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20 junio, 2018 Isabel ÁvilaBlog0

La ansiedad es probablemente una de las sensaciones más desagradables que podemos llegar a experimentar y que puede desencadenar un conjunto de síntomas capaces de incapacitarnos interfiriendo de manera perjudicial con nuestro día a día.

Para realizar un manejo adecuado de la ansiedad es primordial tener información: saber qué es y para qué sirve nos va ser enormemente útil para poder afrontarla adecuadamente.

En esta entrada vamos a aclarar algunos de estos puntos.

Primero: es bueno que sea desagradable

La ansiedad es una emoción y como tal tiene una función. Está ahí para algo y ese algo no es ni más ni menos que MANTENERNOS A SALVO. Si no fuera desagradable sentirla, no serviría para nada. Veámoslo con un símil: la sed. Otra sensación muy desagradable. Si no lo fuera ¿por qué nos molestaríamos en beber? Probablemente no lo haríamos y en pocos días moriríamos por deshidratación. De manera que ese malestar que sentimos tiene la misión de informarnos de que nos tenemos que ocupar de algo que puede ser importante para nuestra supervivencia.

Segundo: la ansiedad es una parte del funcionamiento normal de nuestro cuerpo

Cuando nos encontramos con una situación que nuestro organismo considera como una amenaza pone en marcha un “protocolo de emergencia”.

Funciona de manera similar a una alarma anti-robos:

  • Detecta movimiento dentro de la casa cuando estamos de vacaciones.
  • Considera esta situación como una amenaza.
  • Activa un protocolo de respuesta que pone en marcha un conjunto de acciones como la emisión de un fuerte sonido, la comunicación inmediata con la casa de alarmas que decidirá si es una falsa alarma y si no lo es llamará a la policía.

Lo que nuestro protocolo de emergencia pone en marcha son cambios fisiológicos y cognitivos para hacer frente a esa amenaza de una de las dos maneras bien conocidas: lucha o huida. 

Cambios cognitivos (de pensamiento). Cuando se diseñó y construyó este protocolo, en época de nuestros ancestros, el ser humano se encontraba en una posición verdaderamente vulnerable frente a cualquiera de los animales con los que compartía hábitat. Si uno de ellos se encontraba con un león, ¿con qué podía luchar?, ¿con nuestras garras?, ¿nuestros colmillos?, ¿quizá con la fuerza demoledora de nuestros puños?… la lucha no parece una opción. Bien, pues activemos la otra opción y huyamos… ¿cómo?, ¿con nuestra capacidad de alcanzar grandes velocidades?, ¿volando con nuestras alas?, ¿quizá usando la habilidad para cambiar de color y pasar desapercibidos? Es claro que no teníamos opción.

Y llegó un ejemplar humano con una curiosa mutación genética que le tenía todo el día suponiendo que sucederían las peores amenazas y desastres, y traía a la tribu de cabeza, buscando cuevas más seguras, por si acaso, teniendo siempre fuego encendido, por si acaso, preparando herramientas afiladas y entrenando a toda la tribu en su uso, por si acaso, empeñándose en que nadie saliera solo y en que todos aprendieran las señales en el terreno que mostraban que estaban en territorio de leones… por si acaso.

Había otra tribu, en otro punto del planeta, donde no tenían ningún ejemplar con la mutación, por lo que, probablemente, vivían mucho más tranquilos y felices sin preocuparse por nada. No tenemos ningún dato de esta última tribu porque no sobrevivió nadie…

Nuestros ancestros son aquellos que tuvieron una respuesta de ansiedad y que se preocuparon. Y esto forma parte de los cambios cognitivos: centrarse en el problema, en lo que me produce malestar, en lo que podría ocurrir… para tratar de prevenirlo y de estar preparados en caso de que suceda. La función principal de la pre-ocupación es planificar la ocupación.

Cambios fisiológicos: el cuerpo se prepara para luchar o huir. Ambas respuestas requieren de todos los recursos energéticos disponibles para optimizar el resultado. Así, si tengo que huir de un león, o peor, luchar con él, se activará el sistema simpático (una parte del sistema nervioso autónomo) que es el que produce la activación del cuerpo (necesaria para luchar y huir): el corazón aumenta el ritmo y la potencia para tener mayor velocidad de flujo sanguíneo, la sangre se redistribuye para ir a los grandes músculos, la respiración también cambia para que entre más oxígeno a los tejidos necesarios, los músculos se tensan… y ¿de dónde quita el sistema simpático la energía para dársela a este sistema de alerta? pues de aquellas funciones que no son necesarias para la supervivencia inmediata: si tengo delante un león y estoy a media digestión… se corta, ya se digerirá luego. Si tengo el sistema inmune batallando contra el virus de la gripe… se cancela la misión y si sobrevivimos al león ya veremos qué hacemos con eso, si pasa a nuestro lado la persona más bella del mundo no sentiremos atracción porque ¡tenemos un león delante! En fin, el organismo deja de lado todas aquellas funciones que no son absolutamente cruciales en este momento. De ahí que tras periodos prolongados de ansiedad sea habitual que haya problemas de digestión, de corazón (tensión alta, taquicardias…), que haya problemas de sueño, de apetencia sexual,  que nos contagiemos con cualquier virus que haya en el ambiente… 

El sistema nervioso simpático tiene un contrario, el parasimpático, que se ocupa de todas esas otras funciones no inmediatas pero importantes y que incluso repara los “estragos” causados por el simpático. Por eso los ejercicios de respiración, de relajación, el deporte e incluso el sexo, son actividades importantísimas tras periodos de activación, porque ponen en marcha al parasimpático, de manera que puedan equilibrar el organismo deshaciéndose del exceso de activación y promoviendo la recuperación.

La importancia de tener toda esta información es porque uno de los problemas más frecuentes con los que nos encontramos en la práctica clínica es que la ansiedad genera ansiedad, es decir, el protocolo se pone en marcha para tratar de luchar o huir de la propia ansiedad generando un círculo vicioso del que es muy difícil salir ya que desatendemos la información que nos avisa de que hay una amenaza de la que ocuparse, por lo que no solucionamos el problema que hizo que saltase la alarma de modo que ésta seguirá saltando.

En una próxima entrada seguiremos tratando este tema, explorando los diferentes tipos de respuesta que se ponen en marcha. En estas situaciones la Psicología nos brinda las herramientas para romper el círculo vicioso.

Para más información, podéis leer:  “¿Qué es la ansiedad?”

Publicado por Isabel Ávila

 

 


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13 junio, 2018 Aitana SegoviaBlog0

Parte I: Una introducción a la idea de cambio psicológico

“Lo que somos lo sabemos, pero no lo que podríamos llegar a ser”. Desesperada, ya casi en pleno desvarío, Ofelia muestra un instante de lucidez en las palabras que le dirige a Claudio, en el acto IV de Hamlet, que trascienden la reflexión en torno a su propia situación y la de otros personajes, aplicándose a la condición humana. Empujadas por las circunstancias, las personas cambiamos. En el caso de Ofelia, su ingenuidad da paso a un amargo cinismo que, finalmente, precede a la devastación.

Parece más sencillo hallar en el cine y la literatura reflejos del cambio en un sentido destructivo: podemos mencionar la deriva psicológica de Jack Torrance en El Resplandor o de Alekséi Ivánovich, protagonista de la novela dostoievskiana El jugador.

Encontramos, sin embargo, ejemplos opuestos en la fortaleza que una tímida e insegura Andrea va adquiriendo a lo largo de la novela Nada, de Carmen Laforet. En la película La vida secreta de las palabras, los personajes irán poco a poco reconstruyéndose unos a otros hasta concluir, en el caso de los protagonistas, en un horizonte psicológico diferente del que mostraban al comenzar el filme.

No obstante, todos estos ejemplos poseen algo en común: los individuos experimentan un proceso mediado por la exposición a diferentes situaciones que, en muchas ocasiones, no son más extraordinarias que los eventos vitales propios de cualquier existencia. Dicho de otra forma: en la vida ocurren cosas y nosotros vamos cambiando para hacerles frente. A pesar de ello existe la creencia firmemente arraigada en nuestra cultura de que la personalidad es algo muy estable, en esencia, que las personas no cambian.

¿Es esto cierto? ¿No se puede cambiar?

Refiriéndonos exclusivamente a Occidente, ya en la Grecia Clásica aparece la idea del carácter asociado a conducta o hábito en la noción de ethos. En relación al cambio, en El Banquete, Platón habla, a propósito de la inmortalidad, de las variaciones que tienen lugar en el ser humano: “(…) los hábitos, los caracteres, opiniones, deseos, placeres, penas, temores, cada una de estas cosas jamás existen idénticas en cada individuo, sino que unas nacen y otras se destruyen.”; “(…) nunca somos los mismos ni siquiera en lo que respecta a los conocimientos (…)”. El existencialismo, ya en el siglo XIX, comenzó a poner de relieve la importancia de la experiencia en el desarrollo del ser, de los actos y la libertad para llevarlos a cabo, evidenciando una variación dependiente de las diferentes circunstancias.

Sin embargo, la hegemonía del yo como esencia ha sido amplia y aún pervive en nuestra cultura la resistencia a la idea del cambio. Existen, además, mecanismos coherentes con ello de naturaleza puramente conductual, como el coste de respuesta asociado a la ejecución de conductas que no están en nuestro repertorio habitual, si bien el análisis de las mismas no es el propósito de este primer texto.

Lo que también la ciencia sabe, ya desde hace algún tiempo, es que lo que se ha conocido tradicionalmente como personalidad no es en realidad un molde innato, sino un conjunto más o menos heterogéneo de rasgos que vamos adquiriendo gracias, en su mayor parte, a la experiencia. Esto, si profundizamos un poco más, quiere decir que somos la totalidad de nuestras competencias, habilidades: nuestros actos. Comportamientos que siguen un patrón cuya estabilidad, como ahora veremos, muchas veces varía.

Si, por ejemplo, decimos de una persona que es tímida, nos estaremos refiriendo a que, de manera habitual, en la mayoría de situaciones esa persona se comporta de forma tímida: probablemente evita entablar conversaciones con desconocidos, no mantiene el contacto visual o se mantiene callada incluso con personas de su entorno. Imaginemos ahora que, por sus circunstancias vitales, se ve obligada a romper ese patrón: tal vez un cambio en el trabajo le obliga a comenzar a relacionarse con muchas personas; quizá se empareje con alguien a quien le encantan las reuniones sociales. Supongamos que esa persona, a medida que pasa el tiempo, va experimentando cada vez menor dificultad para hacer eso que antes tanto le costaba: se aproxima a la gente con naturalidad, inicia conversaciones, se muestra segura y relajada. Alguien que conozca a la persona de nuestro ejemplo en ese momento, ¿diría que es tímida?

¿Qué ha ocurrido? ¡Hace sólo cinco años no era capaz de pedir algo en una cafetería!

Una adaptación. Un aprendizaje. Un cambio.  

Los seres humanos poseemos un increíble potencial de aprendizaje a lo largo de toda nuestra vida que a menudo pasamos por alto. Esta capacidad nos permite adaptarnos a las situaciones que plantean una novedad, produciéndose en ese proceso cambios más o menos generales en nuestras habilidades, en nuestra forma de estar en el mundo. El yo es un conjunto dinámico de comportamientos -sí, pensar también es un acto, aunque únicamente nosotros lo percibamos-. Y entre esos comportamientos, naturalmente, se encuentran aquellos que son fuente de sufrimiento.

Por ello, ante el escenario de un problema psicológico, una terapia constituye el entorno de aprendizaje óptimo para que se produzca el cambio, ese cambio que sabemos posible y que mediamos y dirigimos de forma minuciosa.

Publicado por Aitana Segovia


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8 junio, 2018 Tauana MatiasBlog1

Todas las personas sentimos miedo en algún momento de nuestra vida; incluso podemos decir que sentimos miedo de forma indefinida a algo, por ejemplo “tengo miedo a volar”, o “tengo miedo a hablar en público”.

Estas afirmaciones hacen que pensemos que el miedo en muchas ocasiones es algo con lo que nacemos o que adquirimos de forma irreversible. Sin embargo, esta es una afirmación incorrecta.

El miedo es una respuesta que aprendemos, es la consecuencia de nuestra interacción con el medio. Si no existiera dicha interacción no aprenderíamos a tener miedo a algo o alguien.  Por tanto, la afirmación correcta es decir que el miedo es una respuesta aprendida, al igual que aprendemos otras conductas como esquiar, montar en bici o nadar.

La diferencia en este caso es que el miedo es una respuesta emocional. Aprendemos a sentirnos de una forma concreta ante un estímulo concreto. Este estímulo puede ser una cosa, una situación o una persona, como por ejemplo un avión, hablar en público o a un profesor.

¿Cómo aprendemos a tener miedo?

El aprendizaje del miedo se puede dar por diferentes causas:

  • Se puede dar por una asociación de estímulos: esto quiere decir que un estímulo que en principio no nos generaba una respuesta emocional concreta, por asociarse, es decir, unirse a otro estímulo que sí la generaba hace que empiece a producir la misma respuesta en la persona.

    Volviendo al ejemplo del avión: yo no nazco teniendo miedo a volar, sino que lo más probable es que en una de las interacciones que he tenido con el avión (una de las veces en las que volé), se dieran unos factores que hicieron que sintiera esa respuesta, que a su vez ya era aprendida (por ejemplo: el vuelo fue complicado, hubo muchas turbulencias….).

    Esta asociación ha hecho que el avión, que era donde me encontraba mientras sentí esas emociones, se asociara a los estímulos que la provocaron, haciendo que ahora sea el propio avión lo que elicite la respuesta de miedo sin la necesidad de esos estímulos (mal vuelo, turbulencias).

  • Tenemos que decir que el miedo no solo se da por asociaciones “simples”, sino que muchas veces también interfieren nuestros pensamientos. Por ejemplo; la próxima vez que vaya a montar en un avión, pensaré que voy a encontrarme con la misma situación y que lo pasaré muy mal, aumentando así la respuesta de miedo.
  • Por otro lado, también podemos aprender a sentir miedo sin haber experimentado la situación, es  decir, por medio de un aprendizaje vicario o por observación.
    Esto se da cuando observamos cómo otra persona reacciona a una situación o estímulo sintiendo dicha emoción. Si seguimos con el ejemplo del avión, yo puedo aprender a sentir miedo a subir a un avión, viendo películas donde suceden accidentes aéreos, recordando aquellas noticias sobre accidentes que se han ido produciendo a lo largo de nuestras vidas o porque un familiar o amigo me cuenta sus experiencias negativas en un avión.

    Aunque podemos aprender a sentir miedo de diferentes formas, lo importante es saber que el miedo es aprendido y por tanto también se puede desaprender, aprendiendo a sentir otras emociones más ajustadas a esas situaciones, personas o cosas.

¿Cómo vencer al miedo?

  • El primer paso para ello es darnos cuenta justo de eso, de que tenemos el poder de aprender a dejar de sentir miedo. Podemos dejar de sentir miedo al avión, a hablar en público, a ciertos animales (las conocidas fobias) e incluso aprender a dejar de sentir miedo a situaciones sociales que nos puedan generar emociones negativas y desajustadas, que hacen que no podamos enfrentarnos a esas situaciones como nos gustaría.
  • El segundo paso será descubrir qué ha causado este aprendizaje y qué variables pueden estar influyendo y afectando en éste, como por ejemplo, los pensamientos que podamos estar experimentando o qué cosas estamos haciendo mal para continuar con la respuesta del miedo.
    Es importante saberlo, ya que cómo nos comportamos cuando sentimos miedo es parte del mantenimiento del mismo: si cuando siento miedo decido evitar o escapar de la situación, persona o cosa que me genera ese miedo, lo que estoy haciendo es mantener o incluso aumentar el miedo al no enfrentarme a él, ya que cada vez que no lo hago confirmo mi hipótesis y por tanto mi emoción se hace aún más estable e intensa.
  • El tercer paso será tomar la decisión de cambiar ese miedo, y eso se hará cambiando nuestro comportamiento.
    De nosotros depende ese cambio, por tanto, la única pregunta que nos tenemos que hacer es ¿queremos superar el miedo?
    Está en nuestras manos conseguirlo, cambiando los comportamientos que hacen que éste se mantenga.
    Si vemos que solos no somos capaces de enfrentarnos a ello, lo mejor es pedir la ayuda a un buen profesional.

Publicado por Tauana Matias


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30 mayo, 2018 ÌtacoBlog0

 

El Instituto Terapéutico de Análisis de la Conducta, ÍTACO Psicólogos, es un centro de psicología con un recorrido de casi diez años en el ámbito sanitario caracterizado por un firme compromiso con la psicología científica, lo que se traduce en una práctica clínica transparente y objetiva. Ello nos lleva a establecer unos criterios exigentes respecto a la orientación teórica de nuestros terapeutas y, al mismo tiempo, a participar de las investigaciones más recientes en clínica con el fin de ofrecer los mejores servicios de atención psicológica y formación

Este compromiso con la adecuación a los cambios se extiende a las nuevas tecnologías, desde nuestra oferta de terapias online a la renovación de nuestras redes sociales, a través de las que queremos permanecer en contacto con vosotros.

Por ello os presentamos a continuación nuestra nueva página web, en la que podréis encontrar:

  • Nuestros servicios de atención psicológica para adultos, adolescentes y niños;
  • Información sobre nuestro equipo, integrado por profesionales ampliamente formados en elanálisis de la conducta y con vocación investigadora;
  • Formación, tanto para profesionales como para personas sin conocimientos en psicología que deseen adquirir competencias específicas-gestión del estrés o aspectos de la educación infantil;
  • Novedades recién incorporadas, como los servicios de atención psicológica en otros idiomas o los ya mencionados de terapia online,
  • nuestro blog, en que podréis encontrar información relativa a diversos problemas psicológicos, procesos de aprendizaje y últimos avances en investigación, así como temas de actualidad desde la óptica del análisis de la conducta.

Si queréis tener toda la información sobre las novedades seguidnos en nuestras redes sociales, Facebook, Twitter e Instagram y, si deseáis contribuir a ampliar la psicología de calidad, ¡compartidnos!

 ¡Nos vemos en las redes!

   

El equipo de ÍTACO Psicólogos


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9 mayo, 2018 ÌtacoBlog0

Las fobias son uno de los problemas de ansiedad más extendidos en nuestra sociedad actual. Es un tipo de trastorno de ansiedad aprendido y asociado a situaciones u objetos que son interpretados irracionalmente como amenazantes, cuando en realidad no suponen ningún peligro para la persona.

Si nos ceñimos a su definición específica según el Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales (DSM-IV), una fobia es un tipo de trastorno de ansiedad que se caracteriza por un miedo intenso, irracional y desproporcionado ante objetos o situaciones específicas.

Es importante recalcar aquí que la ansiedad en sí misma es una respuesta adaptativa de supervivencia, presente en nuestro repertorio comportamental y necesaria para mantenernos alerta y protegernos de posibles peligros o amenazas. Por ejemplo, si en este mismo instante un león gigantesco apareciera por la puerta, nuestra respuesta automática y defensiva sería la huida, así como una activación fisiológica intensa (aceleración del ritmo cardíaco, aumento de la presión sanguínea y de la tensión muscular…etc.).

Sin embargo, cuando la respuesta de ansiedad empieza a aparecer ante estímulos no amenazantes y se mantiene en el tiempo (se da un aprendizaje, puesto que dichos estímulos no resultan amenazantes para todo el mundo), estaríamos ante una fobia irracional.

Ante esta situación, la persona comienza a evitar sistemáticamente cualquier situación que le provoque ansiedad, adquiriendo así estrategias de afrontamiento de tipo evitativo, que aunque a corto plazo funcionan (reducen mi ansiedad y me alivian), mantienen la problemática en el tiempo. El “miedo a tener miedo” se convierte en mi modus operandi.

tipos de fobias: fobias acrofobia

Más de 250 tipos de fobias

En la actualidad existen más de 250 tipos de fobias conocidas. Se calcula que el 7% de la población mundial padece algún tipo de fobia, es decir, una de cada 20 personas, de acuerdo con la Organización Mundial de la Salud (OMS), siendo más frecuentes en mujeres que en varones.

En general podemos dividir los tipos de fobias en dos grupos diferenciados: las fobias específicas (a situaciones u objetos concretos) y las fobias sociales (a situaciones o eventos sociales de diversas características), siendo las primeras más frecuentes.

Las 10 fobias más comunes

Aunque es complicado hacer una clasificación exacta sobre las 10 fobias más frecuentes (ya que varían en función de variables como el sexo y la edad;  por ejemplo, los adolescentes padecen más fobias de tipo social que  los adultos), podríamos decir que las 10 fobias más comunes son:

  1. Aracnofobia (fobia a las arañas). Es la fobia más frecuente y extendida, con una incidencia del 33% de la población.
  2. Ofidiofobia o herpetofobia (fobia a las serpientes). Ocupa el segundo lugar, aunque en muchos de los casos no llega a ser realmente limitante debido al poco contacto con estos animales en nuestro día a día.
  3. Brontofobia o astrafobia (fobia a fenómenos naturales). Miedo intenso a los truenos, rayos, tormentas,… con un 15% de incidencia. Puede llegar a ser muy limitante si la persona condiciona su comportamiento en función del tiempo (ej. no salir de casa o planificarse en función del parte meteorológico).
  4. Tripanofobia (fobia a las inyecciones) o la también relacionada Hematofobia (fobia a la sangre o a ver heridas).
  5. Claustrofobia (fobia a los espacios cerrados). Como ascensores, metro, atascos, centros comerciales… Incluso ante puertas giratorias. Es una sensación de miedo intenso y ansiedad ante la imposibilidad de salir de un lugar.
  6. Dentofobia (fobia al dentista). Incluso escuchar o planificar una cita puede disparar los niveles de ansiedad de forma desproporcionada.
  7. Aerofobia (fobia a volar en avión). Es unas de las más comunes, pudiendo llegar a aparecer los primeros síntomas de ansiedad incluso semanas antes del viaje. Este tipo de situación podría suponer un peligro justificado, si no fuera porque está comprobado que la probabilidad de morir en un accidente aéreo es de 1 entre 11 millones, de ahí que hablemos de una fobia irracional.

tipos de fobias: aerofobia

  1.  Acrofobia (fobia a las alturas).No se trata sólo de una sensación de vértigo real, sino de una respuesta de miedo intenso ante situaciones cotidianas carentes de peligro, como asomarse a un balcón o subirse a una escalera.
  2.  Cinofobia (fobia a los perros). No necesariamente por una experiencia negativa con estos animales, puede desarrollarse igualmente este miedo irracional.
  3. Agorafobia (fobia a los espacios abiertos). Lo contrario a claustrofobia, miedo intenso a          alejarse de casa o de nuestro espacio de seguridad, por miedo a padecer un episodio de pánico y no pueda recibir ayuda.

Otras fobias comunes que no se reflejan en esta lista, serían por ejemplo la Escotofobia o fobia a la oscuridad(en niños suele ser evolutivo, sin embargo también aparece en adultos); la Necrofobia o fobia a la muerte (es instintivo de nuestra especie, puesto que es algo inevitable, pero en algunas personas llega a ser muy limitante); la Glosofobia o fobia  a hablar en público…etc.

También existen fobias menos frecuentes o extendidas, las llamadas fobias raras, cuyo contenido específico puede llegar a ser la mar de diverso. Aquí os dejamos algunos ejemplos.

  1. Tripofobia (fobia a los agujeros o cavidades)
  2. Fagofobia (fobia a tragar)
  3. Catisofobia (fobia a sentarse)
  4. Tetrafobia (fobia al número 4)
  5. Caliginefobia (fobia a las mujeres hermosas)
  6. Sonmifobia (fobia a dormir)
  7. Coulrofobia (fobia a los payasos)
  8. Omfalofobia (fobia a los ombligos)
  9. Pogonofobia (fobia las barbas)
  10. Hipopotomonstrosesquipedaliofobia (fobia a las palabras largas)

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¿Se pueden “curar” las fobias?

Independientemente del contenido, las fobias pueden tratarse sin problema desde la terapia cognitivo-conductual, con un porcentaje muy elevado de éxito.

De hecho, es una de las demandas más frecuentes en terapia, como consecuencia de la limitación que supone a veces para la persona en su vida cotidiana.


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9 mayo, 2018 ÌtacoBlog0

Todos nos sentimos seguros en ambientes conocidos, repitiendo las mismas rutinas, cogiendo los mismos caminos,… Todas esas creencias y acciones que estamos acostumbrados a hacer, que nos resultan familiares. Nos producen sensaciones de seguridad, de comodidad y de control. Es nuestra zona de confort.

Es evidente que la seguridad, los límites y el control tienen su función y su nivel de importancia, son factores necesarios para mantener nuestro equilibrio emocional y nuestra dosis de rutina y realidad.

Pero… ¿qué dosis de reto estamos dispuestos a experimentar? Desde una posición de comodidad no se buscan nuevos caminos ni nuevos retos, no se interesa uno por nuevos incentivos o por conocer nuevos escenarios, personas o actividades. Es cómodo, sí, pero también limitante.

Salir de tu zona de confort siempre implica un riesgo, un CAMBIO, pero también significa alcanzar metas que pueden llegar a ser muy gratificantes. Es aprender a vivir con la actitud de no dejar de aprender, de estar involucrado en un proceso de aprendizaje continuo que nos permite desarrollar al máximo nuestras capacidades y competencias como individuos.

Al fin y al cabo la vida es un proceso constante de cambios, pero todo cambio genera miedo, y el miedo inmoviliza, no nos deja avanzar, nos mantiene en el mismo punto del camino y en consecuencia nos impide acceder a fuentes de crecimiento y de gratificación.

Esto no quiere decir que tengamos que correr riesgos por sistema que pongan en peligro nuestra salud o nuestro bienestar psicológico (aunque también haya fanáticos de la adrenalina), pero sí al menos que exploremos los límites de nuestra zona de confort.

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Para ello, podemos pararnos a pensar sobre varias cuestiones que nos pueden dar algunas claves:

  • ¿Actualmente hay algo en mi vida que no me guste? (valorar las distintas áreas vitales: pareja, trabajo, ocio…)
  •  ¿Hago siempre lo mismo y quiero obtener resultados diferentes?
  •  ¿Qué puedo hacer distinto?
  •  ¿Qué metas u objetivos me gustaría alcanzar?
  •  ¿Qué necesitaría poner en marcha? (empezar por pequeños cambios, ser realistas)
  •  ¿Si no tuviera miedo qué haría?
  •  ¿Cómo me gustaría verme dentro de 5 años?
  •  ¿Cuándo fue la última vez que hice algo por primera vez?

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Una vez nos atrevemos a salir de nuestra zona de confort, nos encontramos con la zona de aprendizaje. Es una expansión de esa zona de comodidad, donde aprendemos cosas nuevas y ampliamos nuestras vivencias y conocimientos, enriqueciendo nuestra visión del mundo. Esta zona la frecuentamos cuando viajamos a nuevos lugares, aprendemos a tocar un instrumento, estudiamos un idioma nuevo…etc.

Más allá de nuestra zona de aprendizaje se encuentra nuestra zona de pánico o bien nuestra zona mágica. En función de nuestra actitud ante lo desconocido que queda por venir, valoraremos esta zona cómo un lugar de peligros y frustraciones (miedo), o por el contrario un lugar desconocido donde pueden ocurrir cosas maravillosas aún por descubrir (reto).

 


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9 mayo, 2018 ÌtacoBlog0

El estrés laboral, las prisas, los atascos, los compromisos sociales, la familia… Inevitablemente la ansiedad y el estrés forman parte de nuestra rutina diaria, lo que ocasiona que cada vez nos dediquemos menos tiempo a nosotros mismos.

Las respuestas de estrés y ansiedad en sí mismas no son perjudiciales, al contrario, son respuestas que forman parte de nuestro repertorio comportamental y que tienen una funcionalidad a la hora de enfrentar situaciones amenazantes. El problema comienza cuando este tipo de respuestas aparecen ante estímulos no amenazantes y se empiezan a mantener en el tiempo.

Nos habituamos a llevar a cabo unas dinámicas estresantes, a ir con el “piloto automático” puesto, para poder llegar a todas las obligaciones y responsabilidades impuestas por nuestro entorno y por nosotros mismos (auto-imposiciones). Llegamos a normalizar ese ritmo vital manteniéndolo en el tiempo, poniendo así en riesgo nuestra salud física y psicológica, como consecuencia de ese sobre-esfuerzo o exceso de activación fisiológica.

En vez de poner a prueba nuestros límites y esperar al último momento para frenar el ritmo, ¿Por qué no parar a tiempo y cambiar nuestros hábitos? ¿Por qué no sacar tiempo para dedicárnoslo a nosotros mismos?

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Técnicas de relajación

Algunas de las técnicas de relajación más extendidas y utilizadas son:

  •  Relajación muscular progresiva: es una técnica o herramienta que ponemos en marcha para conseguir un estado de relax o de distensión muscular, liberándonos de las tensiones que se han ido acumulando a lo largo del tiempo. Para ello generamos previamente una tensión voluntaria en los diferentes grupos musculares, para experimentar posteriormente una mayor intensidad de la distensión muscular y conseguir un estado de relajación más intenso. También nos ayuda a discriminar con mayor facilidad nuestros estados de tensión y relajación, así como su localización corporal. Su práctica sólo nos llevará unos 15-20 minutos.
  •  Respiración abdominal o diafragmática: aprender a controlar nuestra respiración es una de las claves para combatir las situaciones de estrés presentes en nuestro día a día. Sus beneficios son inmediatos, además de ser un recurso de fácil aplicación en cualquier momento o en cualquier lugar.
  •  Mindfulness y otras técnicas de meditación: la atención plena o el tomar conciencia de nuestras acciones diarias, de nuestros estados fisiológicos, de nuestros pensamientos. Nos ayuda a focalizarnos en el presente, a vivir el aquí y ahora y a aprender a disfrutar del momento actual, reduciendo las presiones diarias y conectando con nuestro propio bienestar.

Beneficios de la relajación

Pero… ¿Cuáles son realmente los beneficios de relajarnos?

  •  Disminuye el ritmo cardíaco y la presión arterial.
  •  Reduce la tensión muscular, lo que contribuye a mejorar algunas condiciones de dolor.
  •  Reduce los niveles de algunas sustancias fisiológicas implicadas en la ansiedad (adrenalina, noradrenalina, lactato sanguíneo).
  •  Refuerza el sistema inmunitario debido al aumento del nivel de producción de leucocitos. Esto aumenta la capacidad de recuperación y prevención de enfermedades.
  •  Contribuye a lograr un estado de descanso profundo y una mayor calidad del sueño.
  •  Ayuda a disminuir los niveles de colesterol y grasas en sangre.
  •  Favorece los niveles de concentración.
  •  Favorece la resolución de problemas, al desarrollar un pensamiento más racional y ajustado ante situaciones de conflicto.

 

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Por todos estos beneficios y por las consecuencias positivas obvias de mantener hábitos de cuidado saludables: Dedícate tu tiempo, priorízate. Tu bienestar psicológico es igualmente importante que otros compromisos y obligaciones.


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