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15 mayo, 2019 Concha SerradorBlog0

Todo el mundo miente. Esto es algo que hemos oído innumerables veces decir al famoso Dr. House en la serie de televisión. Veíamos cómo capítulo tras capítulo, los pacientes le ocultaban una u otra información y esto, en ocasiones, era la causa de que no se aplicase el tratamiento adecuado y el propio paciente empeorase. También hay estudios como el de Serota y Levine (2015) que afirman que todos mentimos al menos una vez al día, ¿es esto verdad? ¿A quién y cómo mentimos? ¿Sobre qué mentimos?

Algunos trabajos (Ahern, Lyon, & Quas, 2011; Evans & Lee, 2013) mantienen que la investigación ha mostrado que los niños empiezan a entender y a contar mentiras en la edad de prescolar. Algunas mentiras acerca de su comportamiento empiezan a la temprana edad de tres años, y a partir de los 5-7 años empiezan a realizar mentiras blancas o mentiras piadosas, estas son las que se realizan para no hacer sentir mal a los demás.

Sin embargo, aunque las mentiras sean algo considerado negativo para los adultos porque viola la máxima de calidad en la comunicación, la cual requiere que el mensaje que está siendo comunicado sea cierto (Grice, 1989), aún en la adultez, seguimos mintiendo.

Pero, aunque todos mintamos, ¿todos mentimos acerca de lo mismo?

Ford (1996) explica que las mentiras más usadas por los adultos suelen ser las siguientes:

  • Relacionadas con la finalidad de proteger los sentimientos de otros. Estas serían las mentiras sociales, educadas o mentiras blancas (p.ej., alguien me pregunta que qué me parece su camisa nueva, y aunque a mí me resulte horrenda, le respondo que es bonita).
  • Para hacernos parecer mejores ante los demás, escondemos lo que sabemos que socialmente no está aceptado y puede afectar a la idea que tienen los demás acerca de nosotros (p.ej., he copiado en el examen de la carrera y he obtenido buena nota. Mis amigos me preguntan que cómo he conseguido llegar a tener esa nota y si digo que copié en el examen, la imagen que tienen mis amigos de mí cambiará, por lo que opto por mentir y decir que estuve estudiando toda la noche).
  • Para evitar algún castigo o recriminación. El aprendizaje que realizo, es que si voy a contar algo que va a conllevar un regaño o pérdida de alguno de los privilegios de los que gozo actualmente, mejor digo algo alternativo que no conlleve la pérdida de estos beneficios (p.ej., si digo a mis padres que suspendí una asignatura me dejarán sin salir el fin de semana, por lo que les digo que saqué un 5).

Estas son algunas de las mentiras más frecuentes que realizamos. Decimos una mentira porque queremos evitar alguna de las consecuencias de decir la verdad mencionadas anteriormente (p.ej., hacer sentir mal a la otra persona, recriminación social, discusión o castigo…)

Sin embargo, contar mentiras no siempre produce buenas consecuencias, como por ejemplo, el sentimiento de malestar tras haber mentido a mis amigos, a mis padres… o  los problemas derivados de una primera mentira que me hacen entrar en un bucle de mentiras del que será más difícil salir. P.ej., como dije que había aprobado la asignatura, ahora también tengo que ocultar mis notas, tengo que falsificar una firma, tengo que convencer a mis amigas de que también mientan a mis padres, tengo que estudiar a escondidas esa asignatura… un cúmulo de comportamientos que finalmente acabarán haciendo que una pequeña mentirijilla, se convierta en algo que me produce angustia y malestar durante días.

Referencias:

Ahern, E. C., Lyon, T. D., & Quas, J. A. (2011). Young children’s emerging ability to make false
statement. Developmental Psychology, 47(1), 61–66. doi:10.1037/a0021272

Evans, A. D., & Lee, K. (2013). Emergence of lying in very young children. Developmental
Psychology, 49, 1958–1963. doi:10.1037/a0031409

Ford, C. V. (1996). Lies! Lies!! Lies!!!: The psychology of deceit. Arlington, VA, US: American Psychiatric Association.

Grice, H. P. (1989). Studies in the way of words. Cambridge, UK: Harvard University Press.

Serota, K. B., & Levine, T. R. (2015). A few prolific liars: Variation in the prevalence of lying. Journal of Language and Social Psychology, 34(2), 138–157. https://doi.org/10.1177/0261927X14528804

Polage, D. C. (2017). The effect of telling lies on belief in the truth. Europe’s Journal of Psychology, 13, 633–644. https://doi.org/10.5964/ejop.v13i4.1422

Polage DC. Liar, liar: Consistent lying decreases belief in the truth. Appl Cognit Psychol. 2018;1–10.https://doi.org/10.1002/acp.3489

Xu, F., Luo, Y. C., Fu, G., & Lee, K. (2009). Children’s and adults’ conceptualization and evaluation of lying and truth-telling. Infant and Child Development, 18, 307–322. doi:10.1002/icd.631

Escrito por Concha Serrador


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8 mayo, 2019 Tauana MatiasBlog0

Fracasar:

  1. intr. Dicho de una pretensión o de un proyecto: frustrarse(malograrse).
  2. intr. Dicho de una persona: Tener resultado adverso en un negocio.
  3. intr. Dicho especialmente de una embarcación cuando ha tropezado con un escollo: Romperse, hacerse pedazos y desmenuzarse.
  4. tr. desus. destrozar(‖ despedazar).

Real Academia Española © 

En nuestra sociedad el término fracasar representa algo negativo: romper, tener malos resultados, frustrarse… sin embargo no se habla de la función de fracasar y en qué nos ayuda hacerlo.

Podemos decir que fracasar significa no conseguir el resultado que se pretende, por tanto puede ser sinónimo de equivocarnos en nuestra elección o comportamiento o cometer errores que llevan a ese “fracaso”.

Sin embargo, nos olvidamos de ver el otro lado del término fracasar. Cualquier fallo, error o fracaso es una oportunidad de aprendizaje. Eso significa que cuando erramos nos damos la oportunidad de aprender esos errores.

Si siempre hiciéramos las cosas sin fracaso o sin alguien que nos corrigiera y nos dijera que nos hemos equivocado, podríamos estar haciendo las cosas mal sin la oportunidad de aprender a hacerlo mejor.

Esto el algo muy importante, porque fallar nos permite cambiar; cambiar nuestras estrategias, anticipaciones y comportamientos y por tanto nos permite aprender.

¿Por qué fracasamos?

Muchas veces el fracaso viene porque nos dejamos llevar por las consecuencias inmediatas en vez de fijarnos en las consecuencias a largo plazo o porque no tenemos en nuestro poner el conocimiento para realizarlo bien, ya que aún no lo hemos aprendido.

Entonces…si fracasar es algo “bueno” porque nos permite aprender, ¿por qué a la gente no le gusta fracasar o está tan mal visto?

La sociedad actual motiva y refuerza los resultados antes que el procedimiento y lo que se observa cuando fracasamos son esos resultados y no los cambios que estaremos haciendo para cambiar o modificar nuestra conducta.

¿Fracasar siempre me va a ayudar a aprender y mejorar?

No siempre fracasar  nos va a llevar a aprender y modificar nuestra conducta.

Fracasar, es decir, equivocarnos en nuestras elecciones o comportamientos será positivo siempre y cuando tomemos la decisión acertada ante dicho fracaso.

Cuando la gente fracasa suele hacer tres cosas/opciones:

  1. Dejar de intentarlo/ escapar o evitar el problema
  2. Volver a intentarlo utilizando las mismas estrategias y conductas
  3. Volver a intentarlo cambiando de estrategias y conductas

De estas tres opciones, las personas que eligen la opción 3 son las que podrán aprender de ese fracaso o error.

Si se sabe cómo  fracasar de forma “exitosa”, ¿por qué la gente no lo hace?

Intentar cambiar nuestras estrategias y conductas ante un fallo o error es algo complejo ya que requiere fuerza: Fuerza por un lado para luchar contra la emoción de malestar, inutilidad o culpa por el fracaso y seguir intentándolo a pesar de esas emociones y por otro, fuerza para no cansarnos en el intento.

 

Existen formas de ayudarnos a conseguir esa “fuerza” y vencer esos obstáculos:

  • Controlando nuestras verbalizaciones: es decir, lo que nos decimos, porque muchas veces son las que hacen que nuestras emociones negativas sean más intensas y nos llevar a bloquearnos. Anticipaciones negativas de que no se conseguirá, pensamientos extremistas de todo o nada o de necesidad, son algunos que afectan de forma negativa.

    *Para saber más sobre ´como controlar nuestros pensamientos, podéis leer el siguiente post: https://www.itacopsicologos.es/controlar-el-pensamiento/

  • Ver el fracaso como un experimento: analizar las cosas correctas y los errores más allá de la emocionalidad, nos ayudará a enfocar la atención en eso y disminuir los pensamientos de culpa, al mismo tiempo que nos da pistas sobre el siguiente paso o estrategia a realizar.
    Centrarnos en los fallos como algo que se puede modificar y pensar posibles soluciones o cambios para cada uno de esos fallos (viendo las consecuencias de llevar dichas soluciones a cabo) nos ayudará a aprender de esa experiencia.

Escrito por Tauana Matías


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25 abril, 2019 Isabel ÁvilaBlog1

A:

Trabaja desde hace 20 años en la misma empresa. Empezó con 16 mientras estaba aún en el instituto y durante años estuvo compatibilizando ambas dedicaciones. Fue ascendiendo en la empresa y hoy es una de las personas con mayor antigüedad y más conocimientos de la misma.

Se casó y tiene dos hijos y una hija.

Pasa gran parte de su tiempo libre con familia y amigos. Se reúnen en su casa habitualmente donde prepara comidas, cenas y ¡a veces hasta desayunos! A todo el mundo le encanta ir a su casa por lo acogidos que se sienten.  

Tiene un perro al que suele sacar a pasear por un parque cercano, este suele ser su momento de desconexión, en contacto con la naturaleza medita sobre su vida, el pasado, sus propósitos de futuro…

Además de esto le gusta leer, el cine, sigue alguna serie y le encantaría pasarse un año dando la vuelta al mundo sin más preocupación que saber cuál sería el próximo destino.

B:

También empezó a trabajar a los 16, repartiendo pizzas los fines de semana para sacarse un dinerillo. Los estudios se le dieron bastante mal y después de repetir varios cursos decidió dejarlos y trabajar en la pizzería a tiempo completo. Con 18 se quedó embarazada de su primer hijo y se vio casi obligada a casarse ya que sus padres la echaron de casa. Su marido pasó de ser un chaval gracioso a un vago impenitente que trabaja cuatro horas al día y en casa por no hacer no hace ni acto de presencia. Una noche y un descuido trajeron de regalo a los gemelos.

Actualmente continua en la pizzería aunque ahora es encargada trabaja casi cincuenta horas semanales.

Su hermano y su madre viven a dos calles y pasan mucho tiempo en casa para cuidar a los niños y ella tiene que encargarse de las comidas de todo el mundo aumentando así su horario laboral en horas y horas.

También tiene un perro que su marido trajo a casa porque era un cachorro adorable y lo iban a sacrificar. Los niños se volvieron locos con él, y ¿Qué iba a hacer ella? Pues lo que hace: encargarse de que salga, de que tenga comida, del veterinario…

Y pasa los días soñando con que le toque la lotería y salir huyendo, a cualquier lugar donde le hagan la comida a ella y, a poder ser, soleado.

Supongo que alguien ya lo habrá supuesto, pero, por si acaso: A y B son la misma persona.

Las palabras que usamos para contarnos nuestra historia promueven emociones muy distintas. De hecho pueden hacer que la misma historia parezca tan diferente que esté hablando de personas diferentes. Y de alguna manera así es. Ya que la persona que se cuenta la historia como A tendrá una autoestima, un grado de bienestar y una motivación para alcanzar sus objetivos tan diferente a la persona que se cuenta esa misma historia como B que les llevaría a tener comportamientos tan dispares que, efectivamente, casi podríamos hablar de dos personas.

Podemos trasladar el mismo ejemplo a algo que nos habrá pasado frecuentemente: a mi amiga C le encantó “La La Land”. A mí no. Sí un amigo común nos pregunta por la última película que hemos visto y sin decir el título ella habla de su reacción hacia la película y yo de la mía, es muy probable que nuestro amigo común piense que estamos hablando de películas distintas (de hecho cuando C me habla de La La Land estoy convencida de que vimos películas diferentes…)

Esto no supone que es mejor pintar de rosa cada esquina de mi existencia para sentirme mejor. Es más: rara vez funciona. Lo que implica es que los mismo hechos objetivos pueden tratarse con distintas subjetividades, y relacionarse así con sensaciones, emociones y comportamientos diferentes que nos llevarían a entender nuestra situación como algo aceptable, algo susceptible de modificación o simplemente, una pesadilla.Si no estoy conforme con mi vida es interesante tratar de cambiarla, pero ¿Qué hago con aquello que no puedo cambiar? ¿Puedo interpretarlo de otra manera? ¿Puedo contarme los hechos objetivos de manera que su significado me ayude a alcanzar mis objetivos y me aleje de lamentaciones que no conducen más que a aumentar mi grado de malestar?

Nuestra vida en definitiva es aquello que nos contamos que es.

Elijamos nuestras palabras. Y actuemos en consecuencia.

 

 

Escrito por Isabel Ávila

 

Para leer más sobre el lenguaje:

El poder del lenguaje en nuestro estado de ánimo


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10 abril, 2019 Víctor EstalBlog0

Como quizás muchos ya sepáis, la palabra “psicología” oculta un origen un tanto poético. Psyche es una divinidad griega y protagonista de un mito latino recogido en un libro titulado Metamorfosis (El asno de oro) escrito por Apoyuelo en el siglo II d.C.

El mito recoge la historia de amor entre Psyche y Eros y, como todo mito, sus entresijos recuerdan a una típica telenovela mexicana que echan los veranos en la televisión a la hora de la siesta: recomendadísimo. Sin ánimo de hacer ningún tipo de spoiler, la historia tiene un cierto parecido a la trama de La bella y la bestia (o al revés, mejor dicho). Psyche es la personificación del alma y literalmente significa soplo o aliento que exhalan los humanos al morir. Homero decía que la psyche sale volando de la boca del que muere como si fuera una mariposa. Pero la importancia de esta historia no acaba aquí, si googleáis “Psyche y Eros” descrubriéis la gran cantidad de pinturas y esculturas que se han hecho inspirándose en la relación entre ambos, todas ellas de una belleza hypeante.

Atendiendo pues a la etimología de la palabra, la psicología puede definirse como el estudio del alma, de lo que mueve y da vida al cuerpo. Y la verdad sea dicha, no existe ciencia con un nombre más romántico que la nuestra. Sin embargo, nuestra historia no acaba tan bien como la de estos dos amantes, y es que la concepción que se tiene de la psicología en parte es esta, es decir, de la disciplina que se ocupa de lo inmaterial, de lo etéreo o incluso lo místico. Y (ahora sí: spoiler) nada tiene que ver con esto. La psicología es una ciencia, no por cualquier motivo, sino porque cumple cada uno de los criterios que hacen a una disciplina poder considerarse de tal forma. Algunos dirán que “vale, es una ciencia, pero una ciencia blanda, ¿no?”, otros les preguntaremos que qué es aquello de una ciencia “blanda” y que si se soluciona con un bono de tres meses de gimnasio o una pastillita azul antes de diseñar cualquier investigación. Como decíamos, la psicología es una ciencia porque emplea los principios del método científico, y no es más “dura” o menos ciencia que otras.

Si bien es cierto que es posible mencionar aspectos que hacen de la psicología una ciencia particular (dentro de que cada una tiene sus peculiaridades). Lo primero que debemos mencionar son los aspectos éticos que condicionan la posibilidad de realizar experimentos, es decir, aquel diseño que permite establecer relaciones causa-efecto. No podemos inducir a un grupo de personas bajo estado de ánimo para ver qué variables la provocan o dejar a una persona sin amigos por un tiempo para ver cómo esto afecta a sus relaciones posteriores o aumentar las críticas de los profesores a algunos alumnos para ver en qué medida afecta a su rendimiento académico, etc. Sin embargo, es posible realizar experimentos que den cuenta de la multicausalidad y utilizar otro tipo de diseños que también permitan extraer conclusiones válidas y fiables.

Otro aspecto a tener en cuenta y que sin duda afecta a la imagen social que tenemos es el intrusismo profesional. Muchas disciplinas se hacen llamar corrientes de la psicología o terapias psicológicas, pero nada tienen que ver con esta, es decir, con la ciencia. Ni son científicas ni pretenden serlo. No tienen evidencia empírica. Hace bien poco el Ministerio de Salud y el Ministerio de Ciencia pusieron en marcha el Plan para la protección de la salud frente a las pseudoterapias, con el objetivo de eliminar las pseudociencias de los centros sanitarios y las universidades. Hasta la fecha han hecho públicas dos listas, una primera con 73 pseudoterapias y otro listado de terapias aún en evaluación. Así que después de leer el mito de Psyche y Eros echad un vistazo a esta lista, desgraciadamente la mayoría son terapias “psicológicas”. Consideramos que esta iniciativa es un pequeño gran paso y un impulso que sin duda fomenta una cultura científica.

Se cree que la psicología es una ciencia joven, y es cierto que lo es, pues se tardó mucho en reconocer que lo que movía el cuerpo no era el alma, sino el propio cuerpo en su interacción con el ambiente. Durante siglos la explicación de nuestra forma de actuar se había puesto en el interior de los individuos, haciendo imposible su estudio científico. Pero cuando la mirada se dirigió hacia afuera, el alma y la psique cedieron el testigo a las acciones y comportamientos de las personas y los estímulos que rodean. Es aquí cuando una nueva definición de psicología cobra sentido, esta ya no se considera la disciplina que estudia el alma, sino la que estudia la conducta y los procesos de aprendizaje que la rigen. Así que desde entonces, como todo joven, la psicología no ha parado de desarrollarse y crecer a un ritmo cada vez más acelerado, esta tiene un rollo totalmente diferente y ya no se raya por las mismas movidas que sus viejos, es una hater del hablar por hablar y del todo vale, una stalker de las bases de datos y las revistas open access y, por encima de todo, una gran pero gran follower de aquellos llevan a su práctica profesional los conocimientos científicos que rebosan de la investigación.  

Escrito por Víctor Estal


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2 abril, 2019 ÌtacoBlog0

Una de las características definitorias y diferenciales del ser humano en comparación con el resto de especies es el lenguaje. Según la RAE, el lenguaje se refiere a “la facultad del ser humano de expresarse y comunicarse con los demás a través del sonido articulado de otros sistemas de signos”. Sin embargo, uno de los matices que no están presentes en esta definición tiene que ver con que usamos constantemente el lenguaje para comunicarnos con nosotros mismos. Cuando pensamos, estamos elaborando infinidad de mensajes en los que emisor y receptor comparten espacio, tiempo y cuerpo.

Una de las funciones principales del lenguaje consiste en expresar o valorar lo que nos ocurre en nuestro día a día, lo que pensamos de los que nos rodean o de nosotros mismos.

Pero… ¿Cómo adquirimos los distintos significados?

Desde la ciencia sabemos que las asociaciones entre un evento, las emociones que elicita y el significante son las responsable de que vayamos construyendo el lenguaje y con él, vayamos adquiriendo distintos significados. Es por ello que cada idioma o incluso cada modismo del lenguaje comprenden matices muy particulares que sólo se pueden dominar mediante entrenamiento estando en presencia de dichas asociaciones. Es decir, resulta más fácil aprender dicho idioma en el país de origen debido a la inmersión total que implica estar en el contexto natural en el que se dan esas asociaciones.

¿Por qué a veces nos sentimos mal cuando hablamos con nosotros mismos?

En la infinidad de discursos que construimos cada día descansan una serie de emociones por cada evento recordado, futuro anticipado o descripción de algún elemento de la realidad. La primera implicación que se deriva de lo anterior es que dependiendo de las asociaciones que hayamos ido generando en el pasado y las que vamos creando nos sentiremos de una manera o de otra trayendo al presente un tipo de emociones u otras. Por ejemplo, si mientras estoy esperando el metro de camino a una  entrevista de trabajo pienso que soy una fracasada porque no me llamaron de la anterior y sigo elaborando dicho mensaje, traeré al presente una serie de emociones negativas que influirán en la consecución de la entrevista de hoy, confirmando la hipótesis catastrofista que había generado minutos antes pero… ¿Qué ha sido responsable de fallar en dicha entrevista: que soy una fracasada o la descripción de mis capacidades que ha influido en la consecución? Como en la mayoría de fenómenos psicológicos, habría que hacer un análisis detallado de la situación concreta para identificar en qué medida ha influido cada factor, sin embargo, lo que sí sabemos es que con independencia de la situación objetiva, nuestra subjetividad construyendo el lenguaje tiene un gran poder sobre cómo nos sentimos e incluso sobre los resultados que obtenemos.

La queja: el espejismo del desahogo

En el frenético mundo en el que vivimos, es complicado estar completamente satisfechos y felices constantemente. Además, a nivel psicológico no sería deseable puesto que las emociones negativas, aunque resulten tan desagradables cuando se experimentan, también cumplen múltiples funciones imprescindibles para conformarnos como seres humanos. Por ello, y como seres sociales que somos, tendemos a desahogarnos con nuestras personas más cercanas sobre los acontecimientos negativos que nos acaecen a lo largo del día: “no soporto a mi compañero, es una persona desagradable”; “estoy agotada… no sé cuánto más podré soportar este ritmo de vida”; “odio la M-30, es imposible llegar un maldito día a tiempo”. La queja, como infinidad de fenómenos psicológicos, también presenta una función clara a corto plazo: la reducción parcial del malestar mediante el desahogo y el bienestar que se siente cuando el otro nos comprende. Sin embargo, traer al presente ciertos eventos con la carga emocional con la que solemos quejarnos implica experimentar infinidad de emociones negativas que se van enlazando y acrecentando según elaboramos el mensaje o incluso mientras el receptor de la crítica añade carga emocional expresando su propio punto de vista.

¿Por qué me siento mal si hago todo lo posible por sentirme bien?

Uno de los motivos más comunes por los que algunas personas acuden a un especialista resulta de un sentimiento inespecífico de malestar del que no pueden identificar su origen. Estas personas relatan estar satisfechas en las distintas áreas de su vida y además, al no poder identificar los motivos de su malestar, tienden a sentirse culpables por dicho sentimiento, agravando más aún el problema. Cuando los profesionales profundizamos en la evaluación de problemáticas como estas, en muchas ocasiones identificamos que lo que está haciendo experimentar tanto sufrimiento a estas personas no es lo que les rodea sino cómo se cuentan o cómo describen su día a día, su pasado e incluso su futuro más próximo. Por ello, la intervención pasará por ir desmontando dicho discurso para sustituirlo por uno más adaptado y que genere emociones más neutras inicialmente y más positivas en momentos posteriores de la terapia.

Aprendiendo una nueva forma de comunicarnos

Como cualquier habilidad susceptible de entrenamiento, el lenguaje también se aprende. No sólo podemos aprender a usarlo como medio de comunicación sino que, teniendo en cuenta las consecuencias señaladas que derivan de su uso, podemos aprender a usarlo de una manera más ajustada favoreciendo nuestro bienestar. El formato frenético en el que se presentan los pensamientos puede llevarnos a concluir que es un fenómeno del que no tenemos control en absoluto. Sin embargo, y aunque inicialmente resulte contra-intuitivo, podemos modificar nuestro discurso interno para que éste actúe en nuestro favor, cambiando primero lo que nos decimos para después traer al presente emociones más neutras o incluso positivas.

¿Cómo me comunico? La identificación como primer paso para el cambio.

Si queréis comprobar la influencia que tiene el lenguaje en vuestro estado de ánimo os propongo ciertos ejercicios que podéis hacer en un mismo día.
  • Trata de identificar en qué términos hablas contigo mismo contándote las cosas que van ocurriendo o las que vas anticipando. ¿Utilizas términos como “siempre”; “nunca”; “nada”; “todo”…? En ese caso puede que estés cometiendo un error de sobre generalización aumentando la gravedad de las diferentes situaciones mediante tu discurso interno.
  • Cuando te encuentres ante una situación que te hace experimentar malestar (ejemplos: has perdido el metro, has discutido con alguien, no has obtenido los resultados que esperabas…), piensa en cuántas veces estás trayendo al presente dicha situación contigo mismo y/o desahogándote con las personas que tienes a tu alrededor. El hecho de repetir o de seguir describiendo cierto evento implicará experimentar un malestar mayor tanto en cuanto a cómo vives dicho recuerdo o anticipación y hará que vuelvas a enfrentarte al resto de retos de tu día a día con una actitud y estado de ánimo poco efectivos y que te harán experimentar malestar.
  • Piensa en las personas con las que prefieres estar cuando tienes un mal día ¿Qué tienen en común? ¿Se caracterizan por estar constantemente hablando de cosas negativas sobre su día a día? Probablemente no. Este es precisamente el motivo por el que resulta tan reconfortante su compañía: redirigen tu atención y traen al presente emociones positivas que a su vez generan una atmósfera perfecta para afrontar las cosas de otra manera. Con nuestro cambio de lenguaje, podremos conseguir el mismo efecto que se deriva de estar con dichas personas: describirnos una realidad más ajustada que sirva como punto de partida para enfrentar el día con otra actitud.

No estamos solos, nos tenemos… ¡A nosotros mismos!

La buena noticia de todo lo anterior es que el lenguaje es moldeable. Es decir, si le dedicamos un esfuerzo y conocemos las técnicas adecuadas para ello, podemos modificar la forma en la que hablamos con nosotros mismos y modular el grado de queja con el fin de aumentar nuestro bienestar. Si identificas tras los ejercicios propuestos que el lenguaje que estás utilizando para comunicarte está influyendo de manera decisiva en tu estado de ánimo, intenta ajustar la forma en la que te comunicas contigo mismo o con el resto utilizando descripciones más cercanas a la realidad. Ser conscientes de los factores que influyen en nuestro estado anímico es el primer paso para el camino del bienestar.

Escrito por Carolina Trujillo


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27 marzo, 2019 Aitana SegoviaBlog0

En 1984 se estrenó una película que rápidamente adquirió una gran fama y dio lugar, posteriormente, a una saga de filmes: Karate Kid. Narraba el proceso de entrenamiento en técnicas de artes marciales de un muchacho, Daniel Larusso, para defenderse de los ataques de un grupo de chicos también entrenados en estas habilidades. El personaje del profesor, el señor Miyagi, pasó a la cultura popular por encarnar fielmente la idea del buen maestro, paciente pero firme.

Sus instrucciones claras y sistemáticas guían progresivamente al joven Larusso al éxito en la ejecución de las técnicas. Karate Kid refleja fabulosamente el continuo de adquisición de un aprendizaje: la identificación de la falta de habilidad, el modelado por parte de alguien experto, la ejecución de las primeras aproximaciones, la práctica sistemática -incluyendo el control de la frustración derivada de no ser capaz de ejecutarlo bien las primeras veces-, la consolidación y generalización y, finalmente, el dominio de la técnica.

Si lo pensamos, es probable que identifiquemos muchos aprendizajes que hemos llevado a cabo a lo largo de nuestra vida de forma más o menos consciente: adquirir otro idioma, manejar un programa informático o conducir. Lo cierto es que el espectro de aspectos que aprendemos es tan amplio como -casi- todo lo que somos, pero recordamos más fácilmente aquellos en los que, digamos, nos lo hemos propuesto.

¿Qué sucede con los aspectos que solemos llamar “psicológicos”? La capacidad para pensar en una cosa u otra, las habilidades para manejar las emociones o las diversas maneras de relacionarnos con otras personas también constituyen aprendizajes, aunque en estos casos no solemos ser conscientes de cuándo o cómo los hemos adquirido. El origen de esta concepción abstracta e inaccesible de lo psíquico -puedo aprender un idioma, pero no sé cómo aprender a pensar– descansa en condicionantes históricos, sociales, filosóficos y políticos, y detenernos en ella excede con mucho el propósito de este texto -para ampliar al respecto es recomendable acudir a Marino Pérez Álvarez, Thomas Szasz o Piero Cipriano. Sin embargo, con una guía adecuada, las personas somos capaces de identificar las habilidades que poseemos o aquellas de las que carecemos pero desearíamos desarrollar y, tras un entrenamiento, aprender comportamientos tan aparentemente complejos como el autocontrol emocional. Esa guía, a menudo, es la intervención psicológica.

El pensamiento, comportamiento aprendido

Todas las personas, en ausencia de alguna problemática específica, pensamos. Pensar es para el ser humano algo tan espontáneo y poco costoso como puede ser correr para un gamo: una conducta seleccionada a lo largo de nuestra evolución como especie para ser La Conducta que nos define. No en vano Aristóteles definió al hombre como animal racional.

El pensamiento, como una producción verbal y/o visual encaminada a representarnos el mundo propio y necesaria en la comunicación con los demás, posee ciertos patrones que adquirimos a lo largo de nuestra vida. Existen personas que discurren de un modo más analítico y relacional; otras, en cambio, producen veloces torrentes de imágenes con una estructura narrativa. Con independencia de la forma que hayamos desarrollado, existe además un estilo en cuanto al tipo de información en el que nos centremos, algo en lo que participa también la atención. Podemos focalizarnos en los aspectos positivos, neutrales o negativos de una misma realidad.

Pero, ¿podemos aprender a pensar de otra forma? La respuesta es sí, en tanto que el pensamiento es un tipo de comportamiento que sabemos gobernado por las leyes de aprendizaje. No obstante, algunos cambios son mas complejos que otros y, en cualquier caso, subyace a ellos, como en el caso de Daniel Larusso, un esfuerzo consciente y continuado.

El control voluntario

En este punto sería muy natural que alguien se estuviera preguntando “muy bien, aunque pueda, ¿por qué querría cambiar mi pensamiento?”. Generalmente, la respuesta tiene que ver con el malestar. El hecho de que pensar sea un acto espontáneo y aparentemente fácil no significa que resulte deseable o útil en todas las situaciones. Podemos estar pensando de forma repetitiva e involuntaria sobre algo sin que ello nos lleve a ninguna solución o tal vez estemos distorsionando en algún grado la realidad que percibimos en nuestra forma de representárnosla.

En estos casos resulta esencial que nos detengamos a hacer las siguientes reflexiones: ¿pensar me está ayudando a resolver el problema? ¿Qué utilidad tiene para mí darle vueltas a este asunto? ¿Podría pensar de otra forma sobre ello? ¿Podría no pensarlo?

El tándem constituido por el criterio pragmático -tomar conciencia de la inutilidad de ciertos pensamientos- y el convencimiento de la posibilidad -sé que se puede dejar de pensar o pensar de otro modo- es la potente base de la motivación para el cambio, para adquirir control sobre el pensamiento: quiero dejar de pensar esto/ quiero dejar de pensar así.

Dar cera, pulir cera

Tal vez uno de los problemas más comunes en el trabajo de modificación de los pensamientos tenga que ver con las creencias erróneas, como hemos comentado, acerca de su naturaleza, de si se puede o no operar con ellos. Esto conduce a una resistencia habitual vinculada al hecho de que controlar y transformar los propios pensamientos sea algo difícil, algo que requiere de un entrenamiento consciente y sistemático.

Es completamente natural que, a pesar de saber que se puede, disponer de las herramientas adecuadas y poseer una fuerte motivación, las primeras ocasiones experimentemos frustración al darnos cuenta de que el pensamiento intrusivo regresa o “pillemos” a nuestra propia mente volviendo a albergar ciertas ideas negativas. Es normal. Disciplinar la mente  es un trabajo muy duro, y la perseverancia es un factor de suma relevancia.

En el trabajo en sesión con este tipo de entrenamientos, además de vigilar la adecuada utilización de las técnicas específicas -por ejemplo, reestructuración o parada de pensamiento- el/la terapeuta hará explícita la importancia del esfuerzo continuado, haciéndonos ver los pequeños avances iniciales y, gradualmente, la aproximación al objetivo final. O, en palabras del señor Miyagi: “primero aprende a sostenerte, después a volar”.

Escrito por Aitana Segovia

Para leer más sobre pensamientos:

Pensamientos negativos en el trabajo


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13 marzo, 2019 Concha SerradorBlog2

El mundo de la paternidad o de la maternidad es a veces vertiginoso, vamos aprendiendo paso a paso pero siempre hay dudas acerca de si lo estamos haciendo bien o mal. ¿Tendré que ponerle los dibujos en inglés para que aprenda ya? ¿Le apunto a otra actividad extra escolar o ya tiene suficientes? ¿Esta cantidad de comida será suficiente? ¿Le estaré enseñando a comer bien? Estas y otras preguntas son las que pasan a diario por nuestra cabeza al decirles “no” a algo, al apuntarles a alguna actividad o al verles comer.

En el blog de hoy, vamos a explicar algunas pautas para enseñar a comer a los niños de forma adecuada.

  • Modelado: “Haz lo que quieres que hagan” Somos un modelo para nuestros hijos, imitan nuestras palabras, nuestros movimientos…en definitiva, imitan nuestro comportamiento. Por ello, para enseñarles a comer saludable, nosotros vamos a tener que comer saludable en su presencia. Si quiero que mi hijo aprenda a comer lentejas, pescado… entonces, yo también tengo que comer este tipo de alimentos delante de él.

Foto de Oh.mamiblue

  • ReforzamientoPremiar una conducta” Para que aumente una conducta ésta tiene que tener una consecuencia positiva. Sin embargo, tenemos que evitar premiar con comida que no queremos que coman tan a menudo, como por ejemplo premiar con golosinas, dulces o postres llenos de azúcar. Por ejemplo, decirle: “Si comes 3 cucharadas más de lentejas hacemos tu puzzle favorito juntos” es mejor que decirle “si te comes todo el plato te doy las natillas de postre
  • Condicionamiento aversivo: “Qué asco la coliflor”. Los niños están expuestos a lo que decimos y hacemos, y, como decíamos anteriormente, siempre están imitando nuestro comportamiento. Si a mí no me gusta la coliflor y cada vez que la veo digo que está asquerosa, es posible que mi hijo aprenda a asociar la coliflor con algo negativo. Hay que tener cuidado con las palabras que elegimos para hablar de los alimentos delante de ellos, aunque algo no nos guste tenemos que tratar de modular nuestro lenguaje referente a la comida.
  • Control de estímulos “Si no lo tengo, no lo como” En ocasiones, tenemos hambre, vamos a la cocina y cogemos una fruta, pero… justo al lado tenemos una bolsa de patatas fritas que compramos el fin de semana. Foto de Oh.mamiblueFinalmente, tras dubitar un rato, dejamos la fruta y comemos las patatas fritas. ¿Por qué hemos acabado comiendo esto? Una de las razones es porque lo tenemos a la mano. Si solo hubiésemos tenido la fruta, y para comer las patatas tenemos que salir a la calle a comprarlas, es menos probable que hubiésemos elegido las patatas. En el caso de los niños, si tienen golosinas, dulces y gusanitos a su vista y al alcance de su mano, seguramente lo pidan o no quieran comer la fruta de merienda pero sí quieran merendar unas golosinas. Si aprenden a que ese tipo de dulces no están en casa, y por tanto, en casa no se comen este tipo de alimentos, la respuesta de pedirlo descenderá y por tanto la respuesta de comerlo también.

Foto de Oh.mamiblue

 

 

Nota: Siempre es recomendable acudir a un profesional para que nos pueda guiar acerca de la alimentación de nuestro hijo (qué alimentos puede o no comer, cuál es la cantidad adecuada a su edad o periodo de crecimiento…), así como acudir a un profesional de la psicología para que nos pueda hacer un análisis funcional específico de las conductas de alimentación problemáticas y programe una intervención adecuada y eficaz.

Referencias:

Martin. G y Pear J. (1999) Modificación de conducta. Qué es y cómo aplicarla. Madrid: Prentice Hall.

Peine, H.A. y Howarth, R. (2002). Padres e hijos: problemas cotidianos de conducta. Madrid: siglo XXI

Escrito por Concha Serrador

Para leer más sobre comportamiento infantil:

Padres e hijos: Dificultades de comportamientos más habituales


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7 marzo, 2019 Isabel ÁvilaBlog1

J. va al concierto de su cantante favorita. Siempre la ha visto en directo pero desde hace 3 años no tocaba en su país. Tiene unas ganas increíbles de que llegue el día, se sabe todas las canciones, se ha comprado ropa para la ocasión y ha quedado para hacer noche en la entrada y tener un buen sitio cerca del escenario. Cuando llega a la puerta se encuentra con que ha venido alguien más: una tal R., amiga de una amiga, que siempre ha querido ir a un concierto de esta cantante pero no había podido. R. está tan emocionada como J. y desde que les presentan no paran de hablar sobre cada tema, cada vídeo, de cómo tal canción supera a cualquier otra… Horas después empieza el concierto, con una puesta en escena espectacular, suenan todos los grandes temas y J. y R. disfrutan como nunca.

Llegan a sus respectivas casas y se dan cuenta de que no sólo han estado en el mejor concierto de la historia sino que en él han conocido probablemente al amor de su vida, porque esa forma de conectar, de estar de acuerdo en todo y de tener una sensación tan intensa al lado de alguien, que más que mariposas parecen jabalís, eso, eso tiene que ser Amor Verdadero.

J. y R. quedan unos días después a solas para cenar. Al principio se dedican a hablar del concierto y la emoción vivida. Después, de la vida. A qué se dedican, qué cosas quieren, qué cosas les gustan. Una velada… agradable. Y vuelven a sus respectivas casas con una sensación de desencanto. No son tan “almas gemelas” como parecía pero no es sólo eso. Podrían estar en desacuerdo en algunos temas siempre y cuando aquella sensación intensa del primer día hubiera permanecido. Pero a lo largo de la cita los jabalíes se tornaron mariposas que fueron escapándose poco a poco entre frase y frase.

¿Y la magia? ¿Y el amor?

Reflexionan por separado.

J. resuelve que el amor es efímero y nada se puede hacer para mantenerlo vivo ya que las emociones son ajenas a nuestro control.

R. llega a la conclusión de que su tendencia enamoradiza y romántica le juega siempre malas pasadas y que jamás encontrará a la persona capaz de mantener viva esta llama ya que ella no tiene lo necesario para enamorar de verdad a otra persona.

Y con estas reflexiones y de manera lógica, J. y R. No vuelven a verse. Jamás.

Pero

¿Es eso lo que ha pasado?

Veamos lo sucedido colocándolo en una secuencia de respuestas:

Emoción intensa – interpretada como “amor verdadero” – les lleva a quedar para nueva cita – emoción menos intensa – interpretada como fin de ese amor – y el comportamiento que sigue es el de no volver a verse.

Y pasan más cosas ya que hacen interpretaciones secundarias referidas a qué es y qué no es el amor,  a qué son y cómo funcionan las emociones y a las propias capacidades para amar y ser amada.

Pero.

¿Y si se equivocan? ¿Y si están perdiendo la oportunidad de conocer a alguien con quien formar una pareja maravillosa? Nunca lo sabremos. Lo que sí sabemos es que la manera en que se han dejado llevar por sus sensaciones e interpretaciones no es acertada.

Las emociones son respuestas psicofisiológicas, es decir, tiene una parte fisiológica -la sensación que notamos en el cuerpo, “las mariposas”- y una psicológica -la interpretación que hacemos de dicha sensación-. La interpretación que hagamos dependerá de varios factores, unos referidos a la historia de la persona – en qué otras ocasiones he sentido esto, con quién estaba, qué pasó, etc- y el contexto en que se da esa sensación.

No conocemos las historias previas de J. y R. pero sí tenemos datos sobre el escenario en que se dieron los hechos: concierto, cantante favorita, luces, música… todo un conjunto de estímulos que hizo que prácticamente cualquiera que estuviera allí sintiera una activación fisiológica, en principio evaluada como agradable -por eso vamos a estos eventos-, mariposas, aceleración de ritmo cardíaco, hormigueos… todas esas sensaciones que se parecen mucho a las que sentimos delante de alguien que nos atrae. De manera que J. y R. se atraen y coincidieron en algunos temas mientras estaban a la espera y en el concierto, por lo que “se suman” las dos activaciones -atracción y concierto- e interpretan que toda la activación se debe a la otra persona por lo que malinterpretan más atracción de la que hubo y al verse en una situación más relajada y con un nivel de activación menor malinterpretan que no hay atracción ninguna. (Además del resto de reflexiones erróneas que hacen)

Así un encuentro casual que podría haber desembocado en una relación interesante no llegará a nada porque en realidad conocemos muy poco acerca de qué son las emociones, de cómo funcionan o de qué podemos hacer para no estar a la deriva de los que sentimos sin saber muy bien por qué.

La Psicología estudia éstas y otras respuestas de las personas precisamente para entender por qué y para qué hacemos/pensamos/sentimos como lo hacemos y qué podemos hacer para cambiarlo si es que no estamos satisfechos o si queremos mejorar, alcanzar nuevos objetivos o, como mínimo, dejar de sufrir.

Uno de los trabajos más conocidos sobre este tema lo realizaron Dutton y Aron en 1974. Llevaron a cabo un experimento que voy a resumir brevemente. Un grupo de hombres heterosexuales tenían que realizar una entrevista sobre un paisaje con una mujer atractiva. Para realizarlo utilizaron 2 puentes: el primero de ellos era bastante seguro y el segundo fue construido con madera y cuerdas en 1889, mide 137 m., tiene una caída de 70 m. y se balancea mucho con el viento. Los participantes tenían que cruzarlos y al final estaba la entrevistadora. Ella les preguntaba y después les daba un número teléfono para que llamaran si querían consultar o añadir algo. Los hombres que habían cruzado por el puente inestable llamaron más y con claras intenciones románticas, además de usar más términos emocionales en las descripciones de paisajes. Los del puente estable, por el contrario, hicieron descripciones mucho menos emocionales y prácticamente no llamaron.

Si imaginamos las sensaciones que tendríamos al cruzar un puente de aquellas características ¿qué sentimos? ¿palpitaciones? ¿sudor? ¿aceleración de la respiración y el ritmo cardíaco? Y ¿no se parece mucho a lo que sentimos cuando estamos delante de alguien que nos atrae? Y más aún ¿qué cantidad de sensaciones puede que hayamos malinterpretado hasta ahora? 

 

 

 

 

 

Escrito por Isabel Ávila

Para leer más sobre emociones: https://www.itacopsicologos.es/por-que-la-musica-nos-hace-sentir/


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27 febrero, 2019 Víctor EstalBlog0

“¿Cómo soy capaz de decirme estas cosas?”; “Nadie me trata peor que yo”; “Yo no le diría esto nunca a ninguna otra persona”; “Soy demasiado duro/a conmigo mismo/a”…

Estas frases son algunos ejemplos de pensamientos que podemos tener cuando somos conscientes de nuestra manera habitual de referirnos a nosotros mismos y lo que hacemos: la crítica. Pero, ¿por qué nos criticamos a nosotros mismos? ¿Cuál es el motivo por el que nos llegamos a hacer tanto daño? ¿Acaso somos “masocas”?

Entender por qué nos llegamos a criticar tan duramente es el primer paso para cambiarlo. Como ya hemos comentado en posts anteriores, las personas no “damos puntada sin hilo”, es decir, por muy increíble que parezca, si mantenemos un comportamiento (como el de criticarnos a nosotros mismos) es porque nos reporta algún beneficio. ¿Qué tipo de beneficio?

Imaginaos por un momento que una persona continuamente dice de sí mismo/a que es “un/a maldita vago/a”, porque en numerosas ocasiones posterga sus tareas académicas, del hogar, etc. ¿Qué le aporta decirse eso en el momento en el que se ha ido a la cama sin hacer dichas tareas? Lo que esa persona está haciendo es hacerse sentir mal por ello, lo que le lleva a crear un clima negativo que haga más probable que al día no vuelva a caer en lo mismo: si mañana hace las tareas se dejará de sentir mal.

Las personas hemos aprendido que hacernos sentir mal por lo que hacemos (o no hacemos) a veces funciona, es decir, a veces nos ayuda a cambiar y conseguir nuestras metas (por ejemplo, estudiar u ordenar la habitación). Sin embargo, esta forma de motivarnos tiene dos problemas. El primero de los problemas es el más evidente, y es que crear un clima emocionalmente negativo hace que nos sintamos mal, que vivamos angustiados y, además, acabemos sobredimensionando y exagerando las cosas y tengamos una imagen negativa y distorsionada de nosotros mismos. El segundo es que, aunque a veces funciona, otras muchas no. Todos tenemos la experiencia de que al final decirnos este tipo de cosas al final no llevan a ningún cambio real, es decir, mantenido en el tiempo. De hecho, nos acabamos refugiando en la crítica, porque a corto plazo es más cómoda que emprender y mantener dicho cambio.

¿Cómo podemos dejar entonces de criticarnos tan duramente a nosotros mismos?

  1. Entender por qué nos criticamos: Criticarnos es un hábito, lo hemos aprendido. A veces, incluso, nos lo han enseñado. A cuántos/as nos han dicho “anda, vago/a, ponte a estudiar” o “tienes que ir al gimnasio, que vas a echar unas cartucheras…”. Pero hay aprendizajes que son como un dibujo, podemos borrarlos y empezar de nuevo. El cambio es posible.
  1. No todo lo hacemos mal: No podemos emprender un cambio (por ejemplo, ser más constante con nuestras obligaciones o adelgazar) si antes no valoramos lo que ya estamos haciendo. Por estadística, algo estamos haciendo bien y nunca debemos perderlo de vista (algo es mejor que nada).
  1. Analizar nuestras condiciones: sin ánimo de ofrecer una visión decadente del mundo, vivimos en una sociedad donde trabajamos mucho y tenemos poco tiempo para el ocio y el descanso, donde la comida poco saludable goza de gran publicidad y márquetin y el acceso a ella es muy sencillo, etc, etc. Es fácil entonces que no nos apetezca seguir trabajando después de 8 horas de jornada o que nos comamos un par de chocolatinas una mañana. No podemos aislarnos del contexto en el que vivimos, por eso debemos normalizar lo que podemos llegar a hacer.

 

 

  1. Comenzar a hablar en términos concretos: a veces analizamos lo que ocurre en términos generales. Nos llamamos “vagos” o “gordos”, cuando sería mucho más correcto decir “hoy no he terminado el informe que tenía que final hoy” o “mi IMC es de 25”.  Si hablamos en términos concretos sabremos qué queremos cambiar.
  1. Anticipar lo que conseguiremos con el cambio: En vez de criticarnos por lo que hemos hecho o dejado de hacer, podemos empezar de cero anticipando las consecuencias positivas de lo que nos gustaría empezar a hacer. Es decir, si hoy no he estudiado lo que debería, en vez de llamarme “vago/a”, podría anticipar que si mañana estudio una hora me acabaré sintiendo bien y llevaré mejor el examen.
  1. Reforzarnos por aproximaciones a la meta: No podemos pasar de 0 a 100. Debemos valorar cada vez que hacemos un esfuerzo y conseguimos hacer algo encaminado a conseguir nuestra meta final. Si, por ejemplo, nuestra meta es empezar a comer más sano, reconoceremos y apreciaremos cada gesto que suponga introducir un alimento saludable a nuestros hábitos.  

 

A veces somos nuestra propia policía, continuamente estando pendientes de qué hacemos o dejarnos de hacer, dispuesto a juzgarnos y recriminarnos lo que hacemos. 

Pero ya hemos visto que lo contrario a la crítica no es cruzarse de brazos, ni tampoco hace falta que nos digamos “cosas bonitas” todo el rato. Si queremos cambiar tenemos que hacerlo desde la calma, sin juzgarnos, reforzándonos por los progresos que vamos consiguiendo poco a poco en una sociedad o circunstancias personales que no nos lo suelen poner fácil. La policía esta para protegernos, o así al menos debería ser.

 

Escrito por Víctor Estal


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