Ansiedad (Parte 1)

20 junio, 2018by Isabel Ávila0Blog

Ansiedad (Parte 1)

20 junio, 2018 by Isabel Ávila0
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La ansiedad es probablemente una de las sensaciones más desagradables que podemos llegar a experimentar y que puede desencadenar un conjunto de síntomas capaces de incapacitarnos interfiriendo de manera perjudicial con nuestro día a día.

Para realizar un manejo adecuado de la ansiedad es primordial tener información: saber qué es y para qué sirve nos va ser enormemente útil para poder afrontarla adecuadamente.

En esta entrada vamos a aclarar algunos de estos puntos.

Primero: es bueno que sea desagradable

La ansiedad es una emoción y como tal tiene una función. Está ahí para algo y ese algo no es ni más ni menos que MANTENERNOS A SALVO. Si no fuera desagradable sentirla, no serviría para nada. Veámoslo con un símil: la sed. Otra sensación muy desagradable. Si no lo fuera ¿por qué nos molestaríamos en beber? Probablemente no lo haríamos y en pocos días moriríamos por deshidratación. De manera que ese malestar que sentimos tiene la misión de informarnos de que nos tenemos que ocupar de algo que puede ser importante para nuestra supervivencia.

Segundo: la ansiedad es una parte del funcionamiento normal de nuestro cuerpo

Cuando nos encontramos con una situación que nuestro organismo considera como una amenaza pone en marcha un “protocolo de emergencia”.

Funciona de manera similar a una alarma anti-robos:

  • Detecta movimiento dentro de la casa cuando estamos de vacaciones.
  • Considera esta situación como una amenaza.
  • Activa un protocolo de respuesta que pone en marcha un conjunto de acciones como la emisión de un fuerte sonido, la comunicación inmediata con la casa de alarmas que decidirá si es una falsa alarma y si no lo es llamará a la policía.

Lo que nuestro protocolo de emergencia pone en marcha son cambios fisiológicos y cognitivos para hacer frente a esa amenaza de una de las dos maneras bien conocidas: lucha o huida. 

Cambios cognitivos (de pensamiento). Cuando se diseñó y construyó este protocolo, en época de nuestros ancestros, el ser humano se encontraba en una posición verdaderamente vulnerable frente a cualquiera de los animales con los que compartía hábitat. Si uno de ellos se encontraba con un león, ¿con qué podía luchar?, ¿con nuestras garras?, ¿nuestros colmillos?, ¿quizá con la fuerza demoledora de nuestros puños?… la lucha no parece una opción. Bien, pues activemos la otra opción y huyamos… ¿cómo?, ¿con nuestra capacidad de alcanzar grandes velocidades?, ¿volando con nuestras alas?, ¿quizá usando la habilidad para cambiar de color y pasar desapercibidos? Es claro que no teníamos opción.

Y llegó un ejemplar humano con una curiosa mutación genética que le tenía todo el día suponiendo que sucederían las peores amenazas y desastres, y traía a la tribu de cabeza, buscando cuevas más seguras, por si acaso, teniendo siempre fuego encendido, por si acaso, preparando herramientas afiladas y entrenando a toda la tribu en su uso, por si acaso, empeñándose en que nadie saliera solo y en que todos aprendieran las señales en el terreno que mostraban que estaban en territorio de leones… por si acaso.

Había otra tribu, en otro punto del planeta, donde no tenían ningún ejemplar con la mutación, por lo que, probablemente, vivían mucho más tranquilos y felices sin preocuparse por nada. No tenemos ningún dato de esta última tribu porque no sobrevivió nadie…

Nuestros ancestros son aquellos que tuvieron una respuesta de ansiedad y que se preocuparon. Y esto forma parte de los cambios cognitivos: centrarse en el problema, en lo que me produce malestar, en lo que podría ocurrir… para tratar de prevenirlo y de estar preparados en caso de que suceda. La función principal de la pre-ocupación es planificar la ocupación.

Cambios fisiológicos: el cuerpo se prepara para luchar o huir. Ambas respuestas requieren de todos los recursos energéticos disponibles para optimizar el resultado. Así, si tengo que huir de un león, o peor, luchar con él, se activará el sistema simpático (una parte del sistema nervioso autónomo) que es el que produce la activación del cuerpo (necesaria para luchar y huir): el corazón aumenta el ritmo y la potencia para tener mayor velocidad de flujo sanguíneo, la sangre se redistribuye para ir a los grandes músculos, la respiración también cambia para que entre más oxígeno a los tejidos necesarios, los músculos se tensan… y ¿de dónde quita el sistema simpático la energía para dársela a este sistema de alerta? pues de aquellas funciones que no son necesarias para la supervivencia inmediata: si tengo delante un león y estoy a media digestión… se corta, ya se digerirá luego. Si tengo el sistema inmune batallando contra el virus de la gripe… se cancela la misión y si sobrevivimos al león ya veremos qué hacemos con eso, si pasa a nuestro lado la persona más bella del mundo no sentiremos atracción porque ¡tenemos un león delante! En fin, el organismo deja de lado todas aquellas funciones que no son absolutamente cruciales en este momento. De ahí que tras periodos prolongados de ansiedad sea habitual que haya problemas de digestión, de corazón (tensión alta, taquicardias…), que haya problemas de sueño, de apetencia sexual,  que nos contagiemos con cualquier virus que haya en el ambiente… 

El sistema nervioso simpático tiene un contrario, el parasimpático, que se ocupa de todas esas otras funciones no inmediatas pero importantes y que incluso repara los “estragos” causados por el simpático. Por eso los ejercicios de respiración, de relajación, el deporte e incluso el sexo, son actividades importantísimas tras periodos de activación, porque ponen en marcha al parasimpático, de manera que puedan equilibrar el organismo deshaciéndose del exceso de activación y promoviendo la recuperación.

La importancia de tener toda esta información es porque uno de los problemas más frecuentes con los que nos encontramos en la práctica clínica es que la ansiedad genera ansiedad, es decir, el protocolo se pone en marcha para tratar de luchar o huir de la propia ansiedad generando un círculo vicioso del que es muy difícil salir ya que desatendemos la información que nos avisa de que hay una amenaza de la que ocuparse, por lo que no solucionamos el problema que hizo que saltase la alarma de modo que ésta seguirá saltando.

En una próxima entrada seguiremos tratando este tema, explorando los diferentes tipos de respuesta que se ponen en marcha. En estas situaciones la Psicología nos brinda las herramientas para romper el círculo vicioso.

Para más información, podéis leer:  “¿Qué es la ansiedad?”

Publicado por Isabel Ávila

 

 


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