos. 

Pero ya hemos visto que lo contrario a la crítica no es cruzarse de brazos, ni tampoco hace falta que nos digamos “cosas bonitas” todo el rato. Si queremos cambiar tenemos que hacerlo desde la calma, sin juzgarnos, reforzándonos por los progresos que vamos consiguiendo poco a poco en una sociedad o circunstancias personales que no nos lo suelen poner fácil. La policía esta para protegernos, o así al menos debería ser.

 

Escrito por Víctor Estal


a.jpg

13 febrero, 2019 ÌtacoBlog0

El origen de la tan popularizada celebración en nuestros días de San Valentín o El día de los enamorados se remonta al siglo III en el imperio romano. Cuenta la leyenda que emperador Claudio II durante su gobierno en Roma prohibió el matrimonio a los jóvenes con el fin de preservar mejores soldados solteros. Tras ello, un sacerdote llamado San Valentín, que consideró injusta la medida, siguió oficiando matrimonios en secreto. San Valentín fue encarcelado y un 14 de febrero ejecutado. Desde entonces, y sobre todo en la Edad Media, este día se caracteriza por un intercambio de diferentes declaraciones de amor: cartas, flores, bombones…

¿Qué sería del sacerdote San Valentín en nuestros días?

Aunque a día de hoy San Valentín sea una de las fechas más celebradas, la forma de entender y de actuar en este día ha cambiado radicalmente desde sus orígenes. En un mundo donde uno de los grandes avances como sociedad es tener la opción de vivir maximizando nuestro bienestar en la medida de lo posible, muchas veces en detrimento de lo que se espera de nosotros en muchos sentidos, hace que la forma de vivir y entender las relaciones humanas haya cambiado por completo. En nuestros días, si una persona tuviera que ser recordada lo sería por abogar por la libertad de elegir cómo plantear una pareja en relación con los deseos y necesidades personales y no por oficiar matrimonios en secreto. Sin embargo, a pesar de todos los cambios tanto a nivel individual como sociedad, es un hecho que el 14 de febrero sigue siendo una fecha que aunque no sea celebrada por todos, no pasa desapercibida para (casi) nadie.

Cartas de amor, ramos de flores y cenas románticas.

Como en muchos otros ámbitos de nuestras vidas, obtenemos gran parte de información sobre lo que se espera de nosotros observando qué es lo que hace el resto de personas que nos rodean. En cuanto al día de San Valentín, desde nuestra infancia estamos expuestos a películas, series e incluso revistas en las que aparecen conductas asociadas a esta fecha. “Cómo sorprender a tu pareja en San Valentín”, “Haz que este día sea recordado para siempre”, “Recuérdale a tu pareja lo mucho que la quieres con estas 12 ideas”. Además, aunque la forma más habitual de celebrar San Valentín sea en pareja, no se considera necesario tener una relación con alguien para sorprender o que te sorprendan con la excusa de ser un día tan señalado. Normalmente, estamos acostumbrados a que las personas que tienen pareja hagan algo diferente a su rutina como salir a cenar a un maravilloso restaurante, aparecer por sorpresa con un ramo de flores o incluso obsequiar con algo material que le guste a la otra persona: desde unos zapatos a un viaje. Sin embargo, aunque pueda resultar agradable formar parte de la excepción que supone celebrar este día y hacer algo diferente con tu pareja, el hecho de que el 14 de febrero sea tan conocido por todos y tenga unas actitudes y conductas tan típicamente asociadas a él, puede hacer que muchas parejas se vean abocadas a tener un detalle para confirmar que quieren a la otra persona y no porque les apeteciera realmente. Por otro lado, la persona que lo recibe, también presa del hábito y expectativas a ese día, al recibir un regalo podría plantearse “¿Lo hace porque me quiere o porque si no lo hace soy yo quien asume que no me quiere?”. Todo lo anterior desdibuja completamente la genuina intencionalidad y elimina el factor sorpresa que tanto valor añade al hecho de alguien que nos importa tenga un detalle con nosotros el día menos pensado.  

 

14 de febrero: 1 día de 365

Como toda tradición, San Valentín tiene reservada su fecha en el calendario pase lo que pase. Sin embargo, no hay que olvidar que, aunque todo el contexto estimular intente hacernos pensar lo contrario, el 14 de febrero es un día más de los 365 días del año. Es decir, teóricamente, nos tendrían que seguir generando bienestar las mismas acciones, gestos y detalles que en cualquier otro día. Sin embargo, el hecho de que exteriormente estemos rodeados de señales que nos hagan plantearnos cosas del tipo: “Es 14 de febrero y estoy solo”, “Qué será de mi ex pareja hoy”, “Un día como hoy y yo teniendo un día normal”, “Otro año más en el que no tengo pareja para celebrar este día” puede hacer que se presenten emociones muy negativas que hagan de este día un infierno (todo lo contrario con respecto a la intención inicial de nuestros antepasados).

 

Redefiniendo San Valentín ¿Qué me hace feliz a mi?

Aunque muchas parejas puedan salir mal paradas de este día dudando si el detalle de su pareja ha sido genuino o sintiéndose mal tanto por sentirse obligados a tener que hacer algo excepcional o porque su pareja no ha llegado a sus expectativas, lo más habitual es que las personas que no tienen pareja sean las que peor suelen sentirse en este día tan señalado. Y, aunque un gran parte de la carga que sienten tenga que ver con estímulos externos, como en casi toda situación por desagradable que sea, podemos hacer cosas para no sentirnos tan mal o, mejor aún, para hacer del 14 de febrero un día genial sin la necesidad imperiosa que nos impone la sociedad de tener pareja:

  • No te compares. Los seres humanos tenemos la habilidad, muchas veces en nuestra contra, de enlazar estímulos de diferentes cualidades: desde un evento físico (ej. un cartel del día de los enamorados) a una serie de pensamientos que a su vez enlazan con otros (ej. “Hoy no tendré nadie con quien celebrar este día, siempre estaré solo…”). Por nuestra condición de seres sociales, es habitual que toda esta cadena de pensamientos tengan que ver con comparaciones tanto con las personas con las que nos rodean, como con nosotros mismos en una época anterior (buscando en el baúl de los recuerdos, cualquier tiempo pasado nos parece mejor pero no tiene por qué serlo, simplemente traemos al presente solamente la parte positiva). Por ello, es muy importante que tengas en cuenta que en este día, al estar presentes tantos estímulos que indican que es una fecha especial, sea más probable que tengan lugar dichas comparaciones. Estate atento a todas las trampas que puede que te tienda tu cabeza en este día tan señalado y córtalas cuanto antes.
  • Dale el valor que tú consideres al 14 de febrero. Las personas nos sentimos más o menos felices o tristes en la medida en que las personas, situaciones o circunstancias con las que vivimos o nos relacionamos nos resulten más o menos cercanas y relevantes. Por ello, en vez de adoptar automáticamente que por norma el 14 de febrero tiene que ser necesariamente un día a recordar, haz el esfuerzo de reflexionar si el hecho de que se den o no todos los acontecimientos que nos dicta la sociedad, es para nosotros motivo de malestar o estamos adoptando una medida que no encaja con nosotros mismos.
  • Diseña un 14 de febrero a tu manera. Es indudable que nuestro estado de ánimo depende en gran parte de las actividades que nos reportan bienestar. Por ello, es muy importante que en la vida que decidamos vivir, haya reservado un espacio para poder dedicarnos únicamente a disfrutar. Sin embargo, en contra de lo que se suele pensar, no tenemos que esperar a tener tiempo o a que alguien nos brinde la oportunidad de hacer algo que nos guste sino que tenemos que darle la misma prioridad que al resto de responsabilidades de nuestro día a día. Por lo tanto, si el 14 de febrero es un día caracterizado por realizar actividades que suelen reportar bienestar o es la excusa para permitirnos un capricho, tienes la oportunidad de hacerlo sin que se relacione con la necesidad imperiosa de tener pareja y de recibir un detalle por su parte. Piensa en los planes que tienes en el tintero y nunca haces o en los caprichos que finalmente nunca te das y haz una excepción para mejorar tu bienestar.
  • Piensa en todas las relaciones de calidad con las que cuentas y hazles saber lo agradecido que te sientes. Aunque San Valentín desde sus inicios se haya asociado solamente con relaciones típicamente de pareja, cada vez es más habitual empezar a abrir el abanico y situar con la misma importancia o incluso más otro tipo de relaciones tan valiosas como la pareja: amigos, familia, compañeros de trabajo etc. Tómate un momento para pensar en las personas que te rodean y aprovecha la excusa de que el 14 de febrero es un día para hacer declaraciones de amor para poder agradecer y celebrar todas tus relaciones a tu manera. En vez de adoptar lo que está establecido y más típicamente asociado con relaciones de pareja (flores, bombones, cartas de amor…), utiliza los recursos que mejor se adapten a ti para hacerles saber a dichas personas el bienestar que te generan. Para mantener relaciones de calidad, es igual de importante disfrutarlas en el momento como hacerles saber a dichas personas lo bien que te sientes cuando actúan contigo de la manera en que mejor te hacen sentir.

 

Escrito por Carolina Trujillo


gades-photography-761358-unsplash-1200x801.jpg

6 febrero, 2019 Aitana SegoviaBlog0

La dimensión temporal ha constituido para la humanidad, desde sus inicios, una fuente de fascinación, investigación y retos. La percepción relativa del tiempo, de su avance, depende estrechamente de nuestra consciencia, de nuestra atención y percepción y, por ende, de la respuesta emocional asociada a las vivencias experimentadas. Es común identificar fácilmente la diferencia entre diversos momentos en función del disfrute que estemos experimentando – la familiar sensación de que algo “se me hizo cortísimo” frente al “pensé que no acabaría nunca”.

En este marco relativo se desarrolla nuestra vida: a pesar de conocer su naturaleza inaprensible, tratamos constantemente de manejar el tiempo. Con la imaginación viajamos al pasado y al futuro, planteamos objetivos en distintos plazos y materializamos actividades en el momento que percibimos como real para poder alcanzarlos. Deseamos, en ocasiones, alargar el tiempo o comprimirlo. Y naturalmente también tenemos con mucha frecuencia la sensación de estar perdiéndolo.  

En relación a esto último constituye una demanda muy común en el campo de la modificación de conducta el deseo de aprender a manejar mejor el tiempo. Del mismo modo que otros aspectos del desarrollo personal, la gestión del tiempo supone el aprendizaje de una serie de habilidades diferentes vinculadas a aspectos como el autocontrol emocional, la capacidad de planificación o la propia construcción de la identidad.

Por ello cada problema puede involucrar el trabajo con un área distinta y específica, si bien existen conjuntos de competencias que podemos relacionar de manera general con el manejo del tiempo. Atendiendo a ellos os proponemos los siguientes consejos para mejorar en este ámbito:

  1. Si crees que el tiempo se te escapa de las manos, analiza. Detente a identificar en qué situaciones o actividades estás invirtiendo realmente tu tiempo o experimentando distracciones.

Cómo:

  • Puedes llevar un estudio durante una semana de las actividades que realizas diariamente para averiguar a cuáles dedicas más tiempo, qué disfrutas más o cuántas podrías redistribuir.
  • Para una evaluación de distractores específicos durante el desarrollo de una actividad en tiempo real, realiza un registro temporal: dibuja dos sencillas columnas y coloca en una la actividad y la hora a la que la iniciaste. En otra, ve anotando las distracciones según estas ocurran: este ejercicio te dará valiosa información sobre las pequeñas fugas atencionales que debemos minimizar.
  1. Controla los estímulos distractores. Tanto si sólo sospechas que podrías estar entrando demasiadas veces en Instagram o Youtube cuando en realidad tendrías que estar terminando esa tarea, como si tienes completa seguridad de ello, la opción más ventajosa es anticiparnos y cambiarlo.

Cómo:

  • Aumentando el coste de ejecución de la actividad: es muy sencillo hacer click sin percatarme en un icono que está frente a mí. Diferentes opciones para cambiar esto van desde esconder los iconos o eliminar los accesos directos, desactivar la red temporalmente si no es necesaria para la tarea, activar el modo avión del teléfono o dejarlo en otra habitación.
  • También nos ayudará a controlar la atención despejar visualmente el entorno de trabajo y/o estudio, eliminando aquellos elementos que puedan conectar con pensamientos distractores – por ejemplo, fotos o recordatorios de otras tareas.
  1. Planifica de forma estratégica. Anticipar el abordaje de una tarea y calibrar el tiempo que nos tomará y el mejor momento para llevarla a cabo es una labor más costosa que iniciar una actividad espontáneamente, pero también favorece una mejor ejecución.

Cómo:

  • Descomponiendo la actividad: un todo abrumador resultará más cómodo si me detengo a examinar qué tareas más cortas y concretas lo componen.
  • Estimando los tiempos de manera ajustada: calcular cuánto nos llevará una tarea será más sencillo llevando a cabo el paso anterior y concretando, pero también nos ayudará, de nuevo, observar. ¿Cuánto tardo en condiciones normales en realizar esa tarea? Si nunca lo he hecho, preguntar a personas que tengan experiencia me ayudará a tener un dato realista del que partir. Posteriormente podremos emplear nuestras propias mediciones.
  • Eligiendo el mejor momento: mejoraremos nuestro desempeño en ciertas actividades si las planificamos teniendo en cuenta otros factores además de la estimación temporal, como la interferencia con otras tareas, el nivel de energía que tengamos o las posibles emociones que estemos experimentando en ese momento.
  1. Afronta en lugar de pensar. Anticipar una tarea tediosa o desagradable, sentirnos mal y aplazarla -hasta que las circunstancias nos fuerzan a quitárnosla de encima sin remedio, en mitad de una tempestad de emociones negativas- es la perniciosa esencia circular de la procrastinación. Identificarla y corregirla para disminuir su frecuencia probablemente sea de las cosas más útiles que aprendamos conscientemente.

Cómo:

  • Identificando los momentos de pensamientos anticipatorios negativos en relación a la tarea y apartándolos, centrando la atención en el comienzo de la tarea.
  • Anticipando emociones positivas asociadas a la actividad: las sensaciones de logro, satisfacción o calma imaginándonos al terminarla resultarán decisivas para completar el paso anterior y empujarnos a la tarea.
  1. Ajusta expectativas: la perfección hace referencia a un modelo inalcanzable, por lo que conduce irremisiblemente a diferentes problemas tales como la dificultad para saber cuándo dar algo por terminado, la sobrecarga de tareas, la frustración y el bloqueo, entre otros.

Cómo:

Exponiéndonos -de manera individual o con ayuda profesional- a una exigencia razonable y aceptándola tanto en el planteamiento como en el desarrollo de las tareas nos permitirá relajarnos, disfrutar de más momentos de disfrute y, gracias a esto, desempeñarnos mejor en las mismas.

 

 

Para saber más sobre procrastinación:

Procrastinación, ¿cómo combatirla?

 

 

Escrito por Aitana Segovia


foto-principal-1200x801.jpg

29 enero, 2019 Tauana MatiasBlog0

Muchas parejas deciden venir a terapia cuando empiezan a ver los primeros problemas en la relación posibilitando así el cambio y la mejoría de esta. Sin embargo, otras parejas vienen después de muchos años de discusiones y conflictos, cuando ya han “quemado todos los cartuchos” de la relación y no les quedan fuerzas ni ganas para cambiar, y lo que queda por hacer muchas veces es aprender a manejar la separación de la forma más sana para ambos.

Como dijo Francis Bacon en su obra “Meditationes Sacrae “: el conocimiento es poder.
Creemos que muchas de estas relaciones se habrían salvado si sus miembros hubiesen sabido cómo cuidar la relación. Por eso, hemos decidido compartir esa información y dar a conocer los problemas más comunes en una relación de pareja y cómo evitarlos o solucionarlos:

 

Poco tiempo de calidad en pareja:

Los problemas suelen venir cuando se pasa juntos demasiado tiempo pero este tiempo no es de calidad o cuando se pasa poco tiempo en pareja. Esto suele ir unido a un problema muy común cuando una pareja tiene hijos, que es que el rol de pareja pasa a un segundo plano, pasando a estar presente únicamente el rol de progenitor.

Cuando nacen los niños es normal que el tiempo de la pareja disminuya pero es importante no olvidarnos que el tiempo de calidad con tu pareja es lo que hizo que “os enamorarais” y es necesario mantenerlo si queremos que el “amor” se mantenga y sigamos sintiendo lo mismo por el otro.
Para mitigar el problema, una de las recomendaciones es pensar juntos y recordar las actividades y conversaciones que teníais en el pasado, cuando estabais bien, y traerlas al presente amoldándolas a vuestra vida actual.

Es fundamental tener al menos un momento a la semana para compartir una actividad con tu pareja (ya sea dentro o fuera de casa), esto ayudará a cuidar y mantener la relación.

Pérdida de la individualidad:

Por otro lado, podemos encontrarnos con el problema contrario: cuando la persona deja de lado su rol de individuo y solo vive por y para la pareja.
Toda persona tiene la necesidad y derecho de usar individualmente el tiempo libre separada de su pareja.  Existen cuatro categorías de interacción en un individuo que tenemos que tener en cuenta cuando elegimos distribuir nuestro tiempo libre:

  1. Como individuos
  2. Como pareja
  3. Como parte de un grupo social (amigos)
  4. Como familia

Dividir nuestro tiempo en estas categorías no solo nos ayudará a proteger y cuidar nuestro espacio personal sino también a mejorar los momentos con la pareja, al mantener un equilibrio sano y no caer en la rutina.

No comunicación y resolución de conflictos:

Otro de los problemas más comunes en una relación de pareja es no dedicar tiempo y espacio para expresar lo que estamos sintiendo, independientemente de que lo que tengamos que comunicar sea bueno o malo.

Una buena comunicación es esencial para la salud de la relación. Comunicar nuestros sentimientos y pensamientos ayuda a que la otra persona pueda ponerse en nuestro lugar y se puedan resolver conflictos, o incluso a que estos conflictos no lleguen a producirse.

Hay dos componentes principales en la comunicación de la pareja: el verbal y el no verbal, qué se dice y cómo se dice. Con los años ambos componentes acaban fallando si no estamos pendientes y no tenemos una comunicación fluida y trabajamos en ello.

Muchas veces, tendemos a decir las cosas a través de críticas, chantajes, regañinas… y esto puede llevarnos a conseguir nuestro objetivo a corto plazo; pero a largo plazo puede estar deteriorando la forma de comunicación entre la pareja. Es preferible dar tiempo a la otra persona, ponernos en su lugar y cuestionarnos por qué lo hizo y cuál sería la mejor forma de comunicar lo que quiero contar.

A esta dificultad de comunicar las emociones negativas se une una carencia de comunicar las emociones positivas, muchas veces por dar por hecho que la otra persona ya lo sabe o que no sirve de nada expresar cuando estamos contentos y a gusto con el otro. Tenemos la tendencia de expresar solamente lo que no nos gusta del otro, lo que queremos que cambie… y al final hace que la comunicación sea algo tedioso, ya que se convierte siempre en algo negativo. También podemos utilizar la comunicación para expresar lo que nos gusta del otro, lo que hace que sigamos estando con esa persona y lo que nos enamoró en un principio.

Una comunicación adecuada ayudará a ajustar y regular las expectativas de cada miembro de la pareja.

 

No cumplir con la ley de la reciprocidad:

Ambos miembros de la pareja tienen que invertir por igual en la relación. Muchos estudios (Wills et al. 1974; Birchlen, 1973; Robinson y Price, 1976) demuestran que existe una relación entre la administración de gratificaciones (o castigos) de un miembro de la pareja y la del otro. Esto significa que los comportamientos son interdependientes: la conducta de uno está en función de la del otro. Ej: habrá mayor probabilidad de ser reforzado si refuerzo y viceversa.

Las parejas que solicitan terapia suelen demostrar una carencia del conocimiento de las cosas agradables/gratificaciones que hace el otro, o suelen darlas por supuestas, no reforzándolas y no dando importancia a lo que el otro hace y a lo que uno mismo tiene que hacer.

Es importante establecer intercambios de reforzamientos/gratificaciones; ejercicios como “pille a su pareja haciendo algo agradable”, donde cada miembro de la pareja tiene que darse cuenta y verbalizar al otro las cosas buenas que hace, puede ayudar a conseguir este objetivo.

 

Esperamos que podáis usar este conocimiento para poder mantener una relación sana y positiva con vuestra pareja. Si algunos de los puntos explicados no sabéis como llevarlo a cabo o vuestro problema de pareja de debe a otros motivos, no dudéis en pedir consejo y ayuda a un profesional.

 

Escrito por Tauana Matías


eliabe-costa-702725-unsplash-1200x800.jpg

24 enero, 2019 Concha SerradorBlog0

Preparar las oposiciones es un proceso que conlleva mucho estrés, desmotivación, ansiedad, frustración, muchas horas de estudio… Además, estudiar una oposición, requiere mucho esfuerzo y muchas horas y pocas veces esto es entendido por alguien que no está dentro de este mundo. Por ello, en numerosas ocasiones, los opositores se tienen que enfrentar a preguntas de allegados tan molestas como “¿sigues estudiando?”, “¿todavía no has aprobado el examen?”, “¿de verdad no puedes venir de vacaciones? Si solo tienes que estudiar…”  Esto, unido a la sensación de frustración por el proceso de repetir una oposición o de frustración por la incomprensión de las personas que tienes alrededor hace que, muchas veces, te plantees abandonar las oposiciones.

¿Cómo hacer que un periodo tan duro como es el estudio de una oposición sea más llevadero? Lo primero, es tener el conocimiento de a qué nos vamos a enfrentar. Tener información ayudará a tener mayor control sobre el mundo en el que nos vamos a adentrar. Hay muchos blogs acerca de una oposición, grupos de Facebook, amigos que están pasando por esta experiencia… ¿toda esta información nos sirve? No. Hay que ser cautelosos con qué información estamos recibiendo, y esto es extensible a todas las áreas, la información que recibimos puede sesgarnos o hacer que tengamos mayor ansiedad por el proceso, que estudiemos cosas innecesarias… Lo más recomendable es primero acudir a profesionales, acudir a una academia especializada en la oposición te ayudará a formarte mejor para el examen. Allí encontrarás compañeros que hayan hecho anteriormente el examen y puedan hablarte de su experiencia y con ello, aprendas cómo organizarte, qué estudiar más, de qué modo hay que estudiar algún contenido…

Uno de los ejes principales para comenzar una oposición y no desesperarse en el proceso es tener una buena organización del estudio. Esta es otra de las razones por las cuales estar en una academia o con un preparador facilita la organización debido a que van marcando los temas de estudio sesión a sesión. Sin embargo, después de la primera ocasión en que te presentas a una oposición es más frecuente que el segundo año ya no requieras de un preparador externo y pases a ser tú mismo tu preparador. Por ello, no hay que olvidar marcar desde el principio un plan de estudios realista, y establecer recompensas por la ejecución de este. Tendemos a poner planes de estudios que difícilmente vamos a poder cumplir y, además, solo nos castigamos –criticamos nuestra forma de estudiar, tenemos pensamientos negativos, nos desmotivamos…- cuando no cumplimos el plan, pero… ¿cuando cumplimos el plan marcado hacemos algo? Marcar pequeños premios por el seguimiento del plan previo nos forzará en cierto grado a terminar la tarea. Por ejemplo: ver un capítulo de mi serie favorita solamente si acabo el tema que tengo marcado para hoy.

El estrés. Es imposible hablar de exámenes y no hablar de estrés o ansiedad asociado a ellos. Sin embargo, un nivel de activación medianamente alto no es algo negativo. Necesitamos estar activados para poder estar concentrados en el estudio, para poder estudiar durante tantas horas al día… Sin embargo, cuando el nivel de activación es tal que me produce palpitaciones, problemas a la hora de dormir, pensamientos negativos frecuentes… Como primer paso tenemos que, eliminar toda la cafeína y todos los productos que identifiquemos que pueden estar afectando a la activación del sistema nervioso autónomo. Igualmente, procurar mejorar la higiene de sueño, mantener siempre la misma hora para ir a dormir, no tomar productos que me activen cerca de estas horas… Y también recurrir a técnicas de reducción de la activación fisiológica, tales como la respiración diafragmática, ya sea por conocimiento previo de tales técnicas o con ayuda de un profesional.

Las relaciones sociales, es difícil que en tu grupo de amigos todos coincidáis en estar en un proceso de oposición. Por lo que las preguntas incómodas antes mencionadas serán frecuentes tanto entre amigos como familiares. Hay que tener presente que la duración del estudio de una oposición tiene una duración determinada, aunque en el momento en el que se está estudiando quizás pierdes alguna actividad con amigos, esto no va a ser una pérdida de relaciones sociales por siempre. Por otra parte, durante esta temporada quizás tenemos que decir que no a diferentes planes. Y no siempre es tan fácil decir que no sin sentirnos culpables por decirlo. Alguna pauta para decir que no a un plan en estas situaciones es: primero, explicitar nuestra situación actual en lugar de inventarnos alguna excusa. Al rechazar con excusas es más probable que la otra persona encuentre algún modo de convencernos o de encontrar algún hueco en esta y nosotros tendremos que justificarnos más aún para seguir diciendo que no podemos ir. Por ello, una respuesta concisa expresando el motivo y dejando claro el punto que queremos remarcar evitará que la otra persona persista en su propuesta, si es así, podemos repetir nuestra respuesta de igual modo, afirmando que independientemente de la insistencia del otro nuestra respuesta va a seguir siendo la misma.

Para leer más sobre ansiedad:

https://www.itacopsicologos.es/ansiedad-parte-1/

https://www.itacopsicologos.es/ansiedad-parte-2/

Para leer sobre pensamientos negativos:

https://www.itacopsicologos.es/pensamientos-negativos-en-el-trabajo/

 

Escrito por Concha Serrador


gold-medal-winner-381749_1280-1200x800.jpg

17 enero, 2019 Víctor EstalBlog0

Todas las personas en algún momento de su vida dudan de su valía. Dudamos si somos buenos en nuestro trabajo, si somos buenos padres, si somos buenos relacionándonos con los demás, si somos atractivos… En definitiva, podemos llegar a sentirnos muy pequeños e inferiores y nuestro bienestar puede verse gravemente afectado. Pero la “confianza en uno mismo” es una expresión coloquial, aclarar cuál es la concepción científica de este término permitirá que se entiendan mucho mejor algunos de los ejercicios que pedimos a nuestros/as clientes para que vuelvan a recuperar o desarrollen la “seguridad en sí mismos/as”.

Cuando hablamos de “inseguridad” en realidad estamos haciendo referencia a una emoción muy conocida y experimentada por todos casi a diario: el miedo. Sin embargo, podemos tener miedo a muchas cosas, como por ejemplo a ciertos animales, a montar en avión, a las enfermedades… hablamos de inseguridad cuando el miedo versa sobre la posibilidad de no obtener un buen resultado de algo que hacemos. Definir la inseguridad como un miedo nos permite entender de forma más sencilla algo muy importante: el miedo se aprende. No nacemos con miedo a ir al dentista o a ir solos por la calle, sino que son nuestras (malas) experiencias las que explican que acabemos desarrollando miedo ante algo (de tal manera que si una persona tiene un accidente de coche, es muy probable que sienta miedo si vuelve a conducir). Son, por tanto, las experiencias que hemos tenido las que explican por qué podemos perder la confianza en nosotros/as mismos/as.

Imaginaos por un momento que a Pilar le han llamado la atención un par de veces en su empresa por considerar que no ha hecho bien su trabajo o que a Antonio no le han vuelto a llamar para una segunda cita y, ¡ya van tres veces seguidas! o que el hijo de Manuel está a punto de suspender matemáticas a pesar de haber intentado ayudarle por todos los medios. Con toda probabilidad, Pilar se activará enormemente la próxima vez que entregue un informe, Antonio se pondrá mucho más nervioso de lo habitual la siguiente vez que quede con un chico y Manuel estará muy preocupado por el examen de recuperación de matemáticas. E imaginaos por un momento que Pilar, Antonio y Manuel son la misma persona, ¡qué panorama!

Estos tres ejemplos muestran cómo desarrollamos ciertas expectativas, es decir, ideas sobre lo que puede que ocurra ante ciertas situaciones. Esta forma de pensar basada en nuestras experiencias es lo que nos hace sentir tan pequeños y, como suele ocurrir, la forma que tenemos de hacer frente a al malestar generado al final acaba manteniendo el problema. Por ejemplo, si Pilar piensa que sus informes son pésimos podría pasar el doble de tiempo redactándolos y podría revisar muchas veces ese informe antes de enviárselo a su jefe; Antonio, por su parte, podría dejar de hablar con chicos en la discoteca para evitar que le dejen en “leído” a la semana siguiente o podría pasarse horas arreglándose en su casa y pensando que ponerse antes de salir; finalmente, Manuel podría contratar a una persona para que ayudase a su hijo en vez de él o podría dejar de ir a las reuniones escolares para no pasar un mal trago hablando con el profesor.

Por tanto, como podemos ver, ante nuestra inseguridad llevamos a cabo conductas que llamamos de evitación y que, a pesar de que en el momento nos alivian, mantienen el problema, llegando incluso a generar otros. Esto es así porque evitando, no podemos comprobar cómo saldrían las cosas si no lo hiciéramos, es decir, si las cosas acabarían saliéndonos bien aún si seguimos haciendo lo mismo que antes. Por otro lado, tener una expectativa negativa sobre algo lo acaba haciendo más probable, es lo que se conoce como la “profecía autocumplida”. Si uno piensa que las cosas no van a salir, no se va a esforzar para conseguirlo y, entonces, así será. Confirmaremos lo que ya pensábamos, entrando en un círculo vicioso como el de la figura.

¿Qué pasaría si Pilar revisase sólo una vez los informes?, ¿qué pasaría si Antonio volviese a pedir el número de teléfono a los chicos que le gustasen? O ¿qué ocurriría si Manuel fuese a hablar con el tutor de su hijo? Quizás Pilar acabaría descubriendo que aquello fue algo anecdótico porque los temas que le habían tocado últimamente no eran de su especialidad. Antonio, podría conocer a alguien con quien realmente congeniase y que quiera seguir quedando con él a pesar de haberle visto en su casa con su peor pijama puesto. Por último, Manuel podría ir a hablar con el tutor y comprobar que este al final acaba agradeciéndole su implicación a pesar de que la adolescencia es una etapa complicada, proponiéndole participar en el AMPA.

Los/las psicólogos/as trabajamos este tipo de miedos a través del cambio de las atribuciones que hacen nuestros clientes sobre los resultados que obtienen, además de la experiencia directa con este. Debemos tener en cuenta que, para bien o para mal, no podemos controlar todo y que los resultados que obtenemos, sean deseables o no, no dependen cien por cien de lo que nosotros hagamos. Podemos ser críticos con nosotros/as mismos/as, aprender a hacerlo mejor, pero también debemos tener cuidado de exigirnos metas poco realistas y tener en cuenta otras áreas donde sí estamos obteniendo buenos resultados. Junto a esto, exponernos a nuestros miedos para comprobar que lo que pensábamos que iba a ocurrir no sucede (¡o no es tan grave como creíamos!) también va a hacer, sin duda, que poco a poco vayamos ganando confianza.

Si tienes cualquier duda sobre cómo los/las psicólogos/as  trabajamos este tipo de problemas, estaremos encantados/as de atenderte. 

Para leer más sobre el miedo: ¿Por qué tenemos miedo?

Escrito por Víctor Estal


elephants-3863475_1920-1200x782.jpg

9 enero, 2019 Isabel ÁvilaBlog1

Se trata de una fábula de autor desconocido que Jorge Bucay versionó y publicó. Es un cuento maravilloso que habla de cómo aprendemos en ocasiones a tener miedos y de cómo superarlos puede estar mucho más al alcance de nuestras posibilidades de lo que nos parece.

LA FÁBULA

La fábula y el cuento pueden consultarse en internet. Aquí dejo un resumen adaptado para esta entrada:

Una niña va con su padre al circo y allí se queda fascinada por el tamaño y la fuerza descomunales de un elefante. Al salir de la carpa la niña ve al elefante que está atado por una de sus patas con una cadena amarrada a una pequeña estaca de madera. Después de ver la actuación, la pequeña no entiende por qué el elefante no se escapa, ya que la demostración de fuerza que había visto del animal dejaba claro que aquella estaca no podía ser un obstáculo para él, así es que le pregunta al padre. Y el padre le contesta que, efectivamente, el elefante podría escapar con un mínimo esfuerzo, pero no lo hace. No lo hace porque esa cadena y esa estaca se las ataron a la pata desde que era muy pequeño, tanto que no tenía fuerza para escapar. Cada vez que lo intentaba, la cadena le hacía daño y cuanto más tiraba y cuanto más insistía más dolorosa era la herida. El elefante aprendió que en esta situación hacer uso de su fuerza sólo sería para producir dolor. Y dejó de intentarlo. Ahora el elefante es muchísimo más grande y muchísimo más fuerte, pero no lo ha vuelto a intentar.

 

POR QUÉ APRENDEMOS COSAS QUE NOS IMPIDEN ALCANZAR NUESTROS OBJETIVOS

Es un relato estupendo que muestra con sencillez cómo aquello que aprendemos puede sernos enormemente útil en una situación determinada y convertirse en un obstáculo infranqueable cuando cambiamos de situación.

Aprendemos a comportarnos de una determinada manera porque nos es útil. Al elefante bebé le es muy útil aprender que es mejor no tirar, porque tira para escapar, pero no lo consigue. No tiene sentido ninguno seguir tirando. Es como entrar en una habitación a oscuras y dar a un interruptor que no hace que se encienda la luz, ¿cuántas veces le daríamos?, ¿para qué? Dejaríamos de dar a ese interruptor. Aprenderíamos a dejar de hacerlo porque no sirve para nada.

Aprendemos a mantenernos a salvo. Cada vez que el elefante intenta escapar se lastima. Este es un tipo de aprendizaje que, afortunadamente, se da con mucha rapidez. Si hago algo que me produce dolor, lo aprendo rápido para asegurar mi supervivencia. Si no fuera así, ¿cuántas veces habría que meter los dedos en el enchufe para aprender a no hacerlo? Todo aquello que nos ha dañado en algún momento lo vamos a tratar de evitar a toda costa.

De manera que en realidad lo que aprendemos no es algo que nos impide alcanzar nuestras metas, muy al contrario, siempre aprendemos aquello que o bien nos acerca a nuestros objetivos o bien nos aleja del dolor, sea este físico o psicológico.

Así que cuando hacemos algo que aparentemente nos está impidiendo alcanzar nuestros objetivos sería interesante empezar por preguntarnos cuáles sí estamos logrando con nuestro comportamiento.

POR QUÉ UN COMPORTAMIENTO PUEDE DEJAR DE SER ÚTIL

La clave de esta fábula está en el cambio de situación; el elefante ahora es mucho más grande y fuerte de lo que era cuando aprendió a no tirar, la situación ha cambiado pero mantiene la misma estrategia porque es la que mejor le resultó en su momento.

Sin embargo a veces nos cuesta ver ese cambio de situación, sobre todo cuando es la situación interna lo que cambia. Si el cambio se da en el exterior es más probable que lo percibamos y que cambiemos nuestra forma de actuar. Por ejemplo, si al elefante en lugar de con una cadena le agarrasen ahora con una soga, o en lugar de por la pata, lo atasen por el lomo, sería más probable que intentase escapar de nuevo. Más probable pero no seguro al cien por cien, porque puede haber aprendido “cuando estoy atado por una pata a una estaca es mejor no tirar” pero también puede haber sido “tratar de escapar es doloroso” lo que hará menos probable que lo vuelta a intentar.

Como decíamos lo cambios en la situación interior pueden ser aun más difíciles de percibir sobre todo si no son intencionales. El elefante ha mejorado sus condiciones como para poder hacer frente a su situación de manera satisfactoria pero no lo ha hecho “a propósito”. Esto nos pasa también a las personas, a veces no nos damos cuenta de que los propios procesos de crecimiento y maduración nos ofrecen herramientas que antes no teníamos y que puede que no estemos poniendo en práctica. Otras veces esos cambios requieren de un esfuerzo intencional como por ejemplo si no hacemos habitualmente ejercicio y nos apuntamos a una maratón no vamos a acabarla y probablemente acabemos con unas agujetas terribles, lo que hará menos probable que nos apuntemos a otra. Pero podemos entrenarnos a conciencia para ello, cambiar nuestra situación interna de forma intencional para volver a intentarlo en otra ocasión.

Por tanto cuando tenemos metas que no logramos alcanzar y tras habernos preguntado a qué objetivos está respondiendo nuestro comportamiento podríamos seguir reflexionando y descubrir que cambios sería conveniente realizar, qué herramientas necesitamos aprender y entrenar para avanzar hacia los fines que nos propongamos y si ello es posible. Porque hay situaciones en las que es mejor aprender a dejar de tirar (elefante bebé) y otras en las que es mejor intentarlo (elefante adulto) y para ser capaces de encontrar la diferencia necesitamos conocer todas las variables de la situación externa (tamaño de la cadena y la estaca) y de la interna (objetivos principales y herramientas necesarias para alcanzarlos).

Nuestra historia de aprendizaje nos muestra el camino que en otras ocasiones nos ha llevado a alcanzar nuestros propósitos, pero no olvidemos que es una historia que seguimos escribiendo cada día y que podemos cambiar.

 

Escrito por Isabel Ávila.


amy-shamblen-653250-unsplash-1200x1200.jpg

28 diciembre, 2018 Aitana SegoviaBlog0

Acabamos de dejar atrás la Navidad y nos encaminamos hacia otra de las fechas señaladas en el calendario: el Año Nuevo. Para muchas personas este momento constituye un punto de inflexión natural, una oportunidad para la reflexión y el establecimiento de nuevos objetivos. Por ello, en esta entrada navideña comentaremos algunas cuestiones en torno al cambio de año y plantearemos breves consejos para vivirlo del mejor modo posible.

La importancia del relato

Aspectos tan esenciales como nuestra identidad, las creencias que albergamos sobre el mundo o cómo anticipamos el futuro descansan en narraciones: conjuntos de historias que generamos para contarnos las cosas que hemos vivido. Lo hacemos de modo espontáneo: qué ocurrió, por qué, cómo. Y, aunque tendamos a considerar que esas narraciones son realistas, dependen estrechamente de la subjetividad de cada persona, de su filtro personal. Podríamos decir, metafóricamente, que las narraciones son acumulativas: si he aprendido a contarme las cosas focalizándome en los aspectos negativos es más probable que viva las cosas de esa forma. Lo que, a su vez, me predispondrá a seguir generando una narración en la que lo negativo tenga un peso mayor.

Sin embargo, el modo en que nos contamos y, por tanto, vivimos los acontecimientos es algo que podemos transformar. Para ello es importante que prestemos atención a cómo estamos construyendo esa narración, cuestionándonos aspectos como ¿hay mayor presencia de elementos negativos? ¿Tengo la sensación de que las cosas, de manera general, me salen mal? ¿Qué papel tengo en los acontecimientos de mi vida? ¿Me comparo mucho con las otras personas en sentido negativo? Estas preguntas, entre otras, pueden ayudarnos a identificar qué características tiene nuestra forma de contarnos las cosas.

Una vez hecho este breve ejercicio de parar y reflexionar sobre ello, los siguientes consejos nos ayudarán a elaborar un relato más ajustado:

  • Reelaborar el relato en términos realistas: para ello nos será útil ceñirnos a los hechos objetivos: en ocasiones magnificamos, generalizamos y cometemos otros errores de enfoque sin darnos cuenta. Detenernos a considerar qué ocurrió exactamente facilitará que detectemos esas diferencias. También podemos pedir ayuda a otras personas -que nos cuenten cómo ven una situación desde su óptica nos permitirá conocer otras perspectivas y hará más probable que cambiemos la nuestra si no es del todo realista.
  • El control de los aspectos negativos: no obstante, en ocasiones contemplar la realidad de un modo objetivo no nos evita tener que afrontar realidades desagradables perfectamente reales. En este caso nos ayudará verlas en términos de control: qué puedo hacer para solucionarlas, qué puedo aprender de las situaciones negativas que he vivido.
  • Focalizar la atención en los aspectos positivos o neutros: tal vez nos hayamos enfrentado a alguna vivencia negativa sin solución o en la que no podíamos tener el control. Quizá hayamos vivido algo para lo cual no existe una explicación satisfactoria, un porqué tranquilizador. En estos casos, el mejor afrontamiento posible es aprender a enfocar nuestra atención en otras vivencias, evitando que esa situación acapare todos nuestros pensamientos generando dolorosas y estériles ideas circulares en torno a ella. No podemos no pensar algo, pero sí pensar en otra cosa. Podemos llevarnos la atención a situaciones más positivas o simplemente neutras que hayamos experimentado, dándoles también prioridad en el relato.

 

Orientarnos hacia el futuro

Ahora que ya sabemos cómo contarnos mejor el año que se va, observemos el próximo. Las personas experimentamos un mejor estado de ánimo en el día a día cuando nuestros actos están enmarcados en una estructura de objetivos: cuando poseemos metas a corto, medio y largo plazo. En conjunto favorecen un afrontamiento más exitoso de la cotidianidad, permitiéndonos anticipar emociones positivas asociadas a logros tanto inmediatos como demorados en el tiempo.

Por ejemplo, durante la semana puede hacernos sentir mejor y ayudarnos a enfrentarnos a las actividades menos placenteras anticipar la consecución de objetivos cortos como tareas cotidianas, pequeños retos laborales o aprendizajes breves. En esta categoría podemos enmarcar también las actividades de ocio, cuyo potencial aumentará si las establecemos de forma estratégica: si sé que voy a tener una semana más dura, planearé algo muy placentero durante el fin de semana, a fin de que la anticipación, placentera, haga más llevadero ese lapso.

Se consideran objetivos a medio plazo aquellos cuya consecución, de media, podría llevarnos de algunos meses a un año. De nuevo, el éxito de su efecto está en la anticipación, aunque en este caso también aparecen otros factores, como las gratificaciones que podamos ir experimentando a medida que avanzamos en el logro.

 

En esta entrada podrás saber más sobre cómo alcanzar los objetivos una vez planteados

 

Los objetivos a largo plazo suponen logros que pueden implicar años, pero cuya anticipación, que puede producirse en forma de placenteros momentos de ensoñación, es fuente de emociones positivas. La combinación de los diferentes tipos de objetivos nos ayuda también a situarnos en nuestra vida y, a medida que avanzamos en su consecución, articula una narración positiva de lo que hemos conseguido y aún podríamos lograr.

 

 

Relativizando las efemérides

Por último, conviene que reflexionemos sobre la relevancia concedida a la vivencia del Año Nuevo y cómo ello nos hace sentir. Del mismo modo que otros eventos navideños, el cambio de año es a menudo un momento de reunión social, de gran emocionalidad y, como hemos comentado al inicio de esta entrada, un momento que facilita la reflexión. Es posible que, por ello, suponga una potente fuente de emociones positivas al constituir una oportunidad para disfrutar el tiempo junto a personas que deseamos ver, para valorar los aspectos positivos del año que dejamos atrás o los aprendizajes adquiridos o para ilusionarnos anticipando nuevos retos.  

Sin embargo, también puede convertirse en una vivencia desagradable si, por ejemplo, albergamos unas expectativas demasiado elevadas o específicas respecto a cómo debe desarrollarse el evento, si prestamos más atención a cómo otras personas lo estarán celebrando que a nuestro propio disfrute, si nos sentimos en la obligación de participar de actividades que, en realidad, no deseamos llevar a cabo o si llegamos al final del año sin ningún propósito nuevo.

Es en este caso cuando debemos recordar que, más allá de su carga simbólica establecida por convención social, el día de Año Nuevo es un día más. No somos diferentes el uno de enero de las personas que éramos días atrás. Nuestro potencial para la reflexión y el cambio también se mantiene intacto: el uno de enero es tan buena fecha para iniciar un cambio personal como el uno de abril; la fecha no tiene por qué determinar el establecimiento de nuevas metas si no consideramos que sea el momento adecuado. 

Respecto a cómo lo vivamos, existen tantas formas de disfrutar del cambio de año como personas dispuestas a ello: alejándonos de tópicos sociales, recibir el 2019 en pijama viendo un capítulo de nuestra serie favorita, jugando con nuestros sobrinos o realizando cualquier otra actividad que disfrutemos es una forma perfectamente adecuada de pasar la última noche del año. Deseemos celebrar o no, alejar la presión por convertir esta fecha en algo especial hará que la enfoquemos de un modo más cómodo y agradable.

 

Escrito por Aitana Segovia.


Localización de

  • C/Príncipe de Vergara, 56                                         (Madrid)
    info@itacopsicologos.es

 

 

Nuestras Redes Sociales

            

 

91 576 00 87 640 949 625

 

 

Últimas entradas del Blog